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El amor no se puede detener. Eso pensaba Mirra mientras veía a Amanda llenando las copas de vino. Esa noche era de celebración, así que bebería una copa. El amor se la merecía. Su relación se la merecía.
Ella sonrió sin darse cuenta; ese instante lo eligió Amanda para mirarla.
—¿Y esa sonrisa? —le preguntó con la mirada cargada de curiosidad, luego sonrió de lado, así que sabía perfectamente cuál sería su respuesta.
—Sonrió cuando veo a la mujer que amo —respondió sin borrar su sonrisa.
El corazón de la arquitecta se le aceleró.
Así era siempre; llevaban tres meses viviendo juntas y todavía no se acostumbraba a que Mirra hiciera lo que quería con su corazón.
A veces se lo aceleraba a mil, mientras que otras, se lo detenía por unos segundos con un beso o alguna declaración de esas que la hacían sonrojar.
Tal como estaba segura de que se sonrojaba en ese momento.
Amanda sonrió y se humedeció los labios con la lengua; se mordió el inferior cuando devolvió la botella de vino a la hielera y agarró las dos copas. Sus ojos se clavaron en los de la otra mujer mientras se acercaba al sofá.
Mirra se hallaba sentada de lado, con las piernas cruzadas, con un aire relajado. Amanda le entregó la copa antes de tomar asiento frente a ella, adoptando casi su misma postura. Ofreció su copa para brindar y esta sonrió.
—Por los primeros tres meses.
Mirra alzó las cejas, fingiendo sorpresa, pero su sonrisa delató su deleite al escuchar “los primeros tres”. El brillo de sus ojos le dijo que también quería muchos más a su lado. El amor no puede detenerse y el de ellas, menos. Así fue desde el principio en aquella sala de hospital.
—Por los primeros y maravillosos tres meses —dijo ella.
La sonrisa de Amanda se amplió y el brillo en su mirada se igualó a la de la mujer que amaba. Se sonrieron antes de beber de sus respectivas copas. Los pétalos de rosas esparcidos por el suelo desprendían su dulce aroma, envolviéndolas.
Ellas no necesitaban palabras, así que después de disfrutar del primer sorbo de vino, sus labios se buscaron con un beso dulce, cargado de emoción y de felicidad por estar juntas.
—Te amo —susurró Amanda al separarse apenas de esos labios que se habían convertido en su máxima adicción.
Mirra sonrió.
—Y yo a ti. Profundamente.
—¿Intensamente? —se interesó la arquitecta, siguiendo el juego que iniciaron en una de sus tantas sesiones de amor e intercambios de besos.
—Inmensamente.
Amanda rio y volvió a besarla. El amor no se puede detener. Así fue para ellas, por lo que su amor continuaría creciendo, eternamente.
Mirra rompió el beso y se quedó mirándola de una manera extraña.
—¿Qué? —le preguntó la arquitecta, intrigada.
—Sé que dije que no quería salir, pero… quiero hacer algo.
Amanda alzó las cejas.
—¿Qué quieres hacer?
La ojinegra no respondió; en su lugar sonrió antes de quitarle la copa de la mano y dejarla, junto con la suya, en el suelo.
—Ven conmigo —pidió, tomándola de la mano.
—¿Qué? —cuestionó, dejándose arrastrar hacia la puerta.
—Solo sígueme —Mirra agarró sus chaquetas antes de hacerle una seña para que ella abriera la puerta. No quería soltarla de la mano.
Salieron del apartamento y entraron al ascensor. Cerca de treinta minutos después, se encontraban en Brooklyn.
—Estás loca —dijo Amanda.
Su mujer sonrió como si acabara hacer la travesura más grande de su vida. Y es que, prácticamente, la había hecho. Estaban a punto de entrar al puente de Manhattan.
La noche era bastante fría y había mucha gente en los alrededores, como siempre.
—¿Recuerdas la última vez que estuviste aquí?
Amanda sonrió y negó con la cabeza por su tonta su pregunta.
Por supuesto que lo recordaba. Jamás lo olvidaría.
Mirra le sujetó fuerte la mano cuando comenzaron a internarse en el camino para peatones que cruzaba el puente.
En el horizonte, las luces de la ciudad parecían estrellas que formaban un universo terrenal. La vista era hermosa.
Avanzaron entre la gente sin prisa. Para el resto era solo un sitio como muchos otros; para ellas, era el lugar donde mil grullas hicieron magia con sus alas.
—Es hermoso —dijo Amanda, aspirando el aire frío de la noche.
—Es hermoso estar aquí contigo —declaró Mirra, mirándola a los ojos.
A la arquitecta siempre le gustaron los ojos de ella, pero, en ese momento, le parecieron más extraordinarios que nunca.
Por eso se detuvo, obligándola también a parar.
Sin dudarlo, le soltó la mano y le acunó el rostro.
La besó sin reparos, sin importarle nada.
La besó con pasión, con ternura, con amor.
Con todo eso mezclado entre sus labios y su lengua, que se enredó con la suya sin mayores preámbulos.
Sus corazones palpitaron agitados, inundados del calor de sus bocas y los gemidos atrapados entre ellas.
La potente bocina de un auto las sobresaltó, y sus bocas se separaron. Rieron con complicidad antes de retomar su andar. No iban a cruzar el puente, ambas lo sabían. Su destino era el mismo que la última vez.
No tardaron en llegar al punto donde la malla metálica tenía el hoyo por donde lanzaron las grullas. Ahí se detuvieron. Mirra apoyó los brazos de la baranda, mirando hacia el horizonte, en dirección al puente de Brooