Mil millas Nilo abajo Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Tres más que Ambrose —sopesé, y un pensamiento intruso irrumpió en mi mente. «Y veintidós menos que t ú». Alistair, por el amor de Dios—. ¿Cómo se conocieron?

—Es… —Farzaneh dudó—. Es una larga historia.

—Tengo tiempo. —Mojé un trozo de pan de pita en el humus y la invité a seguir.

—Nos conocimos en la universidad —dijo al fin—. En un seminario sobre egiptología que impartía Amelia Edwards.

Cada palabra de aquella frase me sorprendió , pero las piezas encajaron en mi mente.

Ambrose nunca había sido una persona especialmente intelectual ni interesado por la academia, así que su repentino interés en la historia egipcia nos pilló a su madre y a mí desprevenidos.

¿Habría tenido algo que ver Farzaneh en ello?

—¿A usted también le interesa la egiptologí a?

La joven soltó tal bufido que casi me atraganté con la bebida. Pero ¿qué le ocurría? ¿Por qué era tan fácil ofenderla?

—Sí , señor Carmichael. A mí también me interesa.

—Pasó unos instantes en silencio, con la vista perdida en la orquesta que tocaba animadamente en una esquina del jardín, y su expresión se ablandó—.

Me enamoré de Egipto de niña gracias a Amelia.

Ella me ense ñó todo lo que sabía de esta tierra…

y lo que no. Creo que es justo eso lo que despierta tanta fascinación: lo mucho que nos queda todavía por aprender.

Los secretos que Egipto aún no ha querido revelar.

De perfil, sus rasgos se recortaban contra las luces de la veranda. Era una mujer hermosa. No me extrañaba que Ambrose hubiera caído a sus pies; lo difícil habría sido no hacerlo. La pregunta que me asaltaba ahora era ¿ cómo aguantaba Farzaneh al insufrible de mi hijo?

—Me temo, señorita Khatibi —dije con falso pesar—, que le voy a resultar un compañero de viaje de lo más tedioso.

Soy un ignorante de todo aquello que no sean ferrocarriles y vías férreas.

De lo más prosaico, como ve. Pero en mi defensa diré que soy un alumno excepcional, una esponja dispuesta a aprender.

Algo es algo, ¿no? Lo cual me recuerda que todaví a me debe una lección sobre los faraones egipcios.

¿Le parece que pida papel y lápiz? No querría hacer el ridículo si me pregunta usted más tarde.

Esta vez Farzaneh no logró reprimir su sonrisa, y el corazón me dio un vuelco al ver cómo su rostro se iluminaba. Aunque se cubri ó la boca con las manos, la curva de sus labios y los hoyuelos de sus mejillas se me quedaron grabados en la mente.

—Es usted curioso, señor Carmichael. Tampoco es lo que me esperaba.

—Por favor, llámeme Alec. ¿Y qué se esperaba? Por curiosidad.

La joven dudó, buscando las palabras adecuadas mientras se servía en su plato algo que parecía garbanzos con pimientos.

— Ambrose nunca habla demasiado de usted ni de su madre.

No es demasiado extrovertido, en general, pero su familia siempre ha sido un tema algo…

espinoso. Supuse que habría mala sangre, algún tipo de discusión que los habría distanciado.

Fueron elucubraciones mías, por supuesto, pero lo imaginaba más… irracional. Inaccesible.

Sopesé sus palabras en silencio. Irracional.

Inaccesible. No me consideraba ninguna de las dos cosas, pero eran palabras que Ambrose bien podría haber usado para describirnos a m í y a Josephine.

Claro que Farzaneh era mucho más educada que mi hijo.

Él había elegido términos menos edulcorados en nuestras últimas discusiones.

—Es posible —dije al fin—. Ambrose y yo no nos llevamos bien, y no puedo negar que parte de la culpa es mía. Es una persona complicada, y yo no siempre he sabido gestionarlo. Pero confío en que ahora, con usted en la familia, la cosa cambie.

Le ofrecí una sonrisa tentativa, una suerte de invitación a no dejar que nuestro peliagudo comienzo supusiera un bache definitivo en el camino.

Quiz á ella fuera la clave para reparar mi maltrecha relación con Ambrose, aunque hasta el momento la compañía de Farzaneh me parecía mucho más estimulante que la de mi propio hijo.

La joven abrió la boca para decir algo, pero entonces su rostro se crispó en un rictus terrible y se puso en pie de golpe. Yo también me levanté, asustado, pero negó con la cabeza. Ten ía la servilleta asida en la mano con dedos temblorosos.

