Capítulo 2
Farzaneh
«Yo derribé los gobiernos de los tiranos».
—Señorita.
Levanté la vista, entornando los ojos ante las dos figuras que me tapaban parte de la luz del sol.
Dentro de poco comenzar ía a ponerse, pero pensaba aprovechar cada segundo que pudiera leyendo en la cubierta, mal que le pesara a mi tío.
Un par de horas antes habíamos tenido la enésima discusión al respecto, pero comenzaba a notarlo cansado y con pocas ganas de discutir.
Fue fácil salirme con la mía. Apenas nos quedaban cuarenta y ocho horas de viaje y los dos estábamos deseando pisar tierra firme: yo sabía que, si no lograba escaparme de mi tío, acabar ía o bien tirándome por la borda o bien estrangulándolo con mis propias manos, según fuera la conversación.
Así que la cubierta me pareció la mejor opción. Ahora, comenzaba a dudar.
Cerré el libro sin perder la pá gina, aunque me daba mucha rabia que me interrumpieran cuando leía a Ferdousí. Unos versos como los suyos debían ser saboreados, pero estaba claro que no iba a encontrar calma en este maldito barco.
Dos hombres me miraban con cara de pocos amigos, pero no era consciente de haber hecho nada que pudiera merecerla.
—¿Sí?
—¿Tiene sus papeles?
Ambos iban de uniforme. Era evidente que se trataba de empleados del buque, pues hablaban con un marcado acento británico. No parecían tener la más mínima intención de moverse.
—¿Cómo?
—Sus papeles —replicó cortante el más alto—. La cubierta de tercera clase está dos pisos más abajo.
—Soy perfectamente consciente de dónde está la cubierta de tercera clase, muchas gracias. —Las manos me temblaban de pura rabia. Por desgracia, no era la primera vez que algo así me sucedí a, pero eso no significaba que me hubiera acostumbrado—. Lo que no comprendo es a qué viene esto.
—A ti no se te ha perdido nada aquí, muñeca —dijo su compañero, agarrándome del brazo. Una descarga eléctrica de pura repugnancia me recorrió y, por un instante, fui incapaz de reaccionar—. Baja a donde te toca y no molestes a la gente de bien.
—¿Disculpe? —Abrí y cerré la boca varias veces, buscando las palabras adecuadas, pero solo podía pensar en la mano de aquel hombre en torno a mi muñeca, sus dedos sudorosos tocando mi piel, la fuerza con la que me asía y con la que podría hacerme cualquier otra cosa—.
Tengo to… ¡Tengo todo el derecho de estar aquí! Tengo billete de primera clase.
—Ya, seguro. —Uno de los dos empleados soltó una risa socarrona—. Yo no veo muchas morenitas con velo por aquí, ¿t ú sí? Venga, no nos hagas obligarte a bajar por las malas.
—¡Suélteme! —El pánico me oprimió el pecho al ver cómo tiraban de mí sin que nadie hiciera nada al respecto. Tuve ganas de vomitar—. ¡Suélteme, le digo!
—Joder —espetó el que me tenía asida. El aliento le olía a alcohol—. Encima es peleona. ¿Te vamos a tener que arrastrar?
La boca se me secó y la lengua me supo a papel de lija. El corazón me latía desbocado en los oídos. Forcejeé, pero fue inútil. El má s alto me dedicó una sonrisa que me puso los pelos de punta. ¿Me iban a echar? ¿Me iban a…?
—La señorita les ha dicho que la suelten.
Un bastón apareció de la nada y sacudió al hombre en la mano con firmeza. Este chilló y me soltó, y yo aproveché para poner distancia entre nosotros.
Me volví hacia mi salvador.
Adosado al bastón de madera señorial y acabado en un elegante puño de marfil, más hecho para adornar a su portador que para ayudar a andar, un hombre blanco nos observaba.
Llevaba un impecable traje níveo y sombrero a juego, ademá s de un gesto que un observador poco perspicaz hubiera confundido con una sonrisa, pero que a mí me heló la sangre.
Incluso a través de la cuidada barba rubia que le cubría las mejillas, su expresión era clara y meridiana.
Había conocido a suficientes británicos como para saber cuándo una sonrisa era una sonrisa y cuándo una promesa de violencia.
—¿Es esa la forma en la que un caballero tratarí a a una dama?
—Pero… —balbuceó uno de los hombres, mientras su compañero acunaba la mano magullada. El recién llegado lo interrumpió.
—Ah, disculpen. Error mío. Por un instante pensé que estaban entregándose al noble arte inglés de beberse su peso corporal en ginebra, pero veo que también son maestros en acosar a mujeres que no tienen el m ás mínimo interés en ustedes, otro pasatiempo de nuestra gran nación.
Patriotas donde los haya. —El bastón dio un golpe seco en el suelo y los dos hombres pegaron un brinco—.
Estoy seguro de que el capitán estará encantado de conocer hasta dónde llega su entusiasmo por las tradiciones inglesas y cómo gustan de hacer partícipes a las pasajeras del barco.
O, de forma un poco m ás prosaica, no me cabe duda de que querrá saber a dónde ha ido gran parte de la reserva de alcohol de las cocinas. Seguro que ustedes saben algo.
—¡Eso es mentira!
—¿Lo es? —La sonrisa se acentuó y ambos dieron un paso atrás—.
