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Tres meses después…
Amanda avanzó por el terreno de la obra a paso firme hacia la siguiente excavación; en ese momento se ocupaba de inspeccionar cimentación de la estructura de lo que sería uno de los centros comerciales más grandes de Manhattan; uno que superaba tres veces a Ola azul.
Encima de la camisa negra que vestía, usaba un chaleco reflectante; su indumentaria la complementaba un jean, botas de seguridad y un casco de color amarillo.
Ella se movía por el terreno con facilidad; llevaba dos meses recorriéndolo en toda su extensión, asegurándose de que todo se ejecutara de acuerdo a los planos.
A su alrededor, algunos de hombres trabajaban en las excavaciones, otros en la cimentación; parecían un engranaje bien coordinado.
En la distancia vio a Charlotte; sonrió sin poder evitarlo.
Su amiga también había sido contratada por Merril + Merril.
Lo celebraron por todo lo alto y, esta vez en el apartamento de la morena, volvieron a exclamar, “Al carajo Harper Inc.”, entre risas.
Esas palabras de Iván quedarían para la posteridad.
Charlotte también la vio y fue a su encuentro. Amanda advirtió su gesto de preocupación, incluso antes de que estuvieran cerca para hablarse.
—¿Qué sucede? —le preguntó sin rodeos.
Charlotte miró hacia el lugar donde estaban a punto de verter el concreto en una de las armaduras de hierro.
—Ese hormigón no parece dosificado correctamente —respondió.
Amanda miró hacia el lugar; sin dudarlo, sacó el walkie-talkie . Voceó al ingeniero encargado del concreto y le ordenó tomar una muestra para verificarla.
Ambas se quedaron observando al ingeniero, a la espera de que cumpliera con la orden.
—¿Hay un plan especial para esta noche? —preguntó Charlotte, sin apartar la vista del lugar donde trabajaban con el hormigón
Amanda sonrió. El corazón le dio un vuelco.
Ese día cumplía sus primeros tres meses de relación con Mirra.
Y eran los primeros tres porque estaba segura de que serían muchísimos meses más los que estaría a su lado; tantos, que esos meses se convertirían en años.
Y los años, en décadas. Con cada día compartido con la mujer que amaba comprobaba, se convencía, de que ella era el amor de su vida.
—No. Las dos coincidimos en que queremos hacer lo de siempre.
Charlotte la miró sonriendo y negó con la cabeza.
—¿Pasar el rato en el sofá, mirando películas?
—Películas clásicas —puntualizó Amanda con orgullo.
—Películas clásicas a las que nunca le ven el final porque terminan quitándose la ropa.
La arquitecta rio.
—A veces no nos la quitamos —señaló, con una sonrisa torcida, alzando las cejas.
—Ya me lo imaginaba.
Las dos terminaron riendo.
—Este hombre se mueve lento —dijo Amanda, refiriéndose al ingeniero que debía comprobar el concreto—. Vayamos a poner orden.
Charlotte asintió y se pusieron en marcha.
***
Amanda nunca se consideró muy romántica, pero Mirra le había sacado la vena, así que cuando se trataba de momentos especiales, quería hacerlos más especiales aún para ella.
Por eso le pidió a Iván que sacara a su hija del apartamento y la distrajera el tiempo suficiente para poner algunas flores en la sala y hacer un camino de pétalos de rosas hasta el sofá, donde verían una película, abrazadas.
Las flores y el sendero de pétalos eran detalles sencillos, pero sabía que Mirra los adoraría.
Después de poner todo en su sitio, echó un vistazo a la sala.
Había elegido claveles rosados y blancos para adornar la sala; y también puso unas velas en lugares estratégicos.
Se veía bailando con ella a la luz de las velas después de la película, si es que terminaban de verla. Sonrió al pensarlo.
La vida junto a Mirra le estaba resultando una aventura llena de amor, romance y mucha protección; de ambas partes. Las dos eran conscientes de la oportunidad que la vida les había brindado. La vida y las grullas. Nunca se olvidaban de ellas.
De hecho, ellas, Iván y Charlotte, se habían dedicado a hacer mil grullas de papel, cada uno.
Al completarlas, los cuatro iban a los hospitales y las obsequian a los pacientes, deseándoles larga vida y sanación de su enfermedad.
También les obsequiaban cheques como una manera de apoyarlos un poco en lo económico.
Cada vez que lo hacían, Amanda recordaba a Bill Harper.
No le guardaba rencor; al contrario, le agradecía que la hubiese hecho recuperar esa consciencia por ayudar y ofrecerles a los pacientes un motivo para sonreír.
Y una esperanza. Mirra era el mejor ejemplo de que la fe, la fuerza espiritual, podía hacer milagros.
Finalmente, Amanda sonrió complacida al ver las flores y la disposición de las velas; cuando las encendiera, el lugar cobraría un aire romántico, tal como lo quería.
Ella revisó su teléfono; no tenía mensajes de su suegro, así que disponía de algo de tiempo para darse una ducha y elegir un bonito atuendo.
Se fue directo a la habitación; allí se descalzó, luego entró al baño.
Cuando se quitaba la última prenda, le pareció oír que la puerta de la entrada se cerraba.
De inmediato consultó el chat con Iván; se había llevado el teléfono al baño por si él le avisaba que iban en camino.
No encontró mensajes, así que se relajó y entró a la ducha.
No estaba cansada, pero el agua caliente recorriendo su cuerpo le ayudó a relajar los músculos. Ella levantó la cabeza y dejó que el agua le bañara el rostro. Tenía los ojos cerrados, aun así, la sintió.
Amanda sonrió tan solo un segundo antes de sentir las manos de Mirra posarse en sus caderas, luego deslizarse hacia su vientre cuando la estrechó contra su cuerpo. Sintió sus senos en la espalda y un estremecimiento recorrió cada fibra de su ser.
—Tu padre es un traidor —dijo, bajando la cabeza para escurrirse el agua del rostro.
Mirra sonrió contra su hombro antes de besarlo.
—No te traicionó, lo manipulé para que me confesara la verdad —señaló, antes de clavarle los dientes en el lugar donde antes la besó.
—Lo manipulaste a tal punto, que estás hasta desnuda.
—Eso no fue planeado. Escuché la ducha y quise acompañarte. Sabes que me gusta acompañarte a esto.
Amanda se dio la vuelta entre sus brazos.
Se encontró con los ojos negros mirándola con adoración.
El cabello de Mirra había crecido, al menos, cinco centímetros en esos tres meses.
En las fotos previas a su enfermedad, lo tenía largo hasta los hombros.
Todavía le faltaba mucho por crecer, pero a ella le gustaba así porque le daba un aire algo rebelde.
Mirra había recuperado su color blanco natural y tenía cejas; unas hermosas y gruesas cejas que ella delineó, como le gustaba hacerlo, antes de besarla.
—Felices tres meses —susurró contra su boca.
Mirra sonrió.
—Felices tres meses.
—Cuando cumplamos un año, nos iremos de viaje a donde lo desees.
—¿A dónde lo desee?
—Mju… —los ojos de Mirra brillaron. Era ese brillo que ella reconocía muy bien—. No al sofá —le aclaró.
La ojinegra rio.
—Por ahora me basta la ducha —declaró antes de reclamar su boca con tanto ardor, que la hizo gemir.