Capítulo 11
Alis t ai r
«Yo establecí los caminos de las estrellas».
Quizá fuera cosa mía, por la forma en la que me habían criado, puesto que, aunque nunca lo admitiría en voz alta, me consideraba un señorito delicado al que le gustaba la buena vida, pero había de reconocer que, si a m í me hubieran asaltado en la calle, golpeado la cabeza contra la calzada y tratado de estrangularme, necesitaría al menos un mes para recuperarme, física y mentalmente.
A juzgar por la rapidez con la que Farzaneh estaba devorando el plato de comida que tenía delante, su capacidad de recuperación era bastante superior a la mía.
No me había resultado sencillo, pero conseguí posponer la visita a Menfis un par de días hasta asegurarme de que realmente no ten ía secuelas del ataque y de que no se desmayaría al ponerse de pie.
El descanso le había hecho bien, por mucho que ella protestara; había recuperado el color de su rostro y las mejillas rosadas.
Aun así, no había logrado que accediera a mudarse al Shepheard’s, y el médico había insistido en cobrar extra por acercarse al barrio de El Cairo en el que se encontraba el Salah ad-Din, lo que no me había hecho ninguna gracia.
Pero Farzaneh estaba bien, gracias al cielo.
Habíamos quedado en la terraza del hotel a desayunar antes de salir con el coche.
Así ella podría prepararse el viaje con calma, y yo tendría la oportunidad de olvidarme de la forma en la que el cabello le ca ía sobre la frente, en aquella noche en que cuidé de ella, desordenado, enmarcando su rostro, y de la curva de sus hombros y de su clavícula. Por el amor de Dios.
Los camareros me trajeron un desayuno continental más o menos conseguido, con un lánguido croissant y un yogur con frutas, aunque el café era excelente.
A Farzaneh, en cambio, tras un breve intercambio de palabras en árabe con el mozo, le sirvieron una sartencilla de huevos con tomate, pimiento y hierbas que olía de maravilla.
La joven se abalanzó sobre el desayuno, que regó entre bocado y bocado con un trago de té de hierbabuena.
Verla comer era un espectáculo fascinante.
—Me alegra ver que te encuentras mejor —comenté, dándole un golpecito al croissant con el tenedor. Al lado del de Farzaneh, mi plato aún me parecía menos apetitoso.
—Llevo varios d ías con apetito —me dijo sin levantar la vista—. Las emociones fuertes me dan hambre.
—Ya veo —sonreí, y me apoyé sobre los codos en la mesa—. Escucha, estoy tan de acuerdo como tú en que alguien de carne y hueso está detrás de todo esto, pero lanzarnos a la aventura, sin ninguna pista sobre su identidad y con tu vida en peligro, me parece un tanto…
—¿Y entonces qué hacemos? ¿Esperar a que los ingleses decidan mover un dedo? No, para entonces Ambrose ya podría estar muerto. Estos dos dí as que hemos perdido ya han sido suficiente ventaja. Debemos actuar.
—¿Es que no le tienes miedo a nada?
Esta vez, Farzaneh sí dejó de comer y me miró. Se irguió en la silla y por instante me sentí diminuto.
—A muchas cosas, señor Carmichael. Pero a ninguna lo suficiente como para dejarme amilanar.
Josephine se llevaría bien con ella, pensé de repente.
Ten ían el mismo carácter indómito y la misma desquiciante cabezonería.
Josie tampoco había dejado que sus miedos la frenasen, aunque ello hubiera supuesto el ostracismo social, y no podía sino admirarla por ello.
Yo, en cambio, siempre había sido un cobarde.
—A Menfis, pues —suspiré—. Y por favor, tutéame. Si vamos a trabajar juntos, no lo soportaré durante mucho m ás tiempo. No soy tan mayor.
Farzaneh me miró divertida mientras se metía otra cucharada en la boca y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—¿Alistair, entonces?
—Con Alec vale. Vamos a ser familia, no necesito que me trates como si fueras uno de mis inversores.
—¿Inversores? —La joven ladeó la cabeza con curiosidad—. Ambrose nunca me ha dicho a qué se… a qué te dedicas.
—Inversiones ferroviarias en la costa este de Estados Unidos.
Hace años que vivo a caballo entre Boston y Chicago.
No le tengo especial aprecio al país, pero se me da bien seguir el rastro del dinero.
Me mudé hace ya casi una dé cada, y entre unas cosas y otras…
Para cuando me quise dar cuenta era propietario de un pequeño emporio siderúrgico.
—He oído a mi padre hablar de su fortuna —replicó ella—. No creo que «pequeño» le haga justicia.
Reí por lo bajo. Le costaba abandonar los formalismos, pero, al mismo tiempo, tenía una lengua afilada.
—Puede ser. Me gusta vivir bien, no lo negaré. Los ricos podemos ser insoportables.
—¿Y ha dejado a su mujer en América?
Me detuve en seco, con la taza de café a medio camino de mis labios. Parecía una pregunta genuina, no un intento de burla. O eso esperaba.
—Estoy divorciado, Farzaneh —dije con voz queda, forzándome a beber—. Hace años que no vivo con mi exmujer.
La tensión se podrí a haber cortado con un cuchillo. No me sorprendía que Ambrose hubiera decidido omitir esa información, pero dolía, de todas maneras. Habían pasado casi quince años desde que Josephine y yo decidimos ponerle fin a aquella farsa y él todavía no nos lo había perdonado.
—Lo siento.
Alcé la vista. La joven parecía muerta de vergüenza. Tenía las mejillas arreboladas y la servilleta hecha un gurruño entre los dedos.
—No tenía ni idea. Ambrose nunca mencionó… Lo siento.
