Capítulo 4 #2
El egipcio sonaba curioso en mi lengua, menos musical que el árabe iraní que se utilizaba en las mezquitas y distinto de mi persa natal, pero le estaba cogiendo el gusto.
Mientras comía a dos carrillos, pase é por el bazar y ojeé los puestos de joyas y baratijas, los vestidos y todas aquellas cosas que no sabía que necesitaba hasta que posé la vista sobre ellas.
Khan al-Khalili era color, ruido y olor, una amalgama de sensaciones que, sin embargo, me hizo sentir como en casa.
Rebañé lo que quedaba de humus y de pimiento en mi plato y me encaminé al río.
Orientarse era sencillo; las avenidas miraban todas hacia el Nilo, y siguiendo las filas de palmeras, no tardé en llegar de nuevo a la plaza Ismailia, que brillaba con las luces titilantes del reflejo del río.
A poca distancia, el Shepheard’s se erguí a orgulloso y colonial frente a la ribera del río.
Lo observé con cara de pocos amigos. Tenía una personalidad peculiar, distintivamente no-árabe, pero al mismo tiempo lejos de cualquier arquitectura que pudiera encontrar en Inglaterra.
Era el hijo perfecto de la pintoresca imagen que los británicos tenían del «exótico Oriente» adaptado a su gusto; del sentimiento inglé s de querer huir de su sombría isla, pero sin tener que mezclarse con quienes tienen la piel más oscura que ellos.
Me apoyé en la valla que daba al Nilo y dejé que el sol me acariciara la piel. Un soplo de viento caliente me desbarató la shayla y varios mechones de cabello volaron libres. Solté una carcajada y miré al horizonte; no las veía, pero sabía que las pirá mides estaban ahí. Las sentía.
La mera cercanía me aceleraba el pulso y no pude evitar emocionarme. Me pregunté si Cambises también lloró cuando las vio por primera vez.
—Me alegra encontrarla tan sonriente, señorita.
Me giré, como accionada por un resorte, para encontrarme de frente con el caballero inglés del barco. La sonrisa se me borr ó del rostro y di un paso atrás.
—Buenas tardes —repliqué secamente.
Iba vestido de forma elegante, aunque sospechaba que no era mérito de la ropa sino de la percha; parecía un hombre capaz de darle una pátina de estilo hasta al andrajo más zarrapastroso.
Bastó n en mano, el ala de su sombrero lo protegía del sol inclemente, pero no escondía la misma sonrisa apacible que había lucido en el barco.
—Discúlpeme si la he asustado —dijo levantando las manos en señal de rendición—. Me han acusado de muchas cosas en mi vida, pero de sigiloso no es una de ellas. No era mi intención sobresaltarla. La he visto a lo lejos mientras paseaba y me ha parecido una casualidad de lo más curiosa.
—Sin duda lo es. —Levant é una ceja con escepticismo—. Egipto no es un país precisamente pequeño.
—Quizá tengamos intereses comunes en El Cairo —dijo el desconocido—. Es una ciudad maravillosa.
En eso, al menos, tenía que darle la razón.
—¿Está disfrutando de su estancia en Egipto? —me dijo de pronto. Lo observé con suspicacia. No estaba acostumbrada a que me preguntaran mi opinión sobre nada. Me costaba distinguir si en este hombre la educaci ón era genuina o impostada.
—Sí, mucho. —Se había recostado sobre la valla y miraba al río, no a mí. Su rostro tenía una placidez que me relajó. Lo imité—. Hacía añ os que quería visitarlo, y aunque no lo hago en las circunstancias en las que me hubiera gustado, es un sueño hecho realidad.
—¿Tampoco viaja por placer?
—¿Usted?
El hombre soltó una débil carcajada.
—No, desde luego que no. Pero tampoco puedo decir que esté sufriendo demasiado.
Ya sabe: el sol, el mar, los paseos a la sombra de las palmeras…
Hay tormentos peores, desde luego. Aunque he de reconocer que me siento bastante ignorante.
Más allá de la impresión que da encontrarse en un paí s con miles de años de historia, no sé mucho del Egipto faraónico y cada vez que veo algún obelisco lo único que puedo comentar al respecto es «ah, en efecto, se trata de un obelisco».
Me giré para enfrentarme a él. En el barco, nuestro primer encuentro hab ía sido, cuando menos, caótico.
Pero ahora podía tomarme mi tiempo para observarlo tranquilamente: hacía sol, no tenía prisa y, me di cuenta, él había mantenido una distancia prudencial entre nosotros.
No se había acercado demasiado, no había invadido mi espacio personal. Decidí darle un voto de confianza.
Era mayor que yo, quizá ya estaba en la cincuentena, e indudablemente atractivo.
El pelo, rubio entremezclado con canas, le caía sobre la frente, pero lo llevaba perfectamente cortado por los laterales.
Enmarcados por unos rasgos afilados, sus ojos, de un azul clarísimo, me observaban con curiosidad, y a punto estuve de apartar la mirada.
