Mil millas Nilo abajo Capítulo 9
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Capítulo 9

Alis t ai r

«Yo ordené que los padres hubieran de ser amados por sus hijos».

Este viaje no estaba saliendo seg ún lo planeado.

No podía decir que Egipto no me hubiera dado la bienvenida con los brazos abiertos, pero el calor, la sequedad y el polvo me golpearon como un tren de mercancías cuando esos brazos se cerraron. Acostumbrado a la humedad de Boston, bien podría haber desembarcado en medio del Sáhara.

Desde que había recibido el aviso del secuestro de Ambrose, mi vida se había puesto patas arriba.

Al principio pensé que sería otra de sus chiquilladas, uno m ás de los embrollos en los que solía meterse y de los que me veía obligado a sacarlo a golpe de talonario, pero en cuanto me convocó el embajador británico en Washington supe que el asunto iba en serio. Mi hijo estaba en peligro.

Lo que no esperaba, de ninguna manera, era encontrarme con tan poco interés por parte de la policía local, tanta hostilidad por parte de los egipcios y a una absoluta desconocida amenazándome a la hora de cenar.

Esto último, al menos, contrarrestaba el tedio y la frustración de los últimos días.

Me senté, cruzado de piernas, y observé a la mujer que tenía delante.

Ambrose me había hablado de su compromiso en varias de las escuetas misivas que me mandaba a través del Atlántico, por supuesto, pero me costaba conciliar la imagen de la ovejita sumisa e insípida que mi hijo me habí a presentado con Farzaneh Khatibi.

Ambrose no había tratado de fingir que se casaba por amor; sabía que su prometida provenía de una familia adinerada, dispuesta a abrir sus arcas a manos británicas.

Ella, por su parte, tenía mucho que ganar al emparentarse con los Carmichael, sobre todo en un mundo con una escalera social tan rígida como el inglés.

No sería yo quien los juzgara; era buen conocedor de las ventajas de un matrimonio acordado.

Pero Ambrose nunca hab ía sido capaz de pensar en nadie más que en sí mismo.

Incluso en sus cartas, fui capaz de notar el desdén con el que hablaba de su prometida, y más de una vez me pregunté por qué casarse con alguien por quien, a todas luces, no sentía más que desprecio.

Me había imaginado a una mujer callada, t ímida, quizá incluso antipática, sin conversación y de poco mundo.

En su lugar, me encontraba con esto .

¿Me había llamado la atención ya en el barco de Southampton a Alejandría?

Por supuesto, no tení a sentido negarlo.

Ya tenía una edad, pero también ojos en la cara, y Farzaneh Khatibi era una mujer indudablemente atractiva.

No en la manera convencional en la que Josephine, mi exmujer, lo era: rubia, ojos azules, tez pálida como una muñeca de porcelana.

Farzaneh era distinta: puro fuego, ojos vivos, facciones duras y afiladas, tanto que podrían cortar, y un magnetismo difícil de negar.

Sobre todo cuando uno conversaba diez minutos con ella y se daba cuenta de la mente y la pasión que poseía.

¿Era la prometida de mi hijo y, por tanto, cualquier pensamiento peregrino que se me pudiera haber cruzado por la mente debí a ser desterrado y encerrado bajo llave? Eso tampoco tenía sentido negarlo.

—Me parece que no hemos empezado con el mejor pie, señorita Khatibi —dije, lo más educado que pude, mientras el camarero nos acercaba los menús.

Debían de seguir conmocionados por el hecho de que, en lugar de pedir que la echaran del hotel, la hubiera invitado a cenar—.

No es usted la primera persona que me increpa en público ni, probablemente, la última, pero si me lo permite, me gustaría enmendar este comienzo.

—Lo lamento muchí simo —repitió por enésima vez. A pesar de la vergüenza que teñía sus mejillas de color, no evitaba mi mirada—. No tenía ningún derecho a comportarme así.

—Si me hubiera enterado de que alguien más que parecía ir siguiendo mis pasos tambi én estaba buscando a Ambrose, yo habría reaccionado igual —le aseguré—. Me alegra saber que al menos tenemos un objetivo común.

—¿Ha tenido noticias de él?

—¿Más allá de la información de que fue secuestrado hace un mes en Menfis? Me temo que no. ¿Usted?

La joven apret ó los puños hasta que los nudillos se le tornaron blancos. Supuse que sus pesquisas no habían tenido mucho más éxito que las mías.

—Farzaneh, no se preocupe —traté de tranquilizarla, alargando una mano hacia ella—. Estoy seguro de que Ambrose está bien y todo se quedará en un susto.

Como si quemara, retiró la mano de la mía y se alejó. Me quedé mudo. ¿La había ofendido? ¿Había cruzado una línea quizá? Por Dios, lo que me faltaba, echar sal en la herida.

—No es eso lo que me preocupa —musitó entre dientes.

Era una mujer curiosa, cuando menos. No le gustaba el contacto físico; ningún problema por mi parte.

Me recosté contra el mullido asiento y pedí una botella de vino al camarero, además de varios platos locales para compartir.

Farzaneh me miró en silencio y me sentí casi desnudo.

