Capítulo 10
Farzaneh
«Yo acabé con el crimen».
«Aprueban nuestro matrimonio. Todo lo dem ás no es de tu incumbencia».
Eso era todo lo que conseguí sonsacarle a Ambrose sobre sus padres una vez que nuestro compromiso se oficializó.
Cada vez que le preguntaba sobre ellos, se tensaba y cambiaba de tema, o me decía que no metiera las narices donde no me llamaban.
Debían de tener una relación pésima. No es que yo fuera el ojito derecho de mis padres, desde luego, pero mi relación de dependencia respecto a ellos me obligaba a tolerarlos.
Ambrose, en cambio, era un alma libre. Hací a lo que quería, gastaba un dinero que no tenía, se granjeaba enemigos que no se podía permitir y, sobre todo, nunca escuchaba a nadie que no le dijera exactamente lo que él quería oír.
Me había resignado a no saber más que lo justo y necesario de su familia.
Jamás pensé que conocería a Alistair Carmichael.
Mucho menos que lo conocería en El Cairo, buscando a su hijo secuestrado.
Todavía me costaba creer que el caballero del barco, el elegante inglés que parecía seguirme por Egipto, fuera el padre de mi prometido.
¡No se parecían en nada! De acuerdo, quizá compartían alg ún rasgo, cierta similitud de facciones, pero eso era todo.
En cuanto al carácter, no podría imaginar dos personas más distintas.
Si no fuera porque mis padres decidieron mi compromiso sin consultarme, no me habría acercado a Ambrose ni con un palo de diez metros.
Alistair, en cambio… me intrigaba. Tenía una conversación interesante y una mente ágil, y era sorprendentemente afable.
No había encontrado demasiados occidentales en mi vida que me trataran como a un ser humano.
Ambrose no le llegaba a la suela del zapato.
Suspiré mientras avanzaba por la avenida Sharia Abd el-Khalik hacia la Ópera.
Aunque ya era noche cerrada, la temperatura apenas había bajado y la condensación de la humedad del Nilo se me pegaba a la frente y a la nuca.
Me moría de ganas de llegar a mi habitación y darme una ducha.
Tenía la mitad del desierto aún pegada a la ropa y los pinchazos del vientre me aguijoneaban sin piedad.
Había logrado hacer un apañ o en el baño del Shepheard’s, pero esperaba no haber manchado la ropa.
Limpiar la sangre de cualquier tela no era tarea sencilla ni tenía tiempo para ello.
Al pensar en mi vestido, tanteé los bolsillos y saqué la figurilla del escarabeo con el nombre de Cambises que había hallado en Khan al-Khalili.
Parecía irreal poder tocar con los dedos el nombre de uno de los Reyes de Reyes, pero allí estaba.
Persia en Egipto. El momento con el que llevaba años so ñando, desde que visité Behistún con Amelia y me obsesioné con el país del Nilo.
Y, aun así, no me causaba la más mínima felicidad.
Ambrose habí a encontrado aquel escarabeo.
Ambrose lo había sacado de su contexto arqueológico, de su lugar, y lo había vendido al mejor postor como si fuera una figura de porcelana barata en Camden.
Solo con pensar en ello me hervía la sangre.
¿Cómo se atrevía aquel desgraciado a reírse así en mi cara?
¿A mancillar mi legado, mis ideas y el esfuerzo de toda una vida?
Iba a encontrarlo, costara lo que costara, y hacérselo pagar.
Llegué a la plaza, absorta en la figurilla, y apenas me fijé en que el número de transeúntes disminuía conforme me alejaba del río.
El Cairo era una de esas ciudades que nunca dormía, pero incluso ciertos barrios ten ían que descansar.
Decidí callejear para llegar antes a mi hotel, y me arrepentí inmediatamente.
Las calles estaban mal iluminadas, cuando había luz, y pronto me encontré sola entre edificios que no reconocía.
El corazón comenzó a martillearme en los oídos y tragué saliva. Me maldije por no haber prestado atenci ón a por dónde iba y me obligué a calmarme. No tenía por qué pasarme nada. Estaba siendo paranoica. No tenía más que deshacer mis pasos y ya estaría de vuelta por el buen camino.
Mis zapatos resonaban sobre la acera. En cada esquina había una sombra. Apreté el paso, con el escarabeo firmemente asido entre los dedos. No hab ía nadie. En ningún sitio.
Oí un ruido a mi espalda. Me volví. Nadie. Tragué saliva, con el corazón desbocado. Eran todo imaginaciones mías, me dije. «Tranquilízate, Farzaneh. No hay nadie, nadie te está siguiendo».
«Son los afarit, sayedah». Las palabras de Najjar regresaron a mis oídos. Los demonios de sombra y fuego, espíritus airados de difuntos inquietos. La sombra que se llevó a los obreros y también a Ambrose.
