Mil millas Nilo abajo Capítulo 3
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Capítulo 3

Farzaneh

«Yo castigué a los injustos».

—¿Nombre?

—Khatibi. Rayan Khatibi —insistió mi tío por tercera vez.

Resoplé. Debía reconocer que, de momento, mi experiencia en Egipto distaba mucho de ser la fantasía que había construido durante años en mi cabeza.

Arrastrada por Rayan por los bulevares de Alejandría y enfrentada a miradas impertinentes en la embajada inglesa, no me sentía muy distinta de cuando estaba en Londres.

El secretario alzó las cejas, anotó algo e hizo una pausa.

A diferencia de nosotros, estaba muy a gusto en el gigantesco rellano del edificio, un mastodonte barroco al más puro estilo sajón, pintado de yeso blanco y pan de oro y decorado con mármoles griegos.

Era difícil distinguir si estábamos en Egipto o en Viena, hasta que uno salía por la puerta y se encontraba de bruces con el polvo y los rostros oscuros a los que los británicos vedaban la entrada a su santuario.

—¿Con jota?

—¡No! ¡Con ka y hache! ¡Como ya se lo he indicado a sus tres compa ñeros! ¿Podemos hablar ya con el embajador?

—«Catibí» con ka y hache… —musitó el hombre, sin hacer caso alguno. Hacía tiempo que había aprendido a no malgastar saliva en corregir a quienes no tenían el más mínimo interés en aprender a pronunciar mi apellido— . Tendré que consultar la agenda del embajador, pero…

—¡Venimos desde Londres! —El tono de mi tío había pasado de irritado a suplicante.

Jamás había soportado las confrontaciones—.

Teníamos una cita concertada por mi hermano, Arash Khatibi, miembro de la Cámara de Comercio.

¡Viene recomendado por el propio marqués de Lansdowne! Es un asunto de máxima importancia.

—Ya.

—Se trata del secuestro de Ambrose Carmichael —intervine— . Mi prometido.

Los ojos del secretario pasaron de Rayan a mí y se descolgaron por cada pliegue del velo hasta mis brazos cruzados, y de nuevo escalaron para encontrarse con mi ceño fruncido. Arrugó el gesto, pero asintió.

—Déjenme que hable con él.

—Malditos ingleses —murmuró mi tí o en persa cuando estuvo seguro de que el secretario estaba lo bastante lejos—. Se creen que todos les debemos pleitesía.

—Tú y papá no hacéis mucho para sacarles de su error —repliqué.

—Tu padre está poniendo todo el dinero para encontrar a ese chaval descerebrado. Lo mínimo que podrían hacer es tratarnos con algo de deferencia.

En eso tení a que darle la razón. Alejandría no estaba siendo exactamente lo que yo había imaginado.

Atrás quedaba la ciudad fundada por el conquistador griego, enterrada bajo capas y capas de cemento y asfalto moderno.

El puerto era un lugar ruidoso y caótico, y sus calles habían crecido con más practicidad que atención al detalle.

Al menos había dejado de sentirme como una intrusa, como me ocurrí a en Inglaterra, pero el egipcio me sonaba extraño, y el mal humor de mi tío no hacía más que apretar la soga que todavía sentía en torno a mi cuello.

Si pensaba que la visita al cónsul británico iba a cambiar las cosas, estaba muy equivocada.

Nos recibió en un despacho má s grande que el salón comedor de nuestro piso en Londres, en cuyas paredes colgaban retratos de la imponente reina Victoria y el difunto príncipe Alberto, así como óleos de sus predecesores y condecoraciones militares.

El cónsul, atrincherado detrás de su gigantesco escritorio, no hizo ademán de moverse.

—Señor Khatibi, señorita Khatibi, es un placer conocerlos en persona. Es una l ástima que el señor Arash no haya podido acompañarlos.

Puro en mano, exudaba la superioridad que solo haber estudiado en Eton concedía. Él también me miró de arriba abajo, como si no fuera más que un bonito añadido al brazo de mi tí o.

—En cualquier caso, me temo que no voy a poder serles de mucha ayuda.

—Pero Ambrose…

El cónsul me hizo callar con un movimiento de la mano. Me mordí la lengua.

—El consulado y la embajada están haciendo todo lo que pueden.

Estamos colaborando estrechamente con el jedivato y la Sublime Puerta para encontrar al joven Carmichael.

