Capítulo 8
Farzaneh
«Yo he trazado el curso de la luna y el sol».
Teniendo en cuenta la enemistad entre Francia y Reino Unido, me hacía mucha gracia que el Shepheard’s Hotel se hubiera llamado inicialmente hotel des Anglais, aunque a los británicos les hubiera faltado tiempo para cambiarle el nombre a algo que la reina pudiera pronunciar.
Aun así, los egipcios de a pie lo conocían con la denominación francesa, una derrota que les debía de saber más amarga que la hiel.
Llegué a la puerta del Shepheard’s cuando el sol ya se estaba ocultando en el horizonte y las luces de los bulevares de El Cairo comenzaban a iluminar las calles.
Desde el primer momento supe que aquella iba a ser una noche desastrosa.
El trayecto hasta la plaza Ismailia se me hizo eterno, no ya solo por el traqueteo del carro contra la grava o por los ruidos nasales de mi compañero de asiento, sino porque, a medio camino, comencé a notar un dolor punzante en el bajo vientre que pronto se me extendió a las piernas y de ahí al resto del cuerpo.
Apreté los puños y cerré los ojos para contener las náuseas.
Qué mala suerte. Creía que aún quedaban un par de dí as antes de comenzar a sangrar, pero mi cuerpo parecía tener otros planes.
Por suerte, mis reglas no duraban mucho, aunque maldita la gracia que me hacía el momento que había elegido este mes.
Bajé de la carreta con cuidado, concentrándome en la incómoda sensación en mi bajo vientre para evaluar a qué velocidad tenía que encontrar un servicio. A pie no tardarí a más de diez minutos en llegar al Shepheard’s, pero no iba a ser un paseo agradable.
Aunque la noche ya había caído sobre El Cairo, el hotel estaba iluminado con una tea, una antorcha blanca que relucía junto al río.
De noche, la fachada adquiría un cariz distinto, todavía más imponente, y dudé antes de atravesar la cancela que daba acceso a los jardines.
Fue como entrar en otro mundo: de pronto me pareció estar de vuelta en Londres, en un mar de rostros blancos y acentos afectados.
Incluso las plantas que decoraban el patio eran importadas, y solo Alá sabía cómo las mantenían en el clima cairota.
Era un verdadero oasis inglés; y yo el elemento discordante.
Era la hora de la cena, y el jardín estaba en pleno apogeo con mesas repartidas aquí y allá, y una veranda con buganvillas bajo la que se sentaban má s comensales, que charlaban animadamente mientras un enjambre de camareros pululaba entre ellos.
Había música, pero no fui capaz de distinguir de dónde procedía.
Había más de una veintena de personas hasta donde alcanzaba a ver, y las únicas caras de color eran las de los empleados.
—Ellos también tienen color —musité, fastidiada, para mí misma. No me gustaba nada que se me pegaran los manierismos ingleses—. El rosa, concretamente.
El británico que iba detrás de Ambrose me había dicho que se alojaba en el Shepheard’s, pero encontrarlo iba a ser buscar una aguja en un pajar. No sabía ni su nombre; como mucho podía describirlo, y dudaba que algún recepcionista fuera a ayudarme con tan poca información.
Escudriñé a los huéspedes del hotel que habí a en el jardín. Él no estaba entre ellos.
—Disculpe, sayedah, ¿puedo ayudarla?
Un joven botones, vestido con un uniforme blanco y dorado, se había acercado a mí. Se frotaba las manos con evidente nerviosismo. Algo me decía que su jefe no andaba lejos y que lo había enviado a ahuyentarme del recinto.
Buena suerte.
—Estoy buscando a un amigo —mentí. O no del todo—. Sé que se aloja aquí , pero no tengo su número de habitación.
—Si me dice su nombre podría…
«Si supiera su nombre no estaría aquí contigo, muchacho», pensé, y entonces lo vi.
Traje de color crema, bastón, pelo canoso y el lunar bajo el ojo izquierdo.
Inconfundible. Dejé al botones con la palabra en la boca y cargué hacia el desconocido con la fuerza de un toro empitonado.
¡Cómo se atrevía a burlarse de mí de esa forma!
¡A investigar a mis espaldas y encima a hacerse el gracioso encontrándose conmigo por “casualidad”!
Apreté los puños, dejando que la rabia me retumbase por la sangre, y me acerqué a él dispuesta a arrancarle la piel a tiras si hacía falta.
Es posible que me llamaran la atención al irrumpir en la bucólica veranda; oí una voz a lo lejos, pero ya nunca sabré si se referí a a mí. Ni lo sabía ni me importaba. En ese momento solo tenía un objetivo. Y él también me había visto a mí.
—¡Señorita! —me saludó, levantando una mano con adem án afable, y de golpe se encontró mis dedos cerrados en torno a las solapas de su chaqueta.
