Mil millas Nilo abajo Capítulo 4
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Capítulo 4

Farzaneh

«Yo uní al hombre y a la mujer».

—Si tienes algo que decir, hazlo. ¡Que Alá me dé paciencia!

El chaval me lanzó una mirada nerviosa y tragó saliva.

—¿Está segura de que no deberíamos volver a por su tío, sayedah Khatibi? A mí me dijeron que recogiera a dos personas y no sé si en la embajada ver án con buenos ojos a una mujer que viaja sola…

Puse los ojos en blanco y conté hasta diez. Inspiré profundamente. El muchacho no tendría más de dieciocho años, y aunque yo solo le sacaba diez, me sentía como una abuela acompañada por un bebé de teta.

—No, por quinta vez, Husani, no vamos a volver a por mi t ío. Además, viajo contigo, ¿no? ¿O es que eres producto de mi imaginación? Y haz el favor de mirar a la carretera mientras conduces, a ver si nos vamos a matar.

En el coche no se volvió a oír una mosca, y lo único que nos acompañó durante el largo rato que siguió fue el traqueteo de las ruedas sobre la carretera de tierra y el graznido de las grullas en las riberas del Nilo.

Parecía que hacía una eternidad que habíamos salido de Alejandría, y aunque las tripas comenzaban a rugirme sin misericordia, no habría cambiado el viaje por nada.

El Delta había sido una sucesión de marjales, praderas de papiros y palmeras, verde hasta donde la vista alcanzaba.

La carretera había discurrido pareja al curso del río durante decenas de kiló metros cuando, de pronto, apareció el desierto.

Fue tan repentino que por un instante pensé que me había quedado dormida o que estaba ante un espejismo, pero el calor infernal de las arenas me confirmó que era muy real.

A un lado de la carretera, la exuberante vegetación del Nilo, vida y humedad; al otro, un desierto árido e infinito.

Y nosotros circulábamos por la fina línea que los separaba.

Amelia me había hablado de la importancia del equilibrio y la armon ía egipcia, la ma’at, pero jamás la había visto tan encarnada como en aquel paisaje tan contradictorio.

—¿Sayedah? —me preguntó Husani, algo preocupado. Mi rostro transfigurado debía de haberle hecho creer que me había dado un golpe de calor—. ¿Se encuentra bien?

Sin apartar la vista de la ventanilla, asentí .

—¿Cuánto nos queda hasta El Cairo?

—Una hora, ya estamos cerca.

Cuando el sol estaba en lo alto del firmamento, paramos para rezar.

El calor del desierto comenzaba a hacer mella en mí, y ni siquiera la emoción de observar el paisaje consiguió mantenerme despierta.

Dormité, arrullada por el traqueteo del coche.

La adrenalina de haberme marchado por mi cuenta, desobedeciendo a mi padre, comenzó a desaparecer, y los ojos se me cerraron.

De vez en cuando los abría para ver el río, a nuestra izquierda.

Cuando las tres grandes glorias del Reino Antiguo asomaron por el horizonte, el cansancio se esfumó de un plumazo y me aferré a la ventanilla del coche con tanta fuerza que podría haberla roto.

—¡Las pirámides! —exclamé con una sonrisa que me cruzaba la cara. El pecho me iba a explotar de emoción—. ¡Mira, Husani! ¡Las pirámides!

—Sí, sayedah, sí.

Él tampoco pudo disimular una sonrisilla.

Eran espectaculares. No había palabra, en persa, egipcio o inglés, que les hiciera justicia. Incluso desde la distancia, su tamaño monolítico las separaba del mundo moderno, como si en torno a ellas el tiempo hubiera erigido una barrera infranqueable. Alargué la mano. Deseaba tocarlas más que nada.

Mentiría si no dijera que se me rompió un poco el corazón cuando mi guía giro a la izquierda para cruzar uno de los puentes sobre el Nilo y dejó a nuestra espalda las tumbas de los grandes faraones, pero me dije a mí misma que pronto volvería a verlas. Era una promesa.

El Cairo era todo lo que Alejandría no era.

Lejos del modernismo y la practicidad brutal de esta, la capital egipcia había logrado conjugar su esencia árabe con grandes avenidas, espaciosos bulevares, lugares llenos de luminosidad y de tradición que hacían brillar a la ciudad con luz propia.

El bullicio de los mercados, los transeúntes y los coches era incesante, pero tenía una cadencia y una música de las que carecía el puerto de Alejandría.

Cerré los ojos y dejé que El Cairo me diera la bienvenida.

Bajamos por el canal de Ismail hasta el Museo Egipcio —juraría que mis pupilas adoptaron forma de corazón al verlo— y la plaza Ismailia.

Al fondo vi la fachada del hotel más conocido de El Cairo, patria de ingleses pudientes que huían del mal tiempo británico: el Shepheard’s Hotel.