El peso de la ley caerá sobre los criminales que se han atrevido a tocar a un ciudadano británico.

Pero como comprenderán, dada la situación de la política interior, hay asuntos más urgentes que atender.

Ahogué una risa. La Sublime Puerta ni siquiera debía de conocer la existencia de Ambrose, y el jedivato egipcio no era más que una marioneta en manos de los ingleses.

Con todo el dinero que estaban inyectando para controlar el «protectorado» de Egipto y, sobre todo, Suez, encontrar a un arqueólogo secuestrado era la menor de sus preocupaciones.

—Ambrose es un ciudadano británico, como usted bien dice —repliqué, tratando de apelar a su orgullo nacional. En mi experiencia, aunque todo lo demás fallase, eso nunca lo hac ía—. Su país no puede abandonar a su suerte a un hombre que lo ha dado todo por el desarrollo intelectual de su patria.

«Por Dios, Farza, ten cuidado, que si te muerdes te envenenas», me habría dicho Amelia. Casi podía oír su voz resonando en mis oídos.

—Señorita Khatibi —respondió el cónsul, hablándome como si fuera una niña pequeña y no una mujer de casi treinta años—, comprendo perfectamente su desazón, y permítame asegurarle que encontraremos al señor Carmichael.

Déjelo en nuestras manos. Sabemos lo que hacemos.

Les agradezco que hayan venido desde Londres, pero no era necesario.

Hasta que podamos darles buenas noticias, ¿ por qué no disfrutan de todo lo que Alejandría puede ofrecerles?

Estoy seguro de que se encontrarán como en casa.

«Por supuesto, porque toda la gente de color es igual, e Irán y Egipto apenas se diferencian en nada», quise contestar, pero mi tío me tomó de la mano con una clara expresión de alivio en el rostro.

—Much ísimas gracias, señor Osgood. Se lo agradecemos de corazón. Mashallah.

—Esto es una vergüenza —estallé en cuanto franqueamos las puertas del consulado, elevando los brazos al cielo—. ¡Que nos quedemos aquí mirando al techo mientras Ambrose está Alá sabe dónde! ¿Para eso hemos venido desde Inglaterra?

—Piénsalo, mi querida niña. —El ruido de los coches europeos ahogaba las palabras de mi tío y, muy a mi pesar, tuve que acercarme a él para poder oírlo.

Pronto llamarían a la oració n y las tripas comenzaban a rugirme—.

Esto es lo mejor que nos podría haber pasado.

Con supervisar que el dinero que está enviando tu padre se invierta en la búsqueda de Ambrose vale.

No hace falta que nos metamos en más líos; los profesionales se encargarán. Mientras tanto, podemos relajarnos.

Sin duda, era el resultado óptimo para mi tío, pero a mí se me cayó el alma a los pies. Eso significaba, ¿qué?, uno o dos meses encerrada en un hotel con mi tío, con Egipto al alcance de mis dedos pero sin poder siquiera rozarlo. El infierno.

—¿Y la embajada iraní?

Irán y Egipto tenían buenas relaciones, especialmente ahora que este último estaba bajo control efectivo de los ingleses, y la Sublime Puerta veía suspicacia el avance territorial ruso. Quizá ellos se tomarían más en serio el aprieto en el que me encontraba.

—Bah, olvídate. Arash dejó Teherán por algo, dudo que quieran tratar con nosotros.

Además —Rayan se volvió hacia un puesto de comida callejera cuyo dueño vociferaba las bondades de sus precios—, están en El Cairo, a casi un dí a entero de viaje desde aquí.

Nada, nada. Será mejor esperar a que los británicos muevan ficha. ¡Eh, mozo! ¡Dos raciones de fatteh!

¿Era así como iba a acabar mi estancia en Egipto? ¿En una jaula de oro? No podía ser. Mientras mi t ío engullía alegremente los garbanzos y la salsa de yogur, mis ojos se quedaron pegados al plato y mi corazón se rompió en mil trozos pequeñitos.

***

—¿Tío Rayan?

Volví a intentarlo, pero en respuesta solo recibí más gruñ idos y estertores. Uno de los mozos del hotel volvió a desfilar por el pasillo y le lancé una mirada de disculpa. Debía de pensar que o estaba loca o que la moqueta del corredor me resultaba extremadamente interesante.