Paparruchas. Continué andando. Me pod ía el ansia de volver a los bulevares, a las calles iluminadas. Antes de darme cuenta había comenzado a correr.
Fue entonces cuando la sombra se abalanzó sobre mí.
Chillé. Una mano se cerró sobre mi boca. El ímpetu fue tan fuerte que caímos al suelo y rodamos por la acera. Las baldosas se me clavaron en la espalda. Un dolor agudo me atravesó el cráneo al chocar contra los adoquines. La sombra no afloj ó lo más mínimo.
Traté de abrir los ojos, pero tenía la visión borrosa y no pude reconocer lo que tenía ante mí. Los bordes de la figura estaban difuminados, se perdían en la noche. Como un verdadero fantasma.
El instinto pudo a mi ló gica. Abrí la boca todo lo que pude y mordí.
Mis dientes se hundieron en una superficie fría y correosa, y un escalofrío de repugnancia me recorrió el cuerpo. Pero funcionó. La sombra apartó la mano y entonces grité.
Grité como no lo había hecho jamás, hasta que la garganta me supo a sangre y los pulmones no dieron más de sí.
—¡¡Socorro!!
Otra mano me rodeó el cuello y apretó.
Pataleé e intenté zafarme, pero fue in útil. La sombra me agarraba con una fuerza sobrenatural, imposible de resistir. Comencé a quedarme sin aire. El pecho me ardía como si los pulmones me fueran a estallar. Boqueé, desesperada. Me ahogaba. No podía respirar. No podía…
—¡Farzaneh!
Tan pronto como había llegado, la sombra desapareció y el airé volvió a entrar en mis pulmones. Inspir é todo lo profundo que pude, como un hombre sediento que por fin encuentra agua, pero no parecía suficiente. Como si todo el aire del mundo no fuera suficiente.
—¡Farzaneh!
Me volví, todavía en el suelo, y vi una figura acercarse. Todavía me costaba enfocar la mirada, pero conocía aquella voz. Una oleada de alivio me invadió. Quise llorar.
Alistair Carmichael se agachó junto a mí con el rostro crispado de preocupación y me tomó de los hombros.
—Por el amor de Dios, ¿qué ha ocurrido? ¿Quién era ese? ¡Estás herida!
¿Lo estaba? Me dolí a todo y estaba aturdida. El señor Carmichael levantó la mano y me rozó la sien con las yemas de los dedos, con dolorosa suavidad. Normalmente habría retrocedido ante un contacto semejante, pero no lo hice.
Vi que la superficie de sus guantes brillaba con algo espeso y pegajoso; me llevó unos segundos darme cuenta de que era sangre. Mi sangre. La bilis escaló por mi garganta, quemándome el paladar. Quise vomitar.
Alguien había intentado matarme.
Más tarde, apenas podía recordar lo que ocurrió a continuación. Oí al señor Carmichael hablando, primero a mí y luego a alguien que no supe identificar, y sentí que me levantaban en volandas. Me hubiera gustado protestar, pero al alzar la cabeza todo se volvió negro y perdí el conocimiento.
***
Para cuando volví en mí, estaba en el Shepheard’s, tumbada en una cama de esponjosos almohadones y sábanas que debían haber sido blancas antes de que llegara yo con mi shayla manchada de arena y sangre.
Parpadeé trabajosamente y me llevé una mano a la frente.
Hice una mueca de dolor. Me recliné sobre los cojines con cuidado y miré a mi alrededor.
Se había hecho de día y la luz del sol entraba por los pliegues de las cortinas, pero era imposible saber qué hora era.
¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?
La bruma que me cegó la noche anterior se disipó y lo recordé todo: las calles desiertas, la sombra abalanzándose sobre mí, la sensación de que mis pulmones iban a estallar… y Alistair Carmichael. Me hab ía salvado la vida.
Pero ¿de dónde había salido? ¿Cómo supo lo que estaba pasando?
No tuve que esperar mucho para descubrirlo.
La puerta se abrió y Carmichael entró, seguido por un hombre con anteojos y una sirvienta. No parecía contento, pero al verme incorporada su expresi ón cambió y prácticamente se arrojó a los pies de la cama.
—¡Farzaneh! Oh, Dios mío, estás despierta. Gracias al cielo, gracias…
—¿Qué está ocurriendo? —balbuceé, confusa. El hombre de anteojos carraspeó, y tanto el padre de Ambrose como yo nos volvimos hacia él.
—Señorita Khatibi —dijo con un fuerte acento británico.
No se me escapó que, aunque me hablaba a mí, miraba a Carmichael—.
Ha sufrido usted una contusión leve, aunque aparatosa, en la frente y en la nuca.
No es grave ni le dejará secuelas, pero le recomiendo reposo durante unos d ías.
Alguien debería notificárselo a su familia.
—De esto me encargaré yo —dijo Carmichael antes de que yo pudiera protestar. Seguía de rodillas a mi lado, y me di cuenta de que me había tomado de las manos. Se me encendieron las mejillas.
