Mil millas Nilo abajo Capítulo 13
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Capítulo 13

Farzaneh

«Yo concedo la gloria a los hombres».

Comparado con Alejandría y El Cairo, la antigua Menfis parecía un poblado de pastores. Y, de hecho, lo era.

Lo que ahora se conocía como Mit Rahina era una colecció n de apenas cuatro casas de adobe en la ribera del Nilo.

Parecía una postal en la que no faltaban rebaños de camellos, jinetes a lomos de burros con alforjas que iban y venían de las excavaciones y falucas que descansaban plácidamente sobre el agua del río.

Tan lejos de El Cairo y de sus avenidas plagadas de edificios modernos, el contraste entre la blancura del desierto y la exuberante vegetación del Nilo me dejó noqueada.

Me daba la sensación de que había ido a parar a otro siglo.

Nos acercamos con el coche a la pareja de edificios de aspecto colonial que hab ía pegada a la orilla, el único hotel para extranjeros en kilómetros a la redonda, posiblemente creado por y para los ingleses y franceses que acudían a excavar en los meses de menos calor, y el señor Carmichael se acercó a la recepción para reservar una habitación y enviar un mensaje.

Lo seguí con los ojos mientras desaparecí a en el interior del edificio. Incluso de espaldas, tenía un porte especial. Algo me decía que sería capaz de reconocerlo en cualquier parte. Pensé en Ambrose y en la forma en la que se encorvaba al caminar. Me costaba creer que compartieran sangre.

Me costaba creer que compartieran cualquier cosa, la verdad.

Alistair Carmichael era… raro. Curioso. Pero me gustaba.

Cada vez que conversábamos, decía algo que me asombraba: su afán de aprender, de reconocer sus errores, de arriesgarse, incluso; me parecía fascinante viniendo de alguien de una cultura tan herméticamente orgullosa como la britá nica.

La charla en el coche me había sorprendido para bien y, aunque me costaba reconocerlo, me reconfortaba estar acompañada para lo que sabía que sería un encuentro de lo más desagradable.

El hotel tenía una veranda sobrelevada bajo la que rompían las aguas del Nilo, y me quedé apoyada en la barandilla con la vista fija en los barcos de vela que navegaban hacia el sur.

Allí, sin el cobijo de los edificios, la protecci ón que brindaban las palmeras del sofocante calor era más bien escasa.

Pero mejor eso que estar dentro escuchando la conversación de Carmichael.

Menfis era el primer sitio en el que debíamos buscar a Ambrose, por supuesto; pero ahora que él no estaba, solo una persona contaba con la información que necesitábamos sobre su excavación.

Aun así , prefería arrancarme las uñas con tenacillas antes que darle a William Matthews Flinders Petrie la satisfacción de verme suplicar ayuda.

Apreté con fuerza la baranda. Odiaba que ese desgraciado supiera más que yo sobre los avances de la investigación de Ambrose. Odiaba que el centro británico de investigación egipcia en El Cairo estuviese en sus manos. Y odiaba que hubiera ensombrecido lo único que quedaba del legado de Amelia.

«Espero que Dios te dé más paciencia que fuerza, querida mía», oía mi vieja mentora susurrarme al oído. « O estaremos perdidos».

—Bueno, pues ya está —suspiró Carmichael a mi espalda. Se apoyó contra la barandilla, dándole la espalda al Nilo. Parecía cansado—. Petrie está ocupado y no puede vernos hasta mañana, pero le he dicho a su chico de los recados que nos haga un hueco en su agenda lo antes posible.

—No esperaría demasiada deferencia por su parte — siseé, pero no sé si llegó a oírme.

—Supongo que es inevitable que el jefe de los egiptólogos británicos en Egipto tenga una agenda de ministro —continuó, ajeno a mi turbación—. Tendremos que matar el tiempo hasta entonces. Maldita sea, tendrí a que haber telefoneado desde El Cairo.

—Hay sitios peores donde quedarse tirados. —Me encogí de hombros y me obligué a sonreír. No iba a dejar que ese desgraciado arruinara mi primera visita a Menfis—. De hecho, este sea posiblemente el mejor.

Carmichael observó a su alrededor. Sus ojos se posaron sobre las falucas y los camellos al otro lado de la orilla, que pacían con calma bajo la atenta mirada de sus dueños. Frunció los labios.

—No parece un epicentro cultural muy boyante, la verdad. Aunque no me extrañaría que esos dromedarios tuvieran mejor conversaci ón que yo.

—Qué atrevida es la ignorancia. —Me impulsé desde la barandilla y me recoloqué la shayla mientras me dirigía hacia la puerta—. ¿La antigua capital del Bajo Egipto faraónico es demasiado provinciana para un empresario made in America ?

Carmichael soltó una risilla y me sigui ó. Unas gotitas de sudor perlaban su frente, y parecía estar algo fuera de lugar, con su traje beige claro, en medio de un poblado egipcio a la orilla del Nilo. Oculté una sonrisa con el velo.

—Por favor, señorita Khatibi —dijo, poniéndose a mi altura y haciendo una reverencia teatral—. Lead the way.