Era un edificio imponente, tan colonial, que me sentí ligeramente ofendida por lo poco que intentaba encajar en el entorno. Exudaba dinero y posición.

Entonces Husani giró a la izquierda y el Shepheard’s se perdió en la distancia.

—¿No vamos al hotel? —pregunté volviéndome hacia él. El joven hizo una mueca.

—La embajada les ha reservado una habitación, sayedah —respondió con poco convencimiento—, pero el Shepheard’s es… bueno, es para ingleses.

No había mucho más que decir al respecto. Ni siquiera en un paí s en el que habían entrado por la fuerza eran capaces de mostrar algo de humanidad y empatía. Pero ya me habían cerrado suficientes puertas en Londres como para esperar algo más de aquella gentuza.

—¿Y a dónde vamos? —suspiré, recostándome de nuevo en el asiento.

—Oh, estamos ya muy cerca, sayedah . Justo al lado de la Ópera del Jedive.

Una descripci ón bastante más glamurosa que la realidad.

Tanto la embajada, Husani como yo lo sabíamos bien.

La Ópera fue inaugurada unos treinta años atrás, pero solo permaneció activa ocho añ os, hasta que quebró.

Ahora solo era un cascarón abandonado que se alquilaba muy de vez en cuando para eventos.

Nada que ver con lo que Ismail Pachá había imaginado para su capital, seguro.

Husani frenó el coche y aparcó para, inmediatamente, acercarse a mi puerta y abrirla con caballerosidad y una sonrisa servicial pegada al rostro.

—¿Ve? Un hotel económico pero digno.

Observ é el edificio con desconfianza.

—Esa es… una forma de describirlo, sin duda.

Había más economía que dignidad en aquel establecimiento.

Puede que en su momento fuera un lugar de cierto caché, pero ya hacía mucho de aquella época.

La pin tura de la fachada estaba ajada y desconchada por zonas, y las cortinas que se intuían tras las ventanas hacían muy poco por esconder los manchurrones que decoraban los cristales.

Era dolorosamente evidente que ningú n inglés se alojaba en aquel lugar.

—Sería conveniente que no saliera sola, sayedah —musitó el muchachito mientras me ayudaba a bajar del coche. El rubor le cubría las mejillas—. Vendré mañana a recogerla a primera hora, pero hasta entonces… Como no va acompañada, eh…

—Gracias, Husani, pero no hace falta que te preocupes por mi reputación. De eso me encargo yo. —Suspiré y agarré la pequeña maleta que había traído conmigo. Una gota de sudor me corrió por la sien, pegándome la shayla a la piel—. Y no hace falta que vengas. Nos vemos mañana en la embajada.

El jovencito no se atrevió a protestar. Asinti ó con la misma energía nerviosa que había tenido durante todo el viaje, y el coche desapareció por las calles de El Cairo.

El pobre tenía muchas ganas de perderme de vista y lo disimulaba muy mal.

Si el becario de menor rango de toda la embajada se sentía incómodo ante de la idea de que viajara sin mi tío, algo me decía que la conversación que tendr ía al día siguiente con el embajador no iba a ser agradable.

Pero eso era problema de la Farzaneh del futuro. Tras conseguir la llave de mi habitación, un lugar estrecho y parcamente amueblado, dejé la maleta, me desperecé un segundo sobre la cama y luego me lancé a las calles. El Cairo me llamaba, y mi estómago también.

Mis pasos me llevaron a rodear la antigua ópera y a disfrutar del frescor que ofrecí an los árboles y las fuentes de los jardines del parque al-Azbakiyah.

Pisar hierba fresca a apenas un kilómetro del desierto me parecía una experiencia mágica, y me recordaba a los veranos que pasé en Irán de niña, en la mansión de mis abuelos.

Allí comenzó todo: la biblioteca, los pergaminos antiguos y, sobre todo, Amelia.

Pero no iba a poder alimentarme de hierba y, tras preguntar para orientarme, acabé en Khan al-Khalili, el bazar por excelencia de la capital.

Me abrí paso entre el gentío, cuidándome de las manos que volaban aquí y allá con el corazón en la boca y, finalmente, entre los arcos mamelucos del fondo del bazar, hallé varios puestos de comida.

La boca se me hizo agua y me acerqué a curiosear.

Los platos chisporroteaban en enormes sartenes y calderos de hierro colado, de los que emanaba un aroma que habrí a seducido hasta a los dioses.

Clavo, comino, curry… Por Alá, cómo había echado esto de menos en Londres.

Me resultaba inconcebible que, tras décadas conquistando el planeta en busca del comercio de especias, los británicos se negaran a echárselas a la comida.

Me acerqué al puesto más cercano, con la boca hecha agua, y saqué varias monedas del saquillo que llevaba entre los pliegues del vestido.

—Disculpe, un ful medames para mí. —El cocinero asintió y mi estómago soltó un rugido al ver la comida gotear en el camino del cucharón al platillo de metal en el que me estaba sirviendo—. ¡Shukran!