—Vuelva a intentar engañarme con esa falsa amabilidad británica y le juro que se arrepentirá —siseé entre dientes.
El hombre me devolvió una mirada de confusión y abrió la boca, probablemente para protestar, pero no le dejé meter baza—.
¿Quién demonios es usted? ¿Qué tiene que ver con Ambrose Carmichael y por qué está investigándolo a mis espaldas?
—Yo… —balbuceó. Por el rabillo del ojo observé dos sombras que se acercaban a nosotros. Tenía los minutos contados antes de que me echaran del restaurante. El resto de los comensales hab ía enmudecido. No todos los días cenabas con espectáculo incluido.
—¿Qué sabe de la desaparición de Ambrose? ¿Por qué lo está buscando?
—¡Porque es mi hijo! —exclamó.
¿ Cómo?
Al principio, sus palabras resonaron en mis oídos como un grito en un valle con eco.
¿Su hijo? ¿Ambrose era su hijo? Tenía lógica que tuviera padre; de algún sitio había tenido que salir aquel desgraciado.
Pero ¿c ómo era posible que aquel hombre de porte elegante, educación impecable y carisma arrebatador estuviera relacionado con el impresentable de mi prometido?
Lo miré, anonadada, y poco a poco lo fui constatando: el color de ojos, el ángulo de la nariz y la curva de los labios.
Oh, por Alá.
Había gritado y sacudido al padre de Ambrose.
Lo solté como si quemara, dando un paso atrás con la vista fija en el suelo.
Jamás en mi vida habí a sentido tanta vergüenza.
Me había puesto en evidencia de una forma horrible, había metido la pata hasta el fondo delante de decenas de testigos.
Si mis padres se enteraban, me encerrarían de por vida.
Un murmullo sordo se extendió por el jardín. Las mejillas me ardían.
—Disculpe, said, ahora mismo nos la llev… —Oí a uno de los camareros acercarse, pero el hombre los interrumpió.
—¿Y usted quién es?
No parecía enfadado, y estaba en todo su derecho, sino más bien… curioso. Intrigado. Supuse que no le debía de ocurrir a menudo que una mujer desconocida interrumpiera su cena para gritarle. Me armé de valor y lo miré a los ojos. Nunca me había gustado huir de los problemas.
—Farzaneh Khatibi. —Lo vi pensar, intentando recordar de qué le sonaba ese nombre. Suspiré—. La prometida de Ambrose.
Abrió la boca en una O perfecta al enfrentarse a quién era yo. Tal para cual, supuse. Seguro que había formas peores de conocer a tu futuro suegro, pero en ese momento no se me ocurrió ninguna.
—Said —insistió el camarero—, podemos…
—¡Farzaneh! —El padre de Ambrose me tomó de las manos, con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en los labios. Lo miré como si estuviera loco—. ¡Por supuesto! ¡Ambrose me ha hablado muchísimo de usted!
«Eso lo dudo», pens é. Ambrose apenas se daba cuenta de que yo existía cuando estábamos juntos; así que me parecía un milagro haber permanecido el tiempo suficiente en sus pensamientos como para hablarle de mí a su padre.
—¡Qué alegría conocerte!
No supe qué responder. El resto de los comensales, incluidos los camareros, nos miraba con curiosidad. Lo peor de todo era que parecí a honesto, como si de verdad estuviera feliz de verme y no lo hubiera humillado públicamente en el hotel más exclusivo de El Cairo.
—Yo… —balbuceé mientras él me estrechaba las manos. Los ojos le brillaban, y la sonrisa exacerbaba las arrugas que se le formaban en torno a los ojos—. Lo siento muchísimo, no tenía ni idea de que…
—Tonterías —replicó él, agitando una mano frente a su rostro—. Un malentendido lo tiene cualquiera. ¡Qué pequeño es el mundo! Mozo —se volvió hacia el camarero, que estaba a punto de sufrir una hemorragia cerebral—, traiga otra silla para la señorita.
Ante la disyuntiva de echar a la alborotadora y enfadar a uno de sus clientes, el pobre hombre decidió hacer control de daños y obedeció sumisamente.
Mientras tanto, el padre de Ambrose me dedicó de nuevo una sonrisa, un gesto que al parecer no le costaba el má s mínimo esfuerzo.
Había algo hipnótico en él, un carisma del que Ambrose carecía.
La tensión de hacía un momento seguía atenazando mi estómago, pero la afabilidad que aquel hombre desprend ía hizo que me relajara.
—A todo esto, no me he presentado, aunque quizá Ambrose le haya hablado de mí. —Extendió la mano, con la palma abierta. Un nuevo comienzo—. Soy Alistair, aunque puede llamarme Alec. ¿Me deja que la invite a cenar o prefiere seguir gritándome?