¿Y a quién creerá el capitán? ¿A un hu ésped de primera clase o a dos donnadies desvergonzados que han montado un escándalo en cubierta y que les hiede el aliento a alcohol?
—Nadie respondió y me di cuenta de que casi todas las conversaciones a nuestro alrededor se habían sumido en el silencio.
Todo el mundo nos miraba—. ¡Ah! Ya decía yo.
La dama asegura que tiene billete y, por tanto, derecho a estar aquí.
—¡Lo tengo! —logré articular.
—Entonces no hay más que hablar. ¿O acaso tienen ustedes algo que decir al respecto?
Los dos empleados se miraron con los ojos muy abiertos, pero un segundo golpe del bast ón contra el suelo logró espantarlos y ya no volvieron la vista atrás.
Me dejé caer sobre la hamaca, el libro olvidado en el suelo.
El corazón me latía con tanta fuerza que podría habérseme salido del pecho, y me costaba respirar.
Todavía sentí a el tacto de los dedos de aquel borracho en mi muñeca.
Los ojos me picaban, pero me negué a llorar.
¿Cómo se atrevían? ¿Qué derecho tenían a tratarme así?
El desconocido se arrodill ó a mi lado y tomó el libro para ofrecérmelo. Instintivamente, me eché hacia atrás.
Si se sintió ofendido por mi falta de educación, tuvo la delicadeza de no mostrarlo. Despacio, con movimientos tranquilos, dejó el libro a mi lado y se retiró un par de pasos.
—¿Se encuentra bien, señ orita…?
—Sí —repliqué, cortante. Ahora que lo veía de cerca, con algo más de sangre fría, me di cuenta de que era más joven de lo que había pensado inicialmente.
Tení a la barba y el bigote salpicados de canas, pero era alto y atlético, y se movía con la soltura y aplomo de alguien convencido de su lugar privilegiado en el mundo.
Sus ojos eran claros y tenían algo, quizá una forma de mirar, que me incitaba a confiar en él.
Aun así, no hice amago de acercarme ni de darle las gracias.
—Lamento mucho lo sucedido —añadió ante mi silencio—. Le aseguro que trasladaré inmediatamente al capit án el comportamiento de sus empleados. No sé qué demonios los habrá llevado a actuar así, pero…
—Creo que todos sabemos qué los ha llevado a actuar así.
El hombre me miró, como si mi mordacidad lo sorprendiera. O quizá nunca se había planteado que alguien pudiera ser discriminado por su color de piel. A él, por supuesto, jamás le habría ocurrido.
—Sí. Disculpe. Ha sido una elección de palabras desafortunada.
Esta vez fue mi turno de observarlo con sorpresa.
Era la segunda vez que me pedía disculpas en menos de diez minutos.
Jamás en la vida me había sucedido algo semejante.
La primera y única vez que un hombre se propasó conmigo, mi madre me pegó en la boca y me acusó de haberlo provocado.
Jamás volví a quejarme ni a esperar consuelo.
Y ahora, de repente, un hombre blanco de clase acomodada me pedía disculpas a mí.
No sabía si sentirme fascinada o repelida.
—Gracias —musité, y él asinti ó.
—Me encantaría ofrecerle mi ayuda si vuelve a encontrarse en una situación parecida, pero prefiero no ser pájaro de mal agüero.
—Lo miré boquiabierta y más confusa de lo que había estado en toda mi vida—.
Así que me conformaré con decirle que, si alguien vuelve a molestarla, Dios no lo quiera, no dude en buscarme.
Mi bastón estará encantado de asistirla.
El desconocido inclinó su sombrero y se alejó, dejándome hecha un lío y con el corazón todavía en la boca. ¿Quié n demonios era? ¿De dónde había salido?
No fue hasta que lo perdí de vista por completo que me di cuenta de que no le había preguntado su nombre.
El encontronazo con aquellos dos maleducados me había dejado alterada y se me habían quitado las ganas de permanecer en cubierta. De todas maneras, ya casi no había luz para leer. Me subí la shayla, que se me habí a caído sobre los hombros en el tira y afloja, y me guardé el libro en el bolso.
Entonces oí unos gritos ahogados.
Lo primero que me vino a la cabeza fue que los dos empleados regresaban a por mí con refuerzos y me volví hacia las voces lista para presentar batalla. Pero me encontré con algo muy distinto a lo que esperaba.
Alejandría apareci ó en el horizonte, brillando en medio de la oscuridad.
El diamante del Delta, el legado de Alejandro, era una bomba de luz y color.
Haces blancos y amarillos se entrecruzaban a lo largo de la costa, mientras las farolas iluminaban los edificios, sombras danzarinas que iban y venían en la noche.
El barco cobró vida y la gente se agolpó en la barandilla para disfrutar del espectáculo en el horizonte.
Por fin estaba en Egipto. Los ojos se me humedecieron y dejé de oír la marabunta a mi alrededor.
Solo me importaba esa visión. En aquellas luces había promesas que me había hecho a m í misma desde niña; había oportunidades e ilusión.
Si la alargada sombra de Ambrose me lo permitía, también mi futuro.
—Ya estoy aquí, Amelia —susurré, dejando caer las lá grimas. Me dolía la cara de sonreír, pero hubiera dado cualquier cosa para que ese sentimiento me durara toda la vida—. Ya estoy aquí.