—Entonces creo que mi trabajo aquí ha acabado. Si me disculpan.
Con un leve asentimiento de cabeza, el hombre, que supuse que sería un doctor, se despidió y desapareció por donde había venido.
La sirvienta, vestida con una cofia con el emblema del Shepheard’s, me lanzó una mirada nerviosa, pero en cuanto nuestros ojos se cruzaron se estremeció y salió corriendo detrás del médico.
Me quedé sentada, sumida en la confusión.
—Farzaneh —preguntó Carmichael, obligá ndome a mirarlo—, ¿se encuentra bien?
De cerca, a la luz del día, era todavía más atractivo de lo que me había parecido. Se daba un aire a Ambrose, era cierto, pero sus ojos poseían una franqueza de la que los de su hijo carecían.
Aun así, aparté las manos de las suyas r ápidamente, y él dio un paso atrás.
—No avise a mi familia.
Alzó las cejas, sorprendido.
—¿Por qué no? Sus padres querrán saber lo ocurrido, ¿no?
—Mis padres no saben que estoy aquí —repliqué , pero supe que tenía que confesar la parte de la historia que había omitido la noche anterior—.
En El Cairo, quiero decir. Viajé a Alejandría con mi tío, pero está…
indispuesto. Y nadie más quería ayudarme.
Pretendían que me quedara en el hotel cruzada de brazos.
Así que vine aquí, a investigar por mi cuenta.
Si mi padre se entera de que estoy aquí sola…
Me recorrió un escalofrío. Si lo que estaba ocurriendo llegaba a oídos de mi padre, jamás volvería a disfrutar de la más mínima libertad.
Mi casa se convertiría en una cárcel y mi vida sería todavía más miserable de lo que ya era.
No podía permitírmelo. Encontrar a Ambrose era una cuesti ón de supervivencia: mal que me pesara, solo con él podría escapar de la mano de acero de Arash Khatibi.
—Ya veo —repuso él, pensativo—. ¿Todo eso por Ambrose?
Por Ambrose y por mí. Pero no podía decirle al padre de mi prometido que necesitaba a su hijo más como un pasaporte para mi libertad que como un amante o marido.
Aun así, asentí . Me recosté de nuevo en la cama.
La cabeza todavía me dolía y el vientre me estaba matando.
Ahora entendía aquello de que las desgracias nunca vienen solas.
—Tengo que encontrarlo.
—De acuerdo —accedió él—. No diré nada. De cualquier manera, es usted una mujer adulta con derecho a tomar sus propias decisiones. Nadie debe controlar lo que hace o deja de hacer.
Sus palabras me noquearon. Comparado con sus compatriotas londinenses, Alistair Carmichael era sorprendentemente liberal.
Me gustaba.
—Gracias —musité, y traté de ponerme en pie. Gru ñí cuando un dolor agudo me aguijoneó la sien, pero no tardó en pasar. Fue entonces cuando noté que llevaba el pelo suelto y eché mano de la shayla que estaba tendida sobre una silla cercana—. ¿Cómo supo dónde encontrarme?
—La seguí —replic ó, apartando la vista.
Hubiera jurado que se ruborizó—. Me preocupaba que le ocurriera algo por el camino, lo reconozco, especialmente después de lo de Ambrose…
La perdí de vista en un momento dado, al pasar la Ópera, y estaba a punto de darme la vuelta cuando la oí gritar. Gracias a Dios.
Había sido providencial, desde luego. De no ser por él, quizá hubiera muerto, pero segu ía sin hacerme ninguna gracia que hubiera ido detrás de mí como si yo fuera una oveja descarriada.
—¿Quién era? —preguntó, y yo sacudí la cabeza.
—No lo sé. No le vi la cara. Era como… una sombra.
No tengo otra forma de describirlo. —Me acerqué a la ventana a correr las cortinas y la luz del sol inundó la habitación; me cubrí los ojos.
Al menos la luz ahuyentaría a los fantasmas que parecían perseguirme.
Recordé con un escalofrío el relato de Najjar—.
Tenía una fuerza descomunal. Cuando usted apareció, se desvaneció . Desapareció, sin más.
—He hablado con la policía. —Carmichael suspiró, sentándose en una de las sillas acolchadas con ribetes que había junto a la cama.
Se pasó los dedos por el pelo canoso, un gesto que me obligó a tragar saliva—.
No parecen muy dispuestos a colaborar. Han tomado nota de la agresió n, por supuesto, pero…
He vuelto a oír rumores sobre la excavación. Los demonios que se llevaron a Ambrose.
—Los demonios no existen, señor Carmichael —repliqué, mirándolo fijamente—, ni te abren la cabeza en medio de la calle. Quien me atacó anoche es una persona muy real, de carne y hueso, y pienso descubrir quién es y qué diablos quiere.