Mil millas Nilo abajo Capítulo 1
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Mil millas Nilo abajo

Mil millas Nilo abajo

Por Cristina Mestre

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Capítulo 1

Farzaneh

«Yo soy Isis, la señora de todas las tierras».

Antes de que el mundo fuera mundo, no existían ni la luna ni el sol, pero la tierra ya era verde y flotaba en el océano primigenio.

Luego, una mano creadora tomó el barro y creó a la humanidad.

Algunos la llamaron Marduk. Otros Amón. Y otros, Isis.

Todos los pueblos tienen su dios creador.

Todos se aferran a su tierra primigenia y a la creencia de que son los elegidos, superiores a los dem ás.

Precisamente por eso, no hay nada más desolador que sentir que ese dios te ha abandonado.

Me aferré con fuerza a la barandilla de la cubierta superior mientras los últimos rayos de sol me acariciaban los nudillos.

Echaba de menos la sensación de la tierra firme bajo los pies.

Tenía el estómago en la garganta, así que me obligué a inspirar profundamente, a llenarme los pulmones de aire y a mirar hacia delante.

Si escudriñ aba el horizonte con suficiente intensidad, quizá alcanzara a ver la tierra de Argel al otro lado del mar.

El barco dio una sacudida y pegué un salto. Actué con la pericia suficiente como para que el papel que sostenía entre los dedos no se me escapara volando.

— Astagfirullah . —Chasqueé la lengua con irritación mientras el telegrama se agitaba con una ferocidad brutal, golpeado por el viento, y me lo guardé en el bolsillo.

No sabí a por qué lo conservaba; desde luego, no iba a olvidarme del mensaje que contenía.

Aquel trocito de papel pesaba más que el ancla de cualquier navío antiguo, y me ataba con tanta fuerza o más a la tarea que me había llevado a aquel buque de vapor.

Desde que mi padre me lo mostró tras su reunión con el ministro de Exteriores, no había logrado soltarlo.

Eran solo tres frases, apenas diez palabras que habían puesto mi vida patas arriba.

Ambrose Carmichael secuestrado. STOP. Posible riesgo a su vida. STOP. Solicitamos instrucciones.

El sol comenzó a ponerse a mi espalda, recortando la silueta de Gibraltar contra el crepúsculo.

No era un viaje de placer, ni mucho menos.

La terrible noticia que nos dieron en Londres trastocó los planes de mi familia; pero aun así , debía reconocer que el cosquilleo que sentía en el estómago no se debía tan solo al secuestro de mi prometido.

Todavía faltaban varios días para arribar a Alejandría, pero cada vez que pensaba en que por fin iba a pisar la tierra de los faraones, de las pirámides y del Nilo, el corazón me daba un vuelco.

Incluso las ná useas que se empeñaban en escalar por mi garganta cada vez que el condenado barco botaba sobre las olas me sabían dulces.

«La Negra», me había dicho Amelia hacía muchos años, mientras pasaba con mano firme las páginas del libro y los ojos me brillaban con fascinación.

« Así es como la llamaban los antiguos. La caña y la abeja.

La tierra de la cebada y del papiro. Egipto no es uno, Farza.

—Sus labios se curvaron en una sonrisa que encerraba tanto conocimiento como picardía—. Son mil».

Recordar el rostro de Amelia me encogía el pecho de dolor, pero relegarla al olvido habría sido mucho peor. No, yo debía recordar. Ya se encargarían otros de pisotear su legado.

Años de estudio me hab ían preparado para este momento.

Por fin iba a pisar la Tierra Negra, la Casa de Ptah.

Por fin iba a ver Egipto. Los faraones llevaban años danzando en mis sueños.

Los templos de millones de años habían echado raíces en mi mente, y casi podía acariciar las huellas de Cambises en la orilla del Nilo. No podía esperar.

—¡Farzaneh!

Me di la vuelta, aunque ya sabía lo que me iba a encontrar.

Avanzando a trompicones por la cubierta, sudoroso y con las mejillas encendidas, mi tí o se dirigía hacia mí.