Un gemido de dolor atravesó la puerta y me atreví a llamar con suavidad. Tras unos segundos, el rostro del doctor se asomó por una rendija y suspiró al verme.

—Señorita Khatibi …

—Me vale con que me diga que no se va a morir —respondí al punto, levantando las manos. Confiaba en que el buen hombre no tuviera intención de invitarme a entrar—. No suena muy halagüeño.

—No, no se va a morir. —El doctor salió, secándose las manos en el pantalón, y se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz.

Era un hombre de mediana edad, rasgos pronunciados y gesto amable, y no me trataba con condescendencia.

Ya solo por eso, me relaj é en su presencia—.

Pero no podrá moverse de la cama y del baño durante al menos dos semanas.

Nunca había visto semejante indisposición estomacal…

Puse mi mejor cara de póker y le agradecí a Alá la elegancia y discreción del mé dico.

—¿Podemos hacer algo al respecto?

—Le estoy administrando lavativas, pero más allá de eso deberá evitar las comidas pesadas y seguir una estricta dieta. Y, sobre todo, nada de agua del grifo.

—Mil gracias, doctor.

Dos semanas en cama… Dos semanas metido en el baño a cal y canto…

Mi escasa preocupación por mi tío pronto dio paso a pensamientos mucho más peregrinos, y al poco tiempo, una idea maquiavélica habí a tomado forma en mi cabeza.

Bajé los escalones del hotel de dos en dos, con cuidado de no abrirme la crisma, y pedí permiso en recepción para usar el teléfono.

—Habitación 315. Sí, Khatibi. ¿La extensión para El Cairo…?

Marqu é los números con toda la rapidez que mis dedos me permitieron. El corazón me latía desbocado. No era la primera vez que desobedecía una orden de mi familia, pero sí la primera que esa rebelión conllevaba una decisión de tan grandes proporciones. La adrenalina me recorría el cuerpo entero.

El auricular junto a mi oído son ó una vez, dos, y una voz femenina habló al otro lado con un fuerte acento egipcio.

—Hola, ¿operadora? —Hasta la voz me temblaba y el árabe se me enredó en la lengua—. ¿Puede ponerme con la embajada de Irán? Al habla Farzaneh Khatibi. Necesito su ayuda.

***

Un golpeteo incesante en la puerta de mi habitación me sacó bruscamente del sue ño. Me incorporé, desorientada. A través de las rendijas de la persiana se colaban unos suaves rayos de sol, y ya se oía el bullicio habitual de la ciudad. Se me habían pegado las sábanas.

Chascando la lengua, me puse en pie como pude, me eché por encima una bata y me acerqué a abrir. Una doncella, algo más joven que yo, esperaba fuera con ademá n nervioso.

—Preguntan por usted en recepción, sayedah Khatibi. Un muchacho de la embajada iraní de El Cairo.

Por un instante no supe de qué me hablaba y, de golpe, recordé la llamada de la noche anterior.

—¿En serio? Dígale que bajo enseguida, que me espere.

Tras cerrar la puerta, corrí a la ventana de mi habitación, que daba a la calle, y me asomé con disimulo.

Efectivamente, un jovencito esperaba con un coche, un tanto demod é y descascarillado, en la puerta del hotel.

Parecía joven, más de lo que me hubiera gustado para guiarme a través de la distancia que separaba Alejandría de El Cairo, pero agradecía que hubieran sido fieles a su palabra y hubieran enviado a alguien a buscarme.

Hice una maleta en menos de diez minutos, lanzando a su interior ropa sin orden ni concierto, y tuve que sentarme encima para cerrarla. A mi madre le habría dado un soponcio de verme en una pose tan poco fina, y sentí una retorcida satisfacción al imaginarlo.

A punto estaba de salir por la puerta cuando me di cuenta de que, si mi tío volv ía en sí y no me encontraba en mi habitación, pronto tendría a toda la policía egipcia, británica e iraní detrás de mí.

No, sería mejor dejar alguna explicaci ón, una nota escueta.

Que mi tío supiera que me había marchado por mi propio pie; con eso bastaría.

Después de todo, lo conocía lo suficiente como para saber que preferiría esperar a que volviera por mi propio pie antes que hablar con mi padre y enfrentarse a su furia por haber sido un guardián tan descuidado.

Garabateé una nota rá pida en la libreta que había al lado del teléfono y salí por la puerta sin mirar atrás.