—No, para nada. Tranquila. —Las manos me picaban, deseosas de acercarse a ella para reconfortarla, pero me contuve.
Era evidente que el contacto físico la desagradaba, y no quería incomodarla—.
Josephine y yo nos separamos de forma amistosa.
Fue complicado, tuvimos que solicitar una licencia especial al Parlamento, pero era lo que debíamos hacer.
Todaví a mantenemos el contacto, de hecho. Vive en Edimburgo y es muy feliz.
—¿En serio? —Abrió mucho los ojos—. ¿Es eso posible?
—¿Mantener una relación de amistad con tu expareja? Depende de la persona, imagino, pero Josie es una de mis mejores amigas. Que no funcionáramos como matrimonio no significa que deba perder su amistad. Y, gracias a Dios, no ha sido así.
Farzaneh permaneció en silencio unos segundos, procesando la información. La observé. Quiz á algún día le contaría por qué nos separamos. Algún día.
Finalmente, murmuró algo en persa en voz baja. Tomé una nota mental para comenzar a aprender el idioma en cuanto regresara a casa; no quería ser incapaz de hablar con mi futura nuera en su idioma.
Por alguna razón, la palabra ‘nuera’ me supo amarga y de lo más desapacible.
—Pero no hablemos más de mí —dije, cambiando de tema mientras hacía un gesto al camarero para que me trajera más café—.
Menfis, ¿ no? ¿Tenemos alguna idea? ¿Una mínima pista?
Reconozco que no sé muy bien en qué trabajaba Ambrose.
¿Qué hay tan importante en Menfis como para secuestrar a un arqueólogo británico?
Me esperaba alg ún tipo de diatriba sobre el poco interés que había puesto siempre en los asuntos de Ambrose, pero Farzaneh rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar algo y depositarlo sobre la mesa.
Una figurita de piedra oscura, redondeada, con finas líneas grabadas en la superficie. Parecía un insecto. Fruncí el ceño.
—Un escarabeo —explic ó ella, aunque no me aclaraba demasiado—.
Un amuleto egipcio, relacionado con el sol naciente y el dios Khepri.
La mayoría de los que conocemos se emplearon como amuletos funerarios para acompañar al difunto en su viaje al más allá.
Se colocaban encima del cuerpo del muerto para actuar como su corazón y asegurarse de que, cuando estuvieran en presencia de Osiris, el rey de los muertos, este no hablaría en contra del espíritu del fallecido.
Pero hay otros usos, como en este caso. —Me miró de reojo, para ver si seguía atento.
Fue un gesto innecesario; no habr ía podido apartar los ojos de ella aunque hubiese querido—.
En periodos más tardíos, especialmente cuando llegaron al poder dinastías extranjeras, de Oriente y Levante, adoptaron los escarabeos como sellos reales.
Le dio la vuelta a la figura y vi que en el reverso, que era totalmente plano, había varios signos inscritos con un cuidado exquisito.
Logré identificar un búho y una pierna, pero lo demás era un galimatías.
Farzaneh trazó la forma de los signos con la yema del dedo, acarici ándolos como si fueran lo más preciado y delicado del mundo, y el vello de la nuca se me erizó.
—Este es el nombre de Cambises II, Rey de Reyes, hijo de Ciro el Grande de Persia y faraón de Egipto.
—¿Un rey persa? —No era una gran experto, ni mucho menos, pero algo me sonaba—. ¿Qué se le había perdido a un persa en Egipto?
—Cambises conquistó el Delta en el 525 a.
C. y convirtió Egipto en una provincia m ás del imperio —explicó—.
Gobernó sobre el Alto y el Bajo Egipto, y pretendía expandirse hacia el sur, hacia los reinos de Napata y Meroe, pero dos años después fue víctima de una conspiración política y se suicidó en Persia.
Silbé.
—Eso sí que es una victoria efímera. Y yo pensaba que sabía lo que era tener un mal día…
—Cambises estableció su cuartel general en Menfis, que por aquel entonces era la capital del Bajo Egipto.
Prácticamente toda la información que se ha encontrado sobre su reinado procede de allí.
—Y luego repitió en voz baja—. Prácticamente toda.
El caso es que mi… —gruñó—. La investigación de Ambrose trataba sobre el tiempo que Cambises pasó en el país del Nilo, en concreto sobre un episodio que ha dado mucho que hablar desde la Antigüedad.
Según el historiador Heródoto, Cambises quiso conquistar también el oasis de Siwa, al oeste del Nilo, y envi ó un ejército de cincuenta mil hombres.
Los cincuenta mil se adentraron en el desierto y nunca más se supo de ellos.
Varias fuentes… Digamos que hablan de un tesoro perdido con el ejército.
Eso es algo debatible, claro. —Parecía incómoda y no acababa de comprender por qué.
Era una historia curiosa, pero no dejaba de ser eso: una historia—.
El caso es que Cambises gestionaba todas sus operaciones militares desde Menfis.
Así que seguro que Ambrose se dirigió hacia allí.
Me incliné hacia delante, apoyando la barbilla en los nudillos.
—Entiendo. Sí, supongo que no nos queda otra que viajar a Menfis, entonces.
—¿Vendrás conmigo? Es posible que sea peligroso. No sabemos en qué andaba metido Ambrose.
—No he venido hasta Egipto para quedarme tomando el sol en El Cairo; mi cutis no lo soportaría.
Quiero llegar hasta el final de este asunto y descubrir en qué lío se ha metido mi hijo.
Además —sonre í—, tengo muchas preguntas sobre este país, y algo me dice, Farzaneh, que nadie me las va a responder tan bien como tú.