Me complació ver que le costaba tanto o más que a mí acostumbrarse al bamboleo del barco, pero al mismo tiempo eso no hacía más que acentuar su mal humor. Que Alá me pillara confesada.

Suspiré y me volví hacia él, apoyándome en la barandilla.

—¿Sí, tío Rayan?

—¿Qué haces aquí sola, si puede saberse? —Instintivamente, me eché hacia atrás tratando de poner tanta distancia como fuera posible entre ambos. Tenía la frente perlada de sudor, que formaba llamativas manchas en torno a las axilas de su chaqueta—. Y haz el favor de arreglarte la shayla.

Tir é del velo, recolocándomelo sobre los hombros, pero dejé a la vista el flequillo y algún mechón rebelde. Si mi tío se dio cuenta, no hizo comentarios al respecto. Con reforzar su autoridad le valía.

—Observar el paisaje —contesté—. No hay mucho que hacer en un barco como este, ¿no crees? Especialmente cuando todo es «poco apropiado para una mujer».

Marqué con especial retintín mis últimas palabras, moviendo las manos al compás, y mi tío frunció el ceño con patente irritaci ón.

—Cuida tu lengua, jovencita. A tus mayores debes hablarles con respeto.

Enarqué las cejas. Rayan Khatibi nunca había sido un hombre digno de mucho respeto, en mi opinión.

Se había limitado a existir, a vivir a la sombra de mi padre, de sus ideas y de su dinero, sin opiniones o ambición que pudiera reclamar como propias.

Lo único que me inspiraba era un profundo patetismo, en el sentido menos clásico de la palabra.

—Si es que no sé por qué me dejo liar… Qué diantres pinto yo aquí haciendo de niñera…

—Yo podría decir lo mismo —murmuré entre dientes, volviendo el rostro al mar infinito por el que avanzaba el barco. Íbamos a buen ritmo, pero con mi tío como única compañía, el viaje desde Plymouth se me estaba haciendo eterno—. No necesito un acompa ñante ni una carabina.

—Claramente tu padre no opina lo mismo. Tengamos la fiesta en paz, ¿quieres? Ahora —dijo mirando a su alrededor con evidente incomodidad— creo que sería mejor que te retiraras a tu camarote.

La cubierta, lo bastante amplia como para acoger dos o tres de las viviendas que alquilábamos en Londres, apenas estaba transitada. Varios hombres charlaban a lo lejos y un par de mujeres se paseaban con languidez tomadas del brazo.

—¿Por qué? —Me resistí.

—Farzaneh. —Mi tío se cruzó de brazos, resoplando bajo su poblado bigote.

Le echó una mirada rápida por el rabillo del ojo a una de las tumbonas que había esparcidas por la cubierta, pero el orgullo le impidió sentarse—.

Sabes perfectamente por qué. No es… respetable que una mujer se deje ver sola tan a menudo.

—Ah. Comprendo. —Sonreí con cara de corderito—. Mi mera existencia en público es un problema. Por supuesto.

—No seas así. —Rayan se enjugó el sudor de la frente—. Sabes que no me refiero a…

—Supongo que esas dos también están «solas», ¿verdad?

—Señalé a las dos mujeres que paseaban al otro lado de la cubierta—.

Me resulta curioso, ¿acaso no tenemos entidad a menos que nos acompañe un hombre?

Sin una presencia masculina a mi lado, ¿ me esfumaré en una voluta de humo?

¿O ellas se pueden permitir el lujo de existir porque son blancas?

—No me tires de la lengua —masculló mi tío.

—¿Y qué más dará? No me dirías nada que no me haya dicho ya mi padre —respondí con hast ío.

—¡Pues si hace falta te lo repito! —Varias miradas se volvieron hacia nosotros y mi tío bajó la voz, mientras se pasaba de nuevo el pañuelo por la frente.

La tela estaba empapada y oscurecida—. Debes tener un poco más de recato y al menos fingir que este no es un viaje de placer.

¡Astaghfirullah, Farzaneh! Tu prometido ha sido secuestrado por criminales y tú solo piensas en esas condenadas pir ámides.

«En las pirámides exactamente no», me dije, pero lo último que necesitaba era ponerme a discutir los pormenores de mis estudios con el ignorante de mi tío.

A mis labios afloró una de las expresiones que me había enseñado Amelia, pero supuse que las obscenidades británicas tampoco me ayudar ían a convencerlo de nada, así que me tragué las ganas de escupirle en la cara.

—Como bien dices, tío, Ambrose es mi prometido, así que yo misma me encargaré de gestionar como vea adecuado esta terrible tragedia.

Si mi padre me hubiera oído, me habría cruzado la cara. Mi tío, por suerte, era un pusil ánime que jamás se atrevería. Frunció el ceño, pero no replicó inmediatamente.

—Te tendrías que haber quedado en Londres —musitó—. Esto lo podríamos haber solucionado Arash y yo.

—¡Ni hablar! —salté , lista para batirme si hacía falta—. Si creéis que me voy a quedar de brazos cruzados cuando mi prometido ha desaparecido en medio del desierto, estáis muy equivocados. Tengo todo el derecho del mundo a estar aquí.

La boca se me llenaba con las palabras «mi prometido», pero Ambrose era lo último que me preocupaba en esos momentos.

Como si le cortaban el cuello, eso que ganaríamos todos.

No, lo que me quitaba el sueño era el contenido del equipaje que se había llevado consigo a su excavación en Egipto.

Un baúl repleto de libros y de apuntes. El trabajo de toda una vida.

El trabajo de toda mi vida.

Ambrose Carmichael jamás había escrito una sola línea de todos los artículos que lo catapultaron al estrellato acad émico.

Noté cómo la rabia se desperezaba en mi estómago y extendía sus largos y enraizados dedos por mi pecho y mi garganta.

Respiré profundamente varias veces para calmarme.

No podía dejarme llevar por los nervios.

No les daría a aquellos hombres que nos consideraban a todas unas frívolas histé ricas la satisfacción de verme perder los estribos.

Me aferré al recuerdo de Amelia, en nuestra villa de Teherán, de mis manos en las suyas, de sus palabras dando color a mi mundo rodeadas por la vegetación de mi hogar.

«Nunca tires la toalla, Farza —me repetía una y otra vez—.

Eso es lo que ellos quieren, pero tú eres mejor.

No dejes que nadie te diga lo contrario».

—Bueno, bueno —dijo mi tío, ajeno a mi agitació n interior—.

Tampoco es para ponerse así. Además, ya es tarde para lamentarse.

En tres días llegaremos a Alejandría, buscaremos al cónsul británico y solucionaremos todo este desafortunado asunto.

En menos de lo que canta un gallo habremos vuelto a casa.

Puse los ojos en blanco. No quería ni pensarlo.

Volver a Londres, a la agobiante vigilancia de mis padres, las paredes de la casa de Mayfair, que se me venían encima un día s í y otro también…

Insha’Allah, no regresaría a Londres hasta que no tuviera otro remedio.

Mi tío tendría que sacarme a rastras de Egipto. No pensaba ponérselo fácil.

—Venga, está anocheciendo. Vuelve a tu camarote, ¿ eh? Te acompaño.

Miré a Rayan por el rabillo del ojo. Con las luces moribundas del sol y los focos de cubierta recién encendidos, parecía todavía más feo y desabrido que de costumbre.

Tenía la nariz chata, apretada contra el rostro, de forma que se le veían perfectamente los agujeros y los pelillos que asomaban. Ignor é la mano que me tendía.

—Ahora voy, tío Rayan. Solo un rato más.

Haciendo oídos sordos a sus murmuraciones, me apoyé contra la barandilla.

El mar y el cielo se fusionaron en un continuo de oscuridad infinita, y cuando todo el mundo se hubo retirado de la cubierta a cenar en el comedor principal, sobre el barco, titilando en el firmamento, una estrella dominaba sobre el resto, más brillante.

Sonriendo, me despedí de Sirio, le dese é suerte en su viaje por el cielo nocturno acompañando a la diosa Nut y regresé a mi camarote.