Tenía una mirada potente, escrutadora. Me costaba horrores imaginármela con alguien como Ambrose.

—No, gracias —dijo cuando el mozo trajo la botella, pero yo me serv í una copa generosa. Algo me decía que la iba a necesitar.

—Cuénteme, ¿qué ha descubierto? Porque yo puedo resumirle el éxito de mi viaje en menos de treinta segundos: nadie quiere ayudar y nadie quiere hablar conmigo.

—Suspiré, dando un trago a la copa—. La policía solo me dice que está investigando, fui a hablar con los obreros a los que contrató Ambrose y se negaron a abrirme la puerta. No debían saber mucho. O eso creo.

—¿Cómo que eso cree?

—No hablo egipcio. No parecían muy amistosos, de cualquier manera.

La joven se atragantó con el agua que estaba bebiendo y me miró con el ceño fruncido.

—¿Me está diciendo que se fue usted solo, sin saber árabe y sin intérprete, al poblado de obreros de la meseta de Guiza esperando que supieran inglé s?

Por alguna razón, me sentí insultado y avergonzado a la vez. Noté que las orejas se me calentaban y tuve que apartar la vista de aquellos ojos oscuros. Dicho así, era verdad que me había comportado como un completo imbécil.

—Supuse que algo del idioma sabrían. ¡Ambrose tení a que comunicarse con ellos de alguna manera!

—¡Para eso están los capataces! —repuso ella, llevándose las manos al rostro—. Astagfirullah … Y su capataz fue el primero en desaparecer.

—¿Cómo lo sabe?

Me contó todo lo que había descubierto hasta el momento, desde su entrevista con el embajador británico en Alejandría hasta la historia de Karim Najjar.

A su familia también la habí a avisado el gobierno británico de la desaparición de Ambrose, pero me sorprendió el arrojo que había demostrado al viajar ella misma hasta Egipto para investigar.

A medida que el camarero rellenaba mi copa de vino blanco, mis cejas iban escalando cada vez más hacia mi cuero cabelludo.

Al final, tuve que darle un buen trago a la bebida para gestionar todo lo que estaba escuchando.

¿Qué diablos era eso de fantasmas y sombras que acechan en la noche?

¿Más de cinco hombres muertos? ¿ En qué se había metido esta vez el majadero de mi hijo?

—¿Señor Carmichael? —La voz de Farzaneh me trajo de vuelta al mundo real. La joven me observaba por debajo de sus pestañas, que, aunque eran largas y gruesas, no lograban ocultar el brillo de sus ojos. Sacudí la cabeza.

—Disculpe, Farzaneh, todo esto es… chocante, por decir algo.

—Yo también lo creo, pero algo de verdad debe haber en esas historias. Quizá lo mejor sea acercarnos a Menfis, a la excavación de Ambrose, y examinar la zona nosotros mismos. Es posible que encontremos alguna pista.

—No es mala idea —repuse, rascándome la barba. Y no lo era. El embajador ya me había dicho que Ambrose había desaparecido cuando regresaba de su yacimiento, pero ni se me había ocurrido ir allí en persona. A ella sí. Era lista y tenía iniciativa.

No fue hasta que la joven protestó que me di cuenta de que me había quedado mir ándola.

—¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? —Se recolocó el velo sobre el cabello, aunque todavía podía ver perfectamente la melena oscura que le caía sobre los hombros, tras la tela semitransparente, y los mechones rebeldes que escapaban en torno a sus mejillas.

—No, disculpe… Es solo que no es usted lo que esperaba.

Tan pronto mis palabras abandonaron mis labios, me arrepentí amargamente. Farzaneh apartó la vista como si la hubiera abofeteado, y me maldije por la falta de tacto.

—Ah, maldita sea, no me refería a eso… Perdóneme, soy un completo imbécil —balbuceé.

—No se disculpe —replicó ella —. Soy más que consciente de que no soy la nuera ideal.

—¿Por qué lo dice?

—Por favor, señor Carmichael. —Soltó una carcajada amarga—.

No finja que ignora los rumores que corren por Londres sobre que soy una advenediza que se casa con una familia británica por rédito social.

Poca gente vería con buenos ojos un matrimonio con una extranjera como yo. M ás aún con una extranjera de mi edad.

—No es tan mayor. ¿Cuántos años tiene?

—Una pregunta del todo inapropiada para la prometida de su hijo, ¿no le parece?

—Y, sin embargo, me da la sensación de que hace ya tiempo que hemos cruzado esa línea. —Sonreí, y hubiera jurado que ella reprimi ó el mismo gesto—. En concreto, desde el preciso instante en que interrumpió mi cena para gritarme.

Farzaneh se recostó en su silla con un suspiro al mismo tiempo que un camarero se acercaba con una bandeja repleta de pequeños platillos, la mitad de cuyos nombres no conocía, pero que olían como el paraíso.

Después de mi breve estancia en Inglaterra para coger el barco, rodeado de fish and chips y puré de patatas, agradec ía algo comestible.

Tras un breve silencio colmado por el golpeteo metálico de los platos contra la mesa y el olor a comino, la joven asintió.

—Veintiocho.