Mil millas Nilo abajo Capítulo 5
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Capítulo 5

Farzaneh

«Yo hice fuertes a los justos».

La única mujer que vi a lo largo de toda la mañana en la embajada iraní fue la secretaria que tomaba notas en una máquina de escribir ante la puerta del embajador.

Con cada chasquido del reloj, las paredes se cerní an sobre mí, me asfixiaban.

Estaba convencida de que la conversación no iba a resultar como yo quería.

El día se había levantado despejado y caluroso, e incluso antes de salir a la calle, ya notaba cómo se me pegaba la ropa al cuerpo.

Anduve a paso ligero hasta la embajada, al otro lado del Museo Egipcio, dando un rodeo para no pasar cerca de la plaza Ismailia.

Había evitado por activa y por pasiva pensar en el encuentro con el inglés anó nimo del día interior, pero por la noche no me lo había podido quitar de la cabeza. ¿Qué hacía en El Cairo?

Llegué a la embajada quince minutos antes de mi cita con el embajador y Husani me recibió en la puerta, vestido con bastante más sobriedad que cuando ejerci ó de chófer.

—Bienvenida, sayedah Khatibi —me saludó. Se frotó las manos para esconder su nerviosismo. Yo le dediqué una sonrisa educada.

—Buenos días, Husani. Es un placer volver a verte.

—¿Confío en que El Cairo la ha tratado bien?

—preguntó mientras me acompañ aba por los pasillos del edificio.

No era muy grande, apenas un par de plantas; y aunque la arquitectura tenía un tufillo colonial, con sus arcos, bóvedas y yeso blanco, al menos veía caras parecidas a la mía.

Husani no esperó a que respondiera—. Siéntese aquí, por favor. El embajador la recibirá enseguida.

«Enseguida» era claramente un asunto subjetivo.

Las manecillas del reloj dieron varias vueltas antes de que, por fin, la puerta del despacho se abriera y un hombre bajito y con bigotillo asomara la cabeza.

Me miró de arriba abajo con cara de pocos amigos, estudiándome, hasta que tamborileó los dedos un par de veces en la mesa de su secretaria y se dirigió a mí.

— Dosheeza Khatibi. Por favor, entre.

El alivio que sentí al escuchar que hablaba en persa me duró poco. Apenas me senté, comenzó el interrogatorio, porque no se le podía llamar de otra manera.

—¿Dónde está su tío?

—En Alejandría —respondí sin vacilar.

—¿Por qu é?

—Se encuentra indispuesto.

—¿Y su padre?

—En Londres.

—¿Por qué?

—Negocios que requieren su atención.

—¿Y debo entender que ambos conocen y aprueban su presencia aquí?

—Soy una mujer adulta —repliqué, cortante, y me crucé de brazos—. He venido aquí en representaci ón de mi padre y por un asunto que me atañe.

—No ha respondido a mi pregunta.

—Han secuestrado a mi prometido. —Cambié de tema, tratando de llevármelo a mi terreno—. Ambrose Carmichael. Me cuesta creer que la embajada de mi propio país vaya a ignorar una petición de ayuda de una de las familias más destacadas de Teherán.

—Con todo el respeto, dosheeza —respondió él lentamente, mirándome por encima del cristal de sus gafas—, su familia perdió el derecho al auxilio iraní cuando abandonó el país.

No piense que no soy consciente de que su padre ha sido muy crítico con el gobierno y que le ha faltado tiempo para hacer oposición a nuestras polí ticas desde la comodidad de Londres.

—¿Y mi prometido y yo tenemos que sufrir las represalias? Los ingleses se niegan a hacer nada al respecto.

—En ese caso, ¿qué le hace pensar que nosotros vamos a hacer más? Mire —suspiró—, su padre no debería haberla dejado venir. Este no es un asunto para mujeres.

—¿Disculpe?

El embajador se recostó contra el respaldo de la silla y se encogió de hombros.

—Lo lamento, pero estoy atado de manos. No vamos a interferir en los asuntos del jedivato. No podemos ayudarla.

—¿Entonces para qué me ha hecho venir hasta aquí?

No podía creer lo que oía. Ambrose podía estar ya muerto, degollado en cualquier zanja, y a nadie le importaba.

Jamás me había sentido tan sola, ni siquiera en las multitudinarias fiestas de mis padres en Londres.

Me mordí el labio para soportar la impotencia, pero notaba el monstruo de la ira desperezarse en mi interior.

—Pensaba que vendría con su tío.

—Si é l me hubiera acompañado ¿su respuesta habría sido diferente? —escupí.

—Quizá.

—En ese caso —me puse en pie, empujando la silla contra la pared con estruendo—, puede meterse su condescendencia donde no le da el sol, aghaye.

Abrí la puerta con cajas destempladas, pero la voz del embajador me hizo detenerme en seco.

—Entiendo su preocupació n, dosheeza Khatibi —me dijo, sonriendo con malicia—. A su edad, yo tampoco querría dejar escapar a un prometido.

El portazo resonó por toda la embajada, y hasta las teclas de la máquina de escribir temblaron bajo los dedos de la secretaria.

Un torrente de improperios que habría hecho sonrojarse a los estibadores más rudos de Alejandría salió de mis labios, y tan concentrada estaba en salir de aquel edificio del demonio antes de hacer una tontería que casi no oí una voz que me llamaba.

—Dosheeza Khatibi! Dosheeza Khatibi!

La secretaria no debía de tener más de veinte años; una jovencita escuchimizada y con cara de ratón, pero de ojos inteligentes. Miró en derredor, como si tuviera miedo de que su jefe pudiera oí rla, y luego se acercó a mí.

—No he podido evitar, eh… escuchar su conversación. Los británicos también estuvieron preguntando por el aghaye Carmichael hace unos días.

—¿De verdad? —No podía creerlo. ¿ El embajador no había considerado eso un dato de importancia? Me mordí la lengua para cortar de raíz las ganas de regresar a partirle la cara a aquel desgraciado.

—La policía está implicada también, pero nadie quiere investigar, porque verá…

—La joven tragó saliva. Las manos le temblaban, así que las tom é entre las mías tratando de insuflarle fuerza para continuar—.

Por favor, dosheeza, no se enfade conmigo, pero hay rumores de que su prometido está maldito.

Me costó no soltar una carcajada. ¿Ambrose, maldito? Ese pijo repugnante había nacido con una flor en el culo y una cuchara de plata en la boca. Maldita estaba yo, que me había cruzado en su camino. Pero me obligué a mantener una perfecta cara de póker para no espantar a la muchacha.

—¿ A qué te refieres? —pregunté con suavidad.

—Su excavación, ¡casi todos muertos! Uno detrás de otro, dosheeza. Y ahora él también ha desaparecido. Los policías dijeron que escarbaron en la tumba equivocada, que han despertado a algo antiguo que va a por ellos. Es lo que dijeron.

Suspir é. Desde que Belzoni comenzó a excavar en Luxor, tanto los egipcios como los extranjeros saltaban a la más mínima mención de fantasmas o maldiciones.

Suponía que, si uno fuera desenterrando muertos de cementerios ingleses, también sería fácil creer en la mala voluntad de los difuntos, pero yo había dejado de creer en cuentos de hadas hac ía muchos años.

Si Ambrose había desaparecido después de la muerte de varios de sus obreros, es que había gato encerrado. Alá sabía en qué líos se habría metido.

—Muchas gracias por el aviso —dije palmeándole suavemente el dorso de la mano—, pero he venido a Egipto a recuperar a mi prometido y para bien o para mal, tanto si los muertos quieren como si no, no me iré sin él.