Tenía la mandíbula definida y cubierta por una suave barba rubia, y un lunar bajo el ojo izquierdo.
No parecía especialmente musculoso, pero sí estaba en forma; su cuerpo poseía una definición envidiable que se adivinaba contra la tela de su chaqueta.
No pude evitar que los ojos se me fueran al punto de la camisa donde la corbata comenzaba a desatarse y se intuí a el comienzo de un torso que muchos otros envidiarían.
Tenía el físico de un hombre que ha vivido a gusto consigo mismo toda su vida, y el ademán fácil y elegante de quien se mueve a través de un mundo hecho a su medida.
El traje le quedaba como un guante, todo lo alto que era; tenía unas piernas con las que podría acercarse a las pirámides en dos zancadas.
Se volvió hacia mí con una suave sonrisa en los labios.
—Le honra reconocerlo —repuse. A nuestra espalda, un coche pitó y soltó una sarta de improperios en egipcio. Lo observé por el rabillo del ojo, sonriendo—. No es muy común encontrar a un inglés capaz de admitir sus defectos.
— Touché —sonrió él de vuelta—. Pero sería un poco atrevido por mi parte fingir que soy un experto en tres mil a ños de faraones.
—Otros no tienen tantos reparos —dije, y, antes de morderme la lengua, añadí—: Y no son tres mil años de faraones. Los últimos monarcas se denominaban reyes . De hecho, los egipcios nunca emplearon el término faraón .
Se hizo el silencio. El chapoteo del Nilo contra los diques de contenció n junto al puente y los coches que circulaban por las avenidas llenaron el hueco que mis palabras habían dejado, y me maldije a mí misma.
Mi padre me había cruzado la cara un par de veces por pasarme de lista.
«Una mujer no habla de esas cosas». Una mujer se está callada y no corrige a un hombre.
Probablemente mi curioso amigo inglés pensase lo mismo. Los hombres siempre lo hacían.
—¿Puede explicarme más?
Me volv í hacia él con los ojos como platos.
—¿Cómo?
¿Era curiosidad lo que detectaba en su tono? ¿De verdad sentía ganas genuinas de saber?
—No tenía ni idea de que los egipcios no usasen la palabra faraón … —Se rasc ó la barbilla, pensativo—. ¿Acaso mienten las postales que se venden en el Museo Británico? ¡Imposible! Me siento estafado o quizá un completo inculto. ¿Podría explicarme más?
—¿De verdad? —balbuceé, y él levantó las manos de nuevo en pose conciliadora.
—Si usted está dispuesta, por supuesto. No quiero importunarla.
—¡No! —grité, quizá un poco más alto de lo que el decoro habría aceptado, pero era la primera persona desde Amelia que parecía querer escucharme y no quise dejar pasar la oportunidad—.
No, yo… «Faraón» viene del egipcio per aa, «la casa grande», que en origen se usaba para designar al palacio en el que vivían.
De ahí lo tomaron los griegos. Los propios egipcios, sin embargo, usaban la palabra nesut, «rey», para designar a sus gobernantes. Bastante menos imaginativos, la verdad…
El hombre me miraba con tal fascinación que tuve que apartar la mirada. La lengua me picaba, y me podría haber pasado horas hablando de aquel tema, pero había aprendido a no molestar, a no hacerme notar. A casi no existir. No sabía cómo actuar cuando alguien me ped ía que hiciera lo contrario.
—Es asombroso —susurró—. Es usted toda una experta.
¿Y por qué…? —De pronto pareció acordarse de algo y miró su reloj.
Chasqueó la lengua con fastidio—. Maldita sea, se me hace tarde.
Tenemos que continuar esta conversación en otro momento.
¡Tengo muchas preguntas! Confí o en que la veré por el hotel, señorita…
—¿En el Shepheard’s? —Lo miré, desconcertada—. ¿En serio?
—¿Y por qué no? —Él parecía tan sorprendido por mi reacci ón como yo por su pregunta—. Veníamos en el mismo barco. ¿No se aloja ahí?
Esta vez fue mi turno de soltar una amarga carcajada. Si no fuera por lo mucho que me irritaba, su ceguera selectiva sería hasta conmovedora.
—Muy señor mío, vuélvase a su habitación y observe a su alrededor, a ver si adivina cuá l es la diferencia entre usted y yo. Me temo que no hago juego con la decoración. Pero ha sido un placer. Disfrute de Egipto.
Con esto, me separé de la barandilla y me marché.
No miré atrás, y atravesé la plaza Ismailia a paso rápido.
Me choqué con un par de viandantes, pero ignoré sus voces.
Las mejillas me quemaban. Desconocí a quién era aquel hombre, pero esperaba no volver a encontrármelo.
No sabía cómo gestionarlo: su curiosidad, su cortesía.
Su interés en mí. No lo entendía, y no me gustaba no entender.
Solo cuando llegué al hotel me di cuenta de que, una vez m ás, no le había preguntado su nombre.