***

El coche avanzaba a duras penas entre las dunas, a pesar de que nos habíamos asegurado de tomar un camino bastante transitado.

Las ruedas renqueaban y en mi mente se repetía, una y otra vez, la imagen de la arena colándose en el motor y haciéndolo explotar.

Ser ía una forma bastante triste de morir, la verdad.

Carmichael me miraba por el rabillo del ojo como si no comprendiera por qué me había empeñado en traerlo a un trozo de desierto dejado de la mano de Alá, y entonces superamos la duna y la pirámide apareció ante nosotros.

Yo sabía lo que veníamos a ver y, aun así, me quedé sin aire.

Una monumental mole de piedra, con niveles escalonados, se recortaba contra el cielo azul. A su lado éramos diminutos, una mota de polvo más en la inmensidad del desierto. En torno a ella, muros de piedra caliza que resistían orgullosos el paso del tiempo protegían la construcción.

El coche se detuvo en seco y nos limitamos a observar. A reverenciar. La tumba de un rey de antaño, un palacio funerario para su vida en el más allá. Si alguna vez había pisado un lugar sagrado, sin duda era este.

—¿Qué es? —susurró Carmichael tras lo que parecieron eones.

—La tumba de Zoser, el tercer faraón de la Segunda Dinastía. Vivió hace más de cuatro mil quinientos años.

Durante unos minutos, no dijimos nada. Zoser estar ía orgulloso de que su nombre todavía inspirara respeto.

Lentamente, Carmichael arrancó el coche de nuevo y nos acercamos a la pirámide.

Cerca de la base y de los muros trajinaban obreros aquí y allá, moviendo cestas de tierra y de otros objetos y gritando instrucciones en un egipcio demasiado rápido para comprenderlo.

Enormes zanjas se abrían en el suelo, entre la arena, y observé fascinada cómo comenzaban a emerger puertas, estatuas y jerogl íficos que contaban una historia todavía por descifrar.

—¿Están excavando? —preguntó Carmichael, inclinándose hacia mí hasta alcanzar la ventanilla del automóvil. Asentí.

—Auguste Mariette —respond í quedamente, y luego me di cuenta de que me miraba con una ceja levantada—.

Escuela francesa. Competencia directa de Petrie.

—Oteé el grupo de trabajadores, pero no logré identificar al arqueólogo galo—.

Las licencias para excavar las adjudica el Departamento de Antigüedades, fundado por el propio Mariette, aunque ya está retirado, así que te imaginarás que la objetividad brilla por su ausencia.

Los británicos son especialmente cr íticos con su labor.

—Lo imagino.

Podría haber seguido hablando de la importancia de Mariette en las primeras excavaciones científicas de un yacimiento egipcio, o de cómo los franceses habían excluido sistemáticamente a los egipcios de todo lo relacionado con su propia historia, pero al volverme hacia Carmichael me di cuenta de que se había inclinado todavía más para ver la pirámide y que estaba muy muy cerca de mí.

El corazón se me desbocó. Sentí los latidos tan fuerte, que estuve segura de que hasta los obreros de Mariette podían oírlos.

De cerca, descubrí que, escondidos entre los cabellos encanecidos de su barba, había algún pelo rebelde pelirrojo.

Era un complemento perfecto a su rostro, y no ocultaba la curva de sus pó mulos ni de su mandíbula.

Tampoco me pasó desapercibido su perfume, potente pero elegante, perfecto para un dandi inglés como él.

—¿Farzaneh? —Lo observé, me ardían las orejas—. ¿Me estás escuchando?

«Tranquila, Farza, tranquila. Es un hombre atractivo y tienes ojos en la cara. Estoy segura de que a muchas chicas les pasar ía lo mismo si el padre de su prometido tuviera este aspecto».

Alá, ayúdame.

—¿Qué decías?

Carmichael se recostó en el asiento del conductor, con una mano en el volante.

—¿Podríamos acercarnos? Serí a fantástico verla de cerca.

—No creo que sea buena idea —balbuceé. Tenía escasos segundos para recomponerme y fingir que no había pasado nada.

Tan solo me quedaba rezar por que él no hubiera notado mi azoramiento—.

Si están excavando, solo estorbaríamos. No nos interesa cruzarnos con el Departamento de Antigüedades si Ambrose quiere seguir trabajando por aquí .

Mi acompañante hizo un mohín de decepción y, por un instante, me sentí terriblemente culpable.

—Pero la pirámide de Zoser no es la única maravilla de esta zona —aventuré—. Arranca, te guiaré.

Tras poco má s de media hora, llegamos a un altiplano de arena blanquecina, desde donde se veía el Sáhara extenderse hasta el horizonte.

Allí, cortando el cielo que trataban de alcanzar, se alzaban cuatro pirámides más.

De camino, habíamos pasado cerca de muros y construcciones medio enterradas en la arena, pero fue ante este peculiar jardín pétreo que Carmichael abrió los ojos como platos.

—Madre de Dios —susurr ó.

—El valle de Dashur —dije mientras el viento me agitaba el velo y el vestido—. La necrópolis más importante del Reino Antiguo.

—¿Por qué hay tantas?