Capítulo 7
Farzaneh
«Yo enseñé a los hombres a honrar las imágenes de los dioses».
Si en el centro de El Cairo el calor hacía que la ropa y la shayla se me pegaran a la piel, nada podría haberme preparado para la sensació n abrasadora de cruzar el desierto hacia Guiza.
Por supuesto que en Irán teníamos zonas tan áridas, y no por ello exentas de belleza, pero jamás me había acercado a ellas.
Una de las mansiones de mis abuelos se encontraba al pie del monte Demavad, una de las áreas más hermosas del país: un antiguo volcán, coronado por un halo de nieve y leyenda, y cubierto por un manto verde que nadie se habr ía imaginado en Irán.
Los londinenses eran incapaces de distinguir a dos personas con turbante, y pronto me di cuenta de que tratar de convencerlos de que en Oriente Próximo y África había más culturas que las beduinas era una tarea tan ingrata como imposible.
Fue allí, entre las fuentes y flores del patio, con el Demavad nevado al fondo, cuando conocí a Cambises por primera vez.
También cuando las pirámides me encontraron.
Porque as í fue, y no podría describirlo de otra manera.
Ellas vinieron a mí, a mis manos infantiles, bajo la amable mirada de mi abuela y de Amelia.
Fue allí también, años después, donde encontraría el papiro que cambiaría mi vida.
Me bajé del autobús, arrebujándome en la shayla para protegerme del viento abrasador, y allí estaban.
Más grandes y magníficas de lo que jamás había soñado.
Las tres pirámides de la Tercera Dinastí a, el símbolo más potente del antiguo Egipto.
A pesar de que su superficie estaba desgastada, roída por milenios de sol, viento e insolencia humana, todavía brillaban.
Me permití observarlas un rato más con una sonrisa bobalicona antes de dirigirme al poblado donde se concentraban los obreros.
El progreso no había llegado más allá de donde alcanzaba la mano de los ingleses.
Fuera de las grandes avenidas y bulevares de El Cairo, solo había carreteras de polvo y casas de adobe.
Franceses, alemanes y británicos se habían lanzado como hienas hambrientas sobre la meseta de Guiza con la indolente autorización de la Sublime Puerta; todos esperaban hallar oro, momias, algo que llevarse a sus casas palaciegas en Europa y enseñar a sus amigos tras una soirée de bridge .
Y, mientras tanto, quienes hacían el trabajo sucio se hacinaban fuera de la vista de esos europeos, cerca de las excavaciones.
Las amenazas al vendedor de Khan al-Khalili hab ían surtido efecto y me había dado varios nombres, pero la mayoría eran un callejón sin salida.
Cinco de ellos habían desaparecido sin dejar rastro, en las casas de otros tres me cerraron la puerta en las narices, alegando que los obreros no querían ver a nadie, y finalmente me quedé con dos nombres y muy poca esperanza.
Ambos vivían en el-Samman, un pueblito de edificios de adobe junto a las pir ámides, donde las familias de los trabajadores de las excavaciones iban y venían al arbitrio de dónde decidieran los europeos hincar la pala.
Paseando entre las casas, pensé en la injusticia de las excavaciones.
Ingleses, franceses y alemanes pagaban miles de libras y francos por acceder a las arenas egipcias y luego exhibían con orgullo el botín en los salones de sus mansiones.
Mientras tanto, los verdaderos artífices y legítimos dueños de aquellas piezas malvivían entre el polvo que los europeos dejaban a su paso.
Pero ¿acaso era yo mejor que ellos? Estaba a punto de casarme con un británico y vivía a la manera occidental, más cerca de las élites que nos despreciaban que de estos hombres.
Una profunda vergüenza me atenazó el pecho.
Unos niños me observaban desde una esquina con sonrisas curiosas. Los saludé con la mano y se echaron a reír. No vinieron a pedirme nada; quiz á me tomaron por egipcia, quizá no me consideraron lo bastante importante. Echaron a correr y se perdieron por las callejuelas.
Mi abuelo no era una persona en absoluto desfavorecida, ni mucho menos: mi padre creció nadando en la abundancia; jamás pasó hambre, y mi madre también provenía de una familia acomodada, aunque estaba claro que el matrimonio había sido ventajoso para ella.
Poca gente podía presumir de tener en su estudio parte de un relieve de Persépolis o de Pasargada.
Pero as í fue como conocí por primera vez el Imperio y los reyes de reyes.
Incluso antes de aprender a andar, me pasaba horas observando aquellos ojos sin pupilas, las barbas trenzadas y las alas de los monstruos que vigilaban los libros de mi abuelo.
Antes de ser capaz de leer mi propio idioma, pasaba los dedos sobre las incisiones en la roca, tratando de averiguar qué me querían decir.
Antes de conocer a Nader Shah y a Aga Mohamed Khan, ya era íntima amiga de Ciro, Darío y Cambises.
Alcé la vista; todavía me parecía incre íble que El Cairo y el río estuviesen a unos pocos metros de distancia.
El desierto parecía engullir esta pequeña aldea, y aunque supuse que para muchos el desierto egipcio debía parecer un lugar dejado de la mano de los dioses, yo sabía que no era así.
Había algo en el aire, una magia que me recordaba al hogar que habíamos dejado atrás en Teher án.
Irán y Egipto tenían más en común de lo que uno pensaría, y la primera vez que vi los grabados que Napoleón había mandado hacer del país del Nilo, comprendí por qu é mis antepasados se habían obsesionado con él. Por primera vez, me enamoré.
Con el papel que indicaba los nombres de los obreros de Ambrose en la mano, pregunté a unos ancianos, que me observaban con curiosidad a la sombra de una palmera, y me indicaron una casa que había casi al final del poblado.
Tenía dos pisos y estaba encalada, aunque los envites del viento del desierto habían hecho mella en la fachada y el adobe asomaba aquí y allá.
Aparte del patio en el que colgaban varias piezas de ropa, no era demasiado espaciosa.
Llam é a la puerta y esperé a que me abrieran, si es que decidían hacerlo. Si me tenía que ir de vacío, al menos habría visitado las pirámides.
Los goznes chirriaron y un par de ojos desconfiados me escudriñaron desde la oscuridad del interior.
—Buenas tardes —saludé , todo lo educada que pude. Por una vez, las lecciones de mi madre iban a servir de algo—. Busco al said Karim Najjar.
—¿Quién es usted?
—Mi nombre es Farzaneh Khatibi. —Los nervios me traicionaron y mi acento persa inundó mi árabe. Apreté los puños con rabia—. Soy la… una conocida de Ambrose Carmichael.
—Váyase —espetó el hombre, y comenzó a cerrar la puerta, pero la empujé, desesperada.
—¡No, por favor! ¡Por favor! —Najjar dudó y supe que tenía que aprovechar la oportunidad—. Solo quiero respuestas. Por favor. No voy a hacerle nada.
—No tengo respuestas para ti, jovencita.
Arrugué la nariz. Hacía mucho que nadie me llamaba jovencita y no me gustaba su tono condescendiente, pero me mordí la lengua.
No me moví, no hice ademán de marcharme.
Le mantuve la mirada durante unos segundos que se hicieron eternos.
Con un suspiro, Najjar dej ó la puerta y se adentró en la vivienda. Tras vacilar, lo seguí.
La casa era tan pobre por dentro como por fuera.
Tenía lo justo para vivir y nada más. Najjar se sentó en el suelo, cerca de la lumbre, y se encendió un cigarro con las ascuas.
Yo me quedé de pie. A pesar del bochorno del exterior, allí dentro hacía fr ío.
Un frescor casi antinatural. Me abracé el torso.
Egipto me había vuelto osada. Hasta hacía no mucho, no me habría imaginado a mí misma entrando sola en la casa de un hombre desconocido, pero, pese a todo, ahí estaba.
—¿Trabajaba usted para Ambrose?
El hombre me miró con fastidio y dio una calada a su cigarro.
—No estarías aquí si no fuera así. No me hagas perder el tiempo.
—¿Dónde está Ambrose? —pregunté entonces. Si no quería que me anduviera con rodeos, no lo haría. Hasta el propio Najjad pareció sorprendido de mi audacia, pero no hizo comentario alguno.
—Muerto —replicó—. Donde los demonios se lo hayan llevado.
—¿Qu é demonios?
—Los que despertó cuando decidió levantar la tierra que no debía.
—Najjar escupió sobre las ascuas—. Estábamos excavando en Menfis.
En un trozo de tierra estéril y árida. Nadie entendí a qué quería el said Carmichael de ahí, pero estaba empeñado.
De vez en cuando nos mandaba a otras excavaciones, aquí y allá, o se iba él, pero en Menfis encontró algo.
Empezaron a salir muros. Estatuas. Oro. Y entonces hallamos los huesos de toro.
—¿Apis? —murmuré, recordando la gigantesca estatua bovina que había visto en el Museo Británico.
Apis, hijo de Isis y heraldo de Ra, era una de las figuras más sagradas del antiguo Egipto.
Los toros eran animales reverenciados, e incluso tres milenios después, las estatuas de culto que se conservaban mantenían la misma majestuosidad que en sus tiempos de adoración.
—¿Conoces la historia?
Najjar me observó con una ceja levantada; claramente no esperaba que una mujer supiese de los tejemanejes de un arqueólogo. Pero por supuesto que conocí a la historia.