Mil grullas de papel 48
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Amanda se ajustó la chaqueta del traje ejecutivo que vestía.

En su apartamento, mientras se arreglaba, le costó un poco elegir qué usar para causar una buena impresión.

Al final se decidió por el traje de chaqueta y pantalón de color azul marino; combinado con una camisa gris.

Nada mejor para proyectar confianza y una imagen profesional.

En cuanto se anunció en la recepción de la firma de arquitectos, Merril + Merril, apenas le dio tiempo a pensar en sus nervios.

Cuando quiso darse cuenta, ya se encontraba sentada frente al gerente de Recursos Humanos.

Tras las correspondientes presentaciones, el hombre fue tan directo al grano, que Amanda casi se cae de la silla donde estaba cómodamente sentada.

—¿Por qué fue despedida de Harper Inc.?

Sin embargo, ella hizo lo mejor que pudo para que su sorpresa pasara desapercibida.

—Le seré sincera —dijo mirándolo a los ojos con determinación—. Abandoné mi lugar de trabajo. Estaba en la zona de construcción. Bill Harper inspeccionaba las demarcaciones hechas en el terreno. Tuve una emergencia… —titubeó— personal, así que me fui —explicó.

El gerente le miró, interrogante. Luego asintió.

—¿Hace eso cada vez que tiene una emergencia personal?

Ella le sostuvo la mirada.

—Fue la primera vez. Y ahora… —no pudo evitar sonreír al pensar en Mirra porque abandonó el lugar por ella, pero ya no habría más sobresaltos. Al menos ninguno relacionado con una enfermedad como el cáncer— no sucederá otra vez —afirmó.

—¿Está segura?

—Sí, señor.

—Bien, arquitecta Gehry, esta conversación es solo una mera formalidad —anunció el hombre—. El director de la firma la quiere aquí. Él quedó impresionado con su diseño para el proyecto Ola Azul, así que si está interesada, queremos contratarla.

Amanda apenas parpadeó. ¿De verdad eso estaba sucediendo? ¿Sería así de fácil? ¿Y quién era el director de esa firma que tanto impresionó? Sabía el nombre, Tyler Merril, pero no tenía en su cabeza una referencia visual del hombre.

—Estoy interesada —confirmó, procurando mantener el tono de voz—. Será un gusto ser parte de esta distinguida firma.

El gerente sonrió.

—Somos la competencia de Harper Inc. —Acotó.

Ella sonrió.

—Lo sé.

“Bill Harper, vete al…” Ella lo pensó mejor; mandar a la mierda a su ex jefe, no sería del todo justo, después de todo, gracias a él conoció a Mirra.

El gerente se levantó, se abrochó los botones del traje que vestía antes de tenderle la mano.

—Entonces, bienvenida.

Amanda no dudó de levantarse también y estrecharle la mano.

—Gracias, señor —su sonrisa no podía ser más amplia.

Cuando la arquitecta salió del edificio, estaba que daba saltos de la alegría, pero mantuvo el tipo hasta que se alejó al menos una calle del lugar. Después sonrió y alzó los brazos como señal de triunfo, sin importarle los transeúntes que la miraron como si toda ella fuera de color verde.

Amanda no cabía de felicidad en su cuerpo. La semana siguiente firmaría el contrato con la nueva firma y, además, el gerente le informó que el director quería que trabajara en un proyecto muy parecido al de Ola Azul. ¿Qué más podía pedir?

Tenía que darle la noticia a Mirra, así que sacó el teléfono de su cartera y buscó el contacto. Apenas hubo dos repiques y en la línea se oyó la voz que le agitaba el corazón.

— Dime que es una buena noticia —fue como contestó su chica.

La arquitecta rio.

—Es la mejor noticia —dijo.

— ¿Tienes el trabajo?

—Sí, lo tengo.

Amanda tuvo que apartarse el teléfono de la oreja. Estaba segura de que el grito de Mirra se oyó en la manzana entera donde vivía.

— ¡Tenemos que celebrarlo!

—Por supuesto que lo haremos. Todavía no puedo creerlo, Mir —dijo, pasándose la mano libre por los cabellos—. Ellos me querían en la firma. Ni siquiera hubo una entrevista.

— ¿Qué?

—Lo que oyes…

Amanda le relató la conversación con el gerente y sobre el contrato que debía firmar mientras se dirigía hacia la estación del metro más cercana a la firma.

— Haré algo superespecial para la cena para celebrar —dijo Mirra.

—¿Por qué no ordenamos algo? —propuso Amanda.

— Cocinaré con la ayuda de papá. El muy descarado se autoinvitó cuando le dije que estabas en una entrevista de trabajo y que celebraríamos en grande si lo conseguías.

Amanda rio. Iván era así de descarado.

—Invitaré a Charlotte. Se alegrará de la noticia.

— Genial. Me encantaría conocerla.

—Compraré vino y sidra.

Mirra rio.

— De acuerdo. Nos veremos en la cena.

—Hasta luego, mi amor. Te mando mil besos.

Amanda finalizó la llamada cuando entraba en la estación. Esperó unos minutos la llegada del metro; tras entrar en unos de los vagones y sentarse, llamó a Charlotte. Su amiga se alegró por la buena noticia y aceptó encantada la invitación a la cena. Ella también ansiaba conocer a Mirra.

La arquitecta apenas pudo borrar la sonrisa de su rostro.

A pesar del mal rato que pasó tras su despido de Harper Inc.

, el universo parecía haberse alineado a su favor.

Mirra estaba en remisión del cáncer y ella tenía un nuevo trabajo.

¿Qué más podía pedir? Solo que mis deudas se esfumen por arte de magia , pensó.

Rio por lo bajo y los pasajeros que iban a su lado la miraron extraño.

Pensar en Mirra le recordó la conversación que tuvo con ella en la mañana, cuando le habló de mudarse.

A pesar de que en su vida mantuvo un par de relaciones largas, nunca vivió con alguien, así que ese era un paso enorme.

Y no es que no estuviera dispuesta a darlo, sino que no se lo había planteado.

Vivir con Mirra. El pensamiento la hizo sonreír otra vez. Estaba enamorada de ella; la amaba como nunca antes amó. En poco tiempo, esa mujer se había convertido en el centro de su existencia, en su felicidad, en el amor de su vida, entonces, ¿se mudaría con ella?

A su cabeza la respuesta llegó solita.

Mirra no tendría que pedírselo dos veces.

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Cuando Amanda llegó al apartamento de Mirra, fue Iván quien le abrió la puerta y le dio un enorme abrazo.

—Felicidades, grandiosa arquitecta.

Ella rio, correspondiendo a su abrazo. El padre de su novia era más que adorable.

—Gracias, Iván —le sonrió cuando él la soltó—. Huele delicioso.

—Que no te diga tu chica que ella cocinó.

—¡Oye! —Se quejó Mirra desde la cocina—. Corté los vegetales y todas las cosas que me pediste.

Iván bufó.

—Y para ella eso es cocinar —secreteó él, tapándose la boca para que su hija no le leyera los labios.

Amanda rio.

—No tomaré partido en esto —se desentendió, mientras se dirigía hacia cocina, con su suegro a un paso detrás de ella.

—¿Y el vino y la sidra? —le preguntó la ojinegra al verla con las manos vacías.

—Charlotte insistió en traerlo ella, así que la dejé —su chica la miró, negando con la cabeza—. ¿Qué? Después de todo, estaré desempleada hasta la próxima semana —arguyó.

—Es cierto —la apoyó su suegro, mientras se sentaba alrededor de la barra.

—No sé si me gusta que se lleven tan bien —dijo la ojinegra.

En ese momento, el intercomunicador sonó.

—Debe ser Charlotte —comentó la arquitecta, dirigiéndose de vuelta a la puerta.

Y sí, era su colega. Después de darle acceso al edificio, ella la esperó en la puerta del apartamento.

—¡Felicidades! —exclamó Charlotte en cuanto la tuvo a la vista.

Amanda se encontró abrazada por segunda vez; esta vez por un solo brazo, ya que Charlotte tenía una mano ocupada con una bolsa donde llevaba las bebidas.

—Gracias, amiga.

La morena entró y ella cerró la puerta.

—Ahora, te tengo una noticia —le anunció su colega con una sonrisa tímida.

Amanda la miró, un tanto extrañada. Le pareció atisbar un ligero sonrojo en sus mejillas.

—Por favor, dime que es una buena noticia —pidió, temiendo que su ex jefe hubiese hecho de las suyas otra vez.

Charlotte sonrió, luego tragó saliva.

—Renuncié.

La quijada de Amanda casi llegó al piso.

—¿Qué?

—No podía quedarme allí después de que te despidieran sin darte la oportunidad de darles una explicación —se justificó—. Renuncié como protesta, así que no me lo reproches.

—Ola Azul se quedó sin arquitectos —murmuró Amanda, sorprendida.

—¡Al carajo esa firma! —exclamo Iván desde la cocina, que se había mantenido atento a la conversación, como buen indiscreto que era.

Tanto ellas como Mirra, se quedaron mirándolo, sorprendidas. Luego, las tres, estallaron en risa.

—¡Al carajo Harper Inc.! —lo apoyó Charlotte.

—Por Dios, no puedo creer esto —dijo Amanda, entre risas. Tomó a su amiga de la mano y la dirigió hacia la cocina—. Charlotte, ellos son Mirra e Iván. Señores, mi estimada amiga, Charlotte —los presentó, antes de recibir la bolsa con las bebidas.

Los tres se estrecharon las manos entre risas.

—Es un placer conocerlos —dijo la morena—. En especial a ti —se dirigió a Mirra—. Has tenido suspirando a mi amiga desde hace meses.

Los ojos de Amanda se ampliaron por ser expuesta de esa manera.

—¡Charlotte!

Mirra rio, mirándola con una infinita ternura.

—Ella también me ha hecho suspirar todo este tiempo —declaró, sin apartar la mirada de la suya.

La arquitecta suspiró, con los ojos brillando de puro amor.

—Debes tomar medicina para la glucosa cuando estás cerca de ellas —le advirtió Iván a Charlotte y esta soltó una carcajada.

Tanto Amanda como Mirra miraron de reojo al ruso.

—Me lo puedo imaginar —las chinchó Charlotte.

—Envidiosos —los acusó Amanda, y ellos rieron.

La cena no pudo ser más perfecta; los cuatro compartieron anécdotas y risas mientras disfrutaban de la comida y de las bebidas. Hablaron de todo un poco, como viejos amigos. Amanda se sintió feliz de que Charlotte congeniara tan bien con su chica y su suegro.

Era casi medianoche cuando los dos invitados se retiraron.

—No te irás, ¿cierto? —preguntó Mirra, cuando Amanda cerró la puerta del apartamento tras despedir a Charlotte y a Iván.

La arquitecta sonrió y se acercó a ella. Le dio un beso en los labios, luego negó con la cabeza.

—No me iré —respondió. La tomó de la mano y tiró de ella, encaminándose hacia la habitación—. Creo que es necesario seguir hablando de la mudanza.

El corazón de Mirra se aceleró. ¿En serio iba a hablar de eso? ¿Le diría que no? Si le decía que no le dolería la vida entera.

Amanda la condujo directo a la cama y la invitó a sentarse; Mirra sintió que las piernas se le doblaron solas al acomodarse en la orilla del colchón. No apartó los ojos de los suyos cuando ella se acomodó a su lado, sosteniéndole una mano.

—¿No quieres mudarte? —le preguntó con un hilo de voz.

La arquitecta sonrió ante su tono de inseguridad.

—Dijiste que está en los estatutos de las lesbianas, ¿no? Tengo que mudarme contigo.

Mirra necesitó algo de tiempo para que sus palabras tomaran sentido en su cabeza. La sonrisa tierna, cargada de amor, que la rubia le dedicó, la ayudó a entender. A espantar el temor que, absurdamente, se instaló en su pecho.

—¿Te mudarás conmigo? —quiso aclarar para estar cien por ciento segura.

La otra mujer sonrió; con movimientos lentos, le acunó el rostro y se acercó a sus labios, pero no la besó. Se miraron a los ojos estando así de cerca.

—¿Cómo no iba a querer hacerlo? —susurró—. Te amo —declaró y le rozó los labios—. Te amo más que a mi vida. Te amo tanto que me moriría sin ti.

Los ojos de Mirra se humedecieron. No podía creerlo. No podía ser más feliz. Después de sentirse en una pesadilla durante meses, ante sí tenía el cielo que le prometía la mirada de Amanda. Un cielo azul con el brillante sol que era su amor y un arcoíris con colores inimaginables.

Una lágrima se le escapó. Amanda sonrió porque esa no era una lágrima de dolor, ni de temor, sino de felicidad.

Una felicidad infinita, como la que ella albergaba en su corazón solo por amarla. Mirra tuvo que tragar saliva para poder hablar; la emoción la desbordaba.

—Yo también te amo.

Fue ella quien extinguió la distancia que separaban sus labios. Necesitaba besarla. Necesitaba vivirla. Necesitaba amarla un poco más.