Capítulo 7 #2
—Tras conquistar Egipto y anexionarlo a su enorme imperio, el rey persa Cambises se volvió loco —recité.
Casi podía sentir a Amelia a mi espalda, dictando la cadencia de mi voz, riéndose de Heródoto con el cigarrillo en la mano y una sonrisa de autosuficiencia en el rostro—.
La conquista no fue fácil para él y la paranoia le devoró la mente.
Comenzó a ver conspiraciones por todas partes y acabó ejecutando a su propio hermano.
Se envenenó en vida. Al llegar a Menfis y encontrarse a los ciudadanos y a los sacerdotes vestidos de gala y celebrando por las calles, montó en cólera.
Los acusó de disfrutar de su desgracia, de traicionar al nuevo faraón.
Los sacerdotes le respondieron que se trataba de un festival en honor a Apis, el toro sagrado, que se había aparecido en Menfis hacía pocos días.
Cambises, cegado de ira, mandó traer al animal y lo asesinó de un mandoble de su espada, dejándolo morir ahogado en su propia sangre.
—Tragué saliva—. No contento con eso, ordenó que se detuviera a los que hubieran celebrado al toro, mujeres, niños y sacerdotes por igual, y los ejecutó a todos.
Hasta el viento pareció detenerse a escucharme, y el cacareo de las gallinas del patio enmudeció.
—Aquella noche, los canales de Menfis se tiñeron de rojo.
Karim Najjar le dio una última calada a su cigarro y lo apagó al borde de las brasas del hogar.
—Entonces sabes que ese lugar estaba maldito. El rey persa derramó sangre sagrada. Asesinó a inocentes. Menfis quedó mancillada para siempre.
—Eso ocurrió hace casi dos milenios —protesté—. La religión egipcia lleva muerta y enterrada siglos, said Najjar. ¿ Qué tiene todo eso que ver con ustedes?
—¡Calla, niña! —me espetó, y me mordí la lengua para no replicar un improperio, pero observé que le temblaban las manos—. La voluntad de los muertos no es algo que deba tomarse a la ligera. Y tampoco su ira.
—¿A qué se refiere?
El obrero miró a su alrededor con ademá n nervioso, como si esperara que algo fuera a surgir de las sombras para llevárselo consigo.
—Carmichael se empeñó en seguir excavando, ¿de acuerdo?
Así que seguimos. Hicimos a un lado los huesos de toro y continuamos.
Pero la tierra no tenía la misma textura.
La arena se colaba por todos sitios. Ropa, bolsillos, bolsas…
Incluso en la boca y los ojos. Como si quisiera decirnos algo.
Se oían susurros en la noche. Sombras que aparecían donde nada podía crearlas. Y entonces Husayn desapareció.
—¿Husayn?
— Un compañero. —Su mirada era triste, nostálgica.
Sentí una punzada de remordimientos. Ya me habían dicho que casi todos los obreros de Ambrose habían muerto o desaparecido.
En mi ceguera, no habían sido más que otro dato para mí, una lista de nombres, pero eran hombres con familia y amigos.
Víctimas de lo que fuera que hab ía despertado Ambrose.
«¿En qué diablos te has metido?».
—Fuimos a despertarlo a la mañana siguiente. Jamás llegaba tarde a trabajar. Nunca volví a verlo.
—Lo siento mucho —dije, casi en un susurro, y Najjar asintió con pesar—. Pero pudo pasarle cualquier cosa. No significa que haya nada sobrenatural…
—¡Ach! —Najjar volvió a escupir al suelo—. Los europeos te han sorbido el seso, sayedah. ¿Has olvidado de dónde vienes? ¿Tus raíces? ¿Las historias de tus antepasados? Yo lo vi. La noche en que Husayn desapareció. Yo estaba allí.
Contuve la respiración. Una gota de sudor le cayó al obrero por la sien. Tenía la respiraci ón agitada, y por primera vez pensé que lo que había en su cigarro no era tabaco.
—No había visto a Husayn en todo el día.
Era la mano derecha de Carmichael en la excavación, así que tampoco era extraño.
Siempre andaba de aquí para allá con recados del said .
Algunos legales, otros… no tanto. Ese día terminamos de excavar con la puesta de sol y fui con los demás a beber algo antes de volver a casa.
Husayn siempre se unía a nosotros, aunque fuera tarde, pero aquel día faltó.
Me extrañó mucho y me preocupé por si le había ocurrido algo, así que volv í al yacimiento.
Estaba todo en silencio, sayedah, tan en silencio…
Parecía una tumba. Ni siquiera el viento se atrevía a rozar la arena. Se me pusieron los pelos de punta.
»Anduve entre las zanjas unos minutos, llamando a Husayn, aunque cada vez me salía menos voz.
Tenía la sensación de que algo me observaba.
¿Me entiendes, sayedah? No estaba solo en aquel lugar desierto.
Algo segu ía mis pasos entre las sombras.
Cada vez que avanzaba, se acercaba a mí, y cuando me detenía, desaparecía.
Comencé a sudar. Jamás he pasado tanto miedo.
De pronto, oí un grito. No pude evitarlo: eché a correr.
Corrí y corrí entre las zanjas desiertas, buscando las luces del pueblo para salir de all í, con la certeza de que lo que había entre la arena me iba pisando los talones.
Casi podía oír su aliento en mi oído… No sé por qué, qué parte de mi instinto falló, pero me di la vuelta justo antes de llegar a la zona iluminada de las casetas.
Necesitaba saber qu é era lo que me perseguía.
¿Y sabes qué es lo que vi? Por Alá, una sombra, más oscura que la noche, al otro lado de la excavación.
No tenía rostro, solo negrura, pero supe que me estaba observando.
Salí de allí como alma que lleva el diablo, sin volver a mirar atr ás.
Najjar tomó aire, y yo misma me di cuenta de que llevaba varios segundos sin respirar. Cuando volvió a hablar, su voz estaba preñada de tristeza.
—Nunca volví a ver a Husayn. Luego fue Marwan, su hermano, que se esfumó en uno de los pasadizos de la excavación. Luego Ashraf, degollado en su cama, con los ojos desencajados. Seif, Nuru, Mazen…
—Pero ¿qué les ocurri ó? —insistí. El número de víctimas me mareaba. Necesitaba salir de ahí—. ¿Quién fue tras ellos? ¿Y por qué?
Najjar me miró como si fuera una niña pequeña diciendo sandeces y resopló.
—¡Ach! Los jóvenes sois unos descreídos. Os consideráis por encima del bien y del mal. Lo mismo pasó con el maldito inglés y mira dó nde estamos. ¡Los afarit, los afarit se los llevaron a todos!
—Pero…
—Tú no lo viste. —Me señaló con un dedo tembloroso y acusador—.
Tú no viste la sombra, más oscura que la noche, ni la maldad que emanaba de aquellos endemoniados huesos que escarbamos entre la arena.
Y allí se los llevaron los afarit y sus gules, de vuelta a la arena, para que su carne acompañe a los muertos…
Quise decirle que era imposible. Que no existían los esp íritus, ni los afarit ni los gules devoradores de cadáveres.
Pero me encontré mirando a los ojos de un hombre que había perdido a más amigos de los que yo había tenido nunca, y que no entendía por qué.
Y yo no podía darle respuestas. Le agradecí su tiempo y su ayuda y me desped í.
Salir del frescor de la casa de adobe al calor abrasador de la meseta de Guiza fue como un bofetón en plena cara.
Tuve que cerrar los ojos y protegerme con la shayla hasta que logré acostumbrarme de nuevo al violento brillo del sol contra la arena.
Alcé la vista para encontrarme con las tres grandes pirámides, recortadas contra el cielo.
Normalmente habrían sido una visión bienvenida, pero ahora, con la historia de Najjar resonando en mis oídos, no lo tenía tan claro.
Ambrose se había metido en un buen l ío, y gente inocente había pagado las consecuencias.
Quizá encontró algo en Menfis. Quizá se enemistó con quien no debía.
Aún tenía mucho que averiguar. Pero de una cosa sí estaba segura: Najjad no hab ía mencionado la principal razón que volvió loco a Cambises, así que Ambrose no había revelado todavía todo el alcance de mi investigación.
Dentro de lo desastroso que había sido mi día, eso era una fuente de alivio. Estaba a tiempo de aclarar las cosas con é l, si es que lo encontraba vivo.
Debía reconocer que parte de mí deseaba no hacerlo.
Me encaminé de vuelta hacia el punto donde el carro me había dejado un par de horas antes, confiando en llegar a mi hotel antes de que cayera la noche, pero una mano huesuda me aferró la muñeca con una fuerza titánica.
Ahogué un grito y me volví. Una mujer, velada con telas negras y expresió n suspicaz, me gruñó, aferrándome con más violencia aún.
—Dejadle en paz.
—¡Ya me estaba yendo! —protesté, pero no me soltó. Tenía los ojos claros y agudos.
—Sois todos iguales. —Escupió al suelo—. Bastante ha perdido ya. Y no vas a encontrar lo que buscas. No eres la primera que viene por aquí preguntando por ese Carmichael.
El coraz ón me dio un vuelco. ¿Cómo? ¿Había alguien más buscando a Ambrose? Mil pensamientos me cruzaron la mente a toda prisa. ¿Me mintieron los embajadores británico e iraní? ¿Quién iba detrás de Ambrose?
Por un instante, la historia de los afarit que habían arrastrado a los obreros a una muerte arenosa me puso la piel de gallina, pero rápidamente la di de lado. Paparruchas. Los fantasmas y los demonios no existían.
—¿Quién más ha venido? —inquirí . La mujer chascó la lengua y me soltó. No parecía querer conversación, pero yo no iba a dejarla ir tan fácilmente—. ¿Quién más ha preguntado por Ambrose?
—Uno de esos extranjeros metomentodo —replicó , chascando de nuevo la lengua.
—¿Qué extranjero? —insistí. ¿Un británico? ¿Un iraní? ¡Necesitaba saberlo!
—Hablaba inglés. Mayor, canoso, con un bastó n. Tenía un lunar bajo el ojo izquierdo.
Casi me atraganté. Conocía a ese hombre. No hacía ni veinticuatro horas que había hablado con él en un puente junto al Nilo. Las mejillas se me encendieron y apreté los puños de rabia. ¿Quié n diablos era aquel tipo? ¿Se había burlado de mí? Demasiadas coincidencias, y yo no creía en el destino.
—Muchas gracias —musité por lo bajo, y eché a correr hacia los carros de viajeros. Pero esta vez no pensaba ir a mi destartalado hotel.
Esta noche iba a visitar el Shepheard’s.