Capítulo 6
Farzaneh
«Yo revelé los misterios a los hombres».
—Esto es una vergüenza —murmuré para mí misma mientras avanzaba por el parque al-Azbakiyah.
La gente se apartaba a mi paso, observándome con curiosidad.
Si no fuera porque la shayla me cubría la cabeza, habría imaginado que me salía humo por las orejas—.
Una absoluta vergüenza. Cómo se atreven.
¡Cobardes! ¡Bastardos! Si mi padre se entera…
Frené en seco. Si mi padre se enterara de lo que había ocurrido, me cruzaría la cara dos veces.
La primera, por ignorar a mi tío y actuar a mi aire, atreviéndome a disfrutar de Egipto cuando mi futuro marido estaba desaparecido.
La segunda, por acudir a los representantes de un país que él consideraba débil y sumiso.
Me mordí el labio y apreté los puños. Estaba sola.
Nadie me iba a ayudar. Ni los ingleses ni los egipcios ni mi propia gente.
Ni siquiera mi tío pensaba mover un dedo para encontrar a Ambrose.
Pero no podía desistir. Se había marchado con todas mis notas, mis apuntes, con una fama que jamás debería haber sido suya.
Tenía que encontrarlo. Si no era a él, mi padre me vendería a cualquier otro inglé s con dinero, y al menos al lado de Ambrose podría estar cerca de Egipto.
No, no podía permitirme el lujo de dejar que el descerebrado de mi prometido fuera degollado en medio del Sáhara, por mucho que la idea me sedujera.
Y si nadie iba a ayudarme, entonces lo haría sola. Como lo había hecho todo en mi vida.
— Bishmillah —susurré tras sentarme en un banco y entrelazar los dedos. Alá jamás habí a respondido a ninguna de mis plegarias, pero quizá esta vez me escuchara—. Dame fuerzas, Amelia. Jamás las he necesitado tanto.
La magia del verano en Egipto era que los días eran gloriosamente largos, así que solo noté que la tarde avanzaba porque el hambre comenzó a azuzar a mi estómago.
No iba a hallar pistas sobre el paradero de Ambrose enfadada o hambrienta, y al menos eso sí tenía fá cil solución.
Mis pasos se dirigieron, casi sin darme cuenta, hasta Khan al-Khalili.
Contrastaba con el parque de al-Azbakiyah: ni rastro de fuentes de agua o de frondosidades verdes; las únicas mareas que se veían en el bazar eran humanas.
Aspiré con fruición los aromas que confluían bajo los arcos y sobre los puestos.
Pedí un platillo de kushari con falafel para llevar, y me llené los carrillos de arroz, garbanzos y pasta mientras paseaba.
El espacio parec ía dejar de tener sentido en aquel lugar: al bazar se accedía desde una plaza amplísima, con parterres verdes y palmeras, pero en cuanto uno ponía el pie en sus callejuelas, lo absorbía un laberinto estrecho, oscuro, ruidoso y rebosante de magia.
En Khan al-Khalili convergían mil y un pasadizos abarrotados de puestos, de tiendas encajadas en las paredes, pegadas unas a otras: mesas con panes recién horneados, especias, velos, túnicas, alfombras, vajillas, collares, zapatos, estatuas.
Si algo existí a, se podía encontrar en Khan al-Khalili.
Paseé como pude, esquivando gente, mientras terminaba de comer.
Las paredes de los callejones se cernían sobre mí, pero arriba, por encima de los tejados, siempre se veía el cielo azul.
Sonreí. Los minaretes sobresalían de las casas bajas del bazar como guardianes silenciosos que pronto romperían a cantar.
Caminaba distraí damente entre los puestos, esperando que el cansancio se apoderara pronto de mí para retirarme a mi hotel y no sentirme una inútil, cuando algo captó mi atención. Se me detuvo el corazón.
Escondida en un rincón, junto a un puesto de chales y velos que prácticamente la camuflaba entre las sombras, había una pequeñ a tienda repleta de estatuillas de todo tipo.
La mayoría eran burdas réplicas para los británicos que querían llevarse un trozo del Egipto faraónico a Londres y estaban dispuestos a tragarse cualquier historia que el vendedor les contase.
Pero no todas.
—Disculpe —dije acercándome al dueño del puesto, un hombre de frondoso bigote que estaba mascando tabaco—, ¿puedo verlos más de cerca?
Tom é su gruñido como un sí, pero tampoco me habría importado que me hubiera dicho cualquier otra cosa; mis dedos ya estaban cerrándose sobre los escarabeos.
Un ojo inexperto no habría percibido nada especial: escarabajos de fayenza azul y de obsidiana negra, grabados con jeroglíficos egipcios, como tantas otras chucherías que se vendían el bazar.
Tracé con la yema de los dedos las marcas de la superficie.
— Mesutirra —susurré, casi con reverencia.
‘Heredero de Ra’. Conocía este nombre de memoria.
Lo había estudiado hasta la saciedad, visitado en sueños incluso.
Por el peso de la fayenza y el trazo del cincel, supe que la pieza era buena.
No se trataba de una falsificación ni un souvenir .
No, era un escarabeo antiguo de verdad. Aunque muchos reyes se hicieron llamar «Heredero de Ra», no significaba que fuese él.
Trasteé con las dem ás figurillas del puesto bajo la mirada suspicaz del vendedor. Aunque al principio no me hizo mucho caso, pronto se dio cuenta de que no era una turista más. Dijo algo en voz baja al compañero con el que estaba hablando y se acercó a mí, sigiloso.
La caña, la abeja y el disco solar se repetían una y otra vez, escarabeo tras escarabeo, pero no encontraba nada que me dijese a qué faraón pertenec ían aquellas figuritas.
«¿De dónde han salido?», pensé entonces, horrorizada ante la idea de que una tumba o una residencia real hubiese sido saqueada para vender su contenido al por mayor como si se tratara de un cerdo despiezado.
¿Qué arqueólogo había permitido esto? ¿Por qu é no estaban estas piezas en un museo?
Entonces me encontré de bruces con lo que estaba buscando.
Un escarabeo negro, oscurísimo, mucho mayor que los demás, con el grabado de un pato y el disco solar y un cartucho a continuación. El nombre de nacimiento del faraón que me había obsesionado desde la primera vez que entré en el polvoriento estudio de mi abuelo en Teherán.
—Te he encontrado. —Las manos me temblaban mientras recorría con la vista los jeroglíficos de su nombre. Kembichet. Kambujiya—. Cambises.
—Sayedah —la voz del vendedor me hizo levantar la vista. Tenía el ceño fruncido—, ¿puedo ayudarla en algo?
—¿De dónde han salido estos escarabeos? —pregunté, e inmediatamente supe que había metido la pata.
El rostro del hombre palideció y luego se torció, alternando entre la irritación y el miedo. Pensé que me iba a echar de allí, a insultarme o Alá sabía qué más, pero no me amilané. Tragué saliva y aferré con más fuerza aún la figurilla con el nombre de mi faraón persa.
—Son de la mejor calidad que encontrará en todo El Cairo, sayedah —replicó cortante, ignorando mi pregunta—. A tan solo veinte piastras cada uno.
—¿Veinte piastras? —Levant é la voz, casi un chillido, y las mejillas me ardieron—. Tiene que ser una broma. Esto es de un valor incalculable. ¡Tendría que estar en un museo!
—No sé de qué me habla —balbuceó el vendedor—. ¡De muy buena calidad, sayedah! Quince piastras, ¡quince piastras!
Apoyé las manos sobre la mesa, enfrentándome al vendedor. De repente me sentía responsable de todas aquellas figuritas, piezas únicas que se estaban vendiendo ilegalmente por cantidades irrisorias.
—¿Quiere que llame al Departamento de Antigüedades y que nos saquen de dudas sobre su procedencia y valor?
—¡No! —gritó el hombre. Varios tenderos de alrededor nos miraron con las cejas levantadas. El vendedor se había puesto blanco como el papel—. No, sayedah, por favor. Soy un hombre honesto, tengo familia. ¡Por favor! Llé veselos, lléveselos todos, y haga con ellos lo que quiera.
—¿De dónde han salido? ¿Y por qué esas ansias por quitárselos de encima?
No entendía nada. Aunque no había duda de que las figuras provenían de alguna excavación ilegal, se podr ían vender por muchísimo más, no ya solo a turistas ignorantes, sino al propio Museo Egipcio.
No sería la primera ni la última vez que las autoridades lidiaban con el tráfico de antigüedades.
Al fin y al cabo, el problema no eran los tenderos como este, que se limitaban a vender lo que hiciera falta para ganarse la vida.
El problema era quienes arrancaban las piezas de las arenas por puro ánimo de lucro. La sangre me hervía.
Tomé el escarabeo más grande, con el nombre de Ra de Cambises, y se lo pegué a la cara al hombre, que se alejó pegando un grito.
—¡No! ¡Manténgalo lejos de mí!
—¿Por qué?
—¡Está maldito!
¿Maldito? ¿Otra vez con esas paparruchas? ¿Qué le había dado a todo El Cairo con las maldiciones? Entonces, de pronto, caí en la conexión, tan obvia, que había estado mirándome a la cara desde que vi los escarabeos por primera vez.
—¿Qui én le vendió estas figuras? —pregunté—. ¿Fue un arqueólogo inglés? ¿Rubio, de ojos azules, unos veinticinco años?
—¡Sí! ¡ Ese! ¡Maldito!
«Voy a matarlo», pensé, apretando los dientes. «Espero que tus secuestradores no te hayan hecho nada, Ambrose, porque voy a arrancarte la cabeza con mis propias manos cuando te encuentre».
Me obligué a serenarme. Inspiré profundamente con el escarabeo entre los dedos para que me prestara algo de su fuerza, y volví a mirar al vendedor.
—Dí game, ¿sabe dónde puedo encontrar a ese arqueólogo?
—No, maldito —insistió, negando con la cabeza—. Todos muertos o desaparecidos. Excavó donde no debía y la ira de los muertos cayó sobre é l. ¡Maldito, le digo!
Desde luego, Ambrose había causado una impresión de lo más profunda en Egipto. Su rastro de caos y destrucción no se limitaba a Inglaterra. Suspiré. Al menos ya tenía una primera pista, incluso si esta se trataba del comercio ilegal de antigüedades con la que mi prometido se estaba lucrando.
—Y ¿podr ía decirme, al menos, dónde encontrar a quienes queden vivos de su equipo?