—¿El baño? —murmuró entre dientes, y me apresuré a llamar a un mozo para que la escoltara.

Me quedé preocupado al verla perderse entre el gentío, y tardé unos segundos en regresar a mi asiento.

¿Le habría sentado mal alguno de los platos?

Yo me encontraba bien. Olisqueé el humus, pero el aroma era maravilloso.

¿Habría sido algo que yo había dicho? ¿Le incomodaría que el padre de su prometido la invitara a cenar?

Todavía recordaba el primer telegrama en el que Ambrose mencionó su compromiso.

«Me voy a casar. Familia iraní. Muy ricos.

No vengá is». Ni una alusión a ella, ni siquiera su nombre.

Telefoneé inmediatamente a Josephine y ella logró dar con la familia y con la joven en cuestión en pocos días.

Debió de conocerla más o menos al mismo tiempo que descubría su pasió n por Egipto, y al menos de eso me alegraba, pero me habría gustado que compartiera más con nosotros.

Claro que, desde el divorcio, Ambrose no había vuelto a vernos con los mismos ojos.

Estaba registrando una nota mental de mandar un telegrama a Josie al día siguiente por la mañana para contarle mis progresos y hablarle de Farzaneh, cuando esta regresó a la mesa.

—Disculpe —musitó, recuperando su asiento. Estaba algo pálida y una gota de sudor le bajaba por la sien.

—¿Está bien? —Me preocupaba; en cierto modo, me sentía responsable de ella—. ¿Se encuentra indispuesta?

—No, yo… Estaré bien en unos días. No se preocupe.

Y después, como si se tratara de un aliento que había estado conteniendo:

—Gracias.

—No hay de qué — repliqué, pero algo en su tono me conmovió. Había más en esa palabra que en toda la conversación que habíamos mantenido.

Comimos en silencio durante un rato, arrullados por la música de la banda que tocaba en el jardín, hasta que la mayoría de los hué spedes del hotel fueron retirándose poco a poco.

Cuando nos quisimos dar cuenta, solo quedábamos nosotros y las buganvillas que se mecían con el suave aire del desierto.

—Entonces, a Menfis, ¿no?

Farzaneh asintió.

—Creo que será lo más práctico. Si le parece bien, nos reuniremos en la entrada del Shepheard’s al alba y tomaremos un carruaje hacia all í. —Se puso en pie—. Será mejor que me retire ya, antes de que se haga más tarde.

—¿Dónde se aloja?

—En el Salah ad-Din. Cerca de la Ópera del Jedive.

Recordé el paseo que hice en carruaje el primer día en que llegué a El Cairo y reprimí una mueca. La Ópera parecía un esqueleto podrido, y aunque el parque era agradable, el barrio que lo rodeaba no era de los más recomendables.

—De eso nada —repuse, tras indicar al camarero que apuntara la cuenta a mi habitación—. Mi futura nuera no se va a quedar en un hotel mugroso en una calle perdida de El Cairo. Bastante ha hecho viniendo hasta Egipto a buscar a Ambrose. Se alojará en el Shepheard’s.

—¿Cómo? —Farzaneh me miró boquiabierta y luego frunció el ce ño—. Gracias, pero no.

—¿Por qué? ¿No le gusta?

—¿Sinceramente? —Miró a su alrededor con cierto desdén—. No mucho, no. Ya se lo dije en el puente: no combino con la decoración. Y no me gustar estar donde no se me quiere.

—Sea razonable, Farzaneh —traté de negociar—. Mi hijo ha desaparecido en circunstancias extrañas; no querrí a que usted sufriera la misma suerte.

—¿Qué le hace pensar que eso vaya a ocurrir?

¿Y por qué habría de estar más segura en el Shepheard’s que rodeada de egipcios?

—Se cruzó de brazos y se apoyó contra la cancela de entrada—.

Puede que usted los considere a todos unos bárbaros, pero le aseguro que sus compatriotas no salen mucho mejor parados.

Muchas gracias, señor Carmichael, creo que regresar é a mi hotel.

—Pero…

—No. Gracias.

Había vivido lo suficiente como para saber cuándo retirarme con gracia y dignidad. No podía rebatir ninguno de sus argumentos, de modo que incliné la cabeza y le deseé buenas noches.

—Tenga cuidado de camino a la Ópera —le dije—. Las calles no son seguras a esta hora.

La joven se volvió y me sonri ó con picardía.

—Tenga usted cuidado de no dormirse mañana, señor Carmichael. No soporto a la gente impuntual.

Y con eso, desapareció en la noche cairota.