Capítulo 12
Alis t ai r
«Yo hice que lo justo fuera más preciado que el oro y la plata».
No estaba siendo sincero conmigo mismo. Al menos me quedaba el consuelo de que Josie no estaba aquí para verme, porque no había nadie má s capaz que ella para saber en qué estaba pensando con solo mirarme.
Me gustaba la compañía de Farzaneh. Seguía sin comprender qué había visto en Ambrose. No podían ser más diferentes, y Ambrose jamás había hablado de ella si no era con desdé n o, como mucho, indiferencia.
Apreté el volante con fuerza mientras el desierto pasaba volando a nuestro lado.
El camino hasta Menfis no era complicado; se encontraba a algo menos de treinta kilómetros al sur de El Cairo, pero al abandonar el centro de la ciudad las carreteras se convertían en poco más que caminos de arena, y el coche importado que había alquilado no soportaba el traqueteo tan bien como me hubiera gustado.
A mi lado, Farzaneh estaba vuelta hacia la ventanilla con expresión de fascinación.
Por lo menos, la carretera me obligaba a estar concentrado para no matarnos.
Una excusa perfecta para no pensar en ella.
Me alegraba que hubiera aceptado mi compañía tan fácilmente, porque la mera idea de despedirnos y no volver a verla me retorc ía las tripas.
Nunca había tenido especial interés por la historia, pero su discurso en la terraza del Shepheard’s me había fascinado.
Había hablado con pasión, con una expresión de júbilo dibujada en el rostro que no había visto antes, con una energía que, si la probabas, se volvía adictiva.
Estaba comenzando a meterme en terrenos pantanosos y lo sabía.
—Yo ya visité Menfis hace unos años —comenté, y Farzaneh se volvió hacia mí con la boca abierta.
—¿En serio? ¿No me hab ías dicho que era la primera vez que venías a Egipto?
—Menfis, Tennessee —sonreí con picardía. Ella hizo un mohín.
—De tal palo tal astilla —murmuró entre dientes.
—Es una ciudad de lo más americana. Construida sobre tierra indígena, por supuesto, con edificios altos, carteles de escaso gusto, ranchos en las afueras y más espacio para los carros que para los peatones.
Me da la sensaci ón de que su homóloga egipcia le va a dar mil vueltas. Lo cual tampoco es difícil, la verdad.
—¿De verdad se llama Menfis? —Asentí—. ¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Americanos. Cuando uno no tiene historia propia, es mucho más sencillo apropiarse la ajena.
Soltó una risa sard ónica.
—De eso los británicos sabéis mucho.
— Touché . —Sonreí. No tenía pelos en la lengua—. Pero no me negarás que tenemos cosas buenas. Mira Estados Unidos. Nació de un germen británico y ahora es una naci ón próspera. O la India y Australia. Los barcos de vapor, la electricidad… El imperio también ha tenido sus cosas buenas.
—El comercio y el intercambio de ideas también se podían haber logrado sin subyugar y humillar a otros pueblos —murmuró distraídamente con la vista fija en las dunas.
—¿Subyugar y humillar? —Me retuve para no dar un volantazo—. Un poco excesivo, ¿no crees?
Se volvió hacia m í con una ceja levantada. Había apoyado el codo en la ventanilla y el viento agitaba el velo en torno a su pelo, lanzando el flequillo una y otra vez contra sus ojos.
—¿Excesivo? No sé, quizá podríamos preguntar a los indios muertos por la hambruna mientras sus gobernadores engullen en platos de oro, o a los kenianos desplazados para construir ferrocarriles en el África Oriental, o a los adictos al opio que no tienen donde caerse muertos.
Aceleré y apreté las manos en torno al volante.
Una gota de sudor me cayó por la sien. No era imb écil ni iletrado, pero no podía negar que sí había tenido cierta…
llamémosla ceguera selectiva. Claro que había oído hablar de las tragedias en las colonias; las noticias viajaban rápido, sobre todo en Estados Unidos.
Pero es mucho más fácil ignorar algo cuando ocurre lejos de ti.
Las cifras de muertos en desastres naturales o cat ástrofes humanas se convierten en meros garabatos en un papel; uno puede indignarse con la boca pequeña, decir en voz alta «¡qué mal está el mundo!
» y seguir leyendo el periódico, y nada cambiará.
Lo sabía, por supuesto que lo sabía, pero era la primera vez que me lo echaban en cara y descubr í que, pese a todo, no tenía argumento alguno para replicar.
—Lo siento —murmuré entre dientes.
—No quiero que te disculpes —replicó ella, y me costó no echarme las manos a la cabeza.
—¿Entonces qué quieres que haga?
—¡Nada! ¿Qué vas a hacer? Eres un hombre, uno solo. —Chascó la lengua—. Las cosas no cambian porque un solo héroe crea que puede cambiar el mundo, ni tampoco se solucionan si te mesas los cabellos y entonas un mea culpa .
Quise responder algo, pero tenía la boca seca. Sentí una presión en el pecho, una suerte de peso existencial que se desplomaba sobre mis hombros.
—¿Y qué puedo hacer?
—Ser consciente de ello —respondió de inmediato—.
No darle la espalda a estos problemas, a la gente que sufre.
Y si algún día hay algo que est é en tu mano hacer por ellos, por pequeño que sea, ayudar.
—Una pequeña sonrisa asomó a sus labios—.
Con Amelia aprendí que hasta el gesto más pequeño puede cambiar la vida de alguien por completo.
De pronto sentí una imperiosa necesidad de saber todo lo que escondía aquella frase.
Querí a conocerlo todo de Farzaneh: de dónde venía su pasión, cómo había llegado a amar tanto Egipto, de dónde sacaba fuerzas de flaqueza cuando todo lo demás le fallaba.
Había vivido dos décadas má s que ella, pero a su lado me sentía como un polluelo recién nacido.
Durante un par de minutos, el coche continuó por la angosta carretera, con el Nilo a un lado y el Sáhara al otro. Las llantas traquetearon y renquearon, pero el automóvil siguió adelante, impasible. No me atreví a abrir la boca. No sabía qué decir para mejorar el silencio.
—¿Sabí as que Menfis dio nombre a Egipto en la Antigüedad?
Me volví hacia ella. Se había recostado en el asiento y parecía relajada. Me miraba con un brillo felino en los ojos. Tragué saliva.
—¿Cómo?
—Uno de las ruinas más espectaculares de Menfis es el templo del dios Ptah, que en egipcio antiguo se pronuncia Hut-ka Ptah, que luego se convirtió en Hikuptah, y los griegos, siempre poco dispuestos a aprender idiomas, lo adaptaron a su lengua como Égiptos .
Tal fue la importancia del templo que, de una edificación, nació el nombre de un territorio entero.
—Se encogió de hombros—. Según Manetón, al menos, que no siempre es una fuente fiable.
—Fascinante —murmuré. A lo lejos comenzaba a aparecer la silueta de Menfis—. ¿Nunca te has planteado dar clase?
—¿Dónde? ¿En la universidad? —Resopló.
—El University College de Londres acepta mujeres. Tienes talento, podrías hacer carrera ahí.
—La cátedra de egiptología del University College me est á vedada. No —me interrumpió al verme abrir la boca—, es así. Tengo mis razones para decir eso. Además, mi padre jamás lo permitiría. Una mujer que trabaja sería lo peor que le podría pasar a nuestra reputación familiar.
—¿Y Ambrose? —No estaba seguro de querer respuesta a mi pregunta. Creía conocer a mi hijo, pero los últimos días me estaban demostrando que quizá estaba equivocado—. ¿Con él sería distinto?
—Tengo que creer que sí. —Evitaba mis ojos—. Si no, no tendría nada a lo que aferrarme.
—¿Y si no dependieras de nadie? —pregunté de pronto—. ¿Qué te gustaría hacer si no tuvieras que rendirle cuentas a nadie salvo a ti misma?
Supuse que se lo tendría que pensar, aunque fuera un poco, pero las palabras saltaron de sus labios.
—Ser arqueóloga. En Egipto, entre piedras y arena. —Me miró con una sonrisa que me desarmó—. Creo que no sería tan feliz en ningún otro sitio como aquí . Pero los sueños son tan solo eso, sueños.
—De momento —repliqué, y conduje en silencio, cavilando lo que me había dicho. Un gesto, por pequeño que fuera, podría cambiarle la vida a alguien. Llevaba toda la vida siendo un cobarde, reprimiendo esos pequeños gestos.
Quizá era hora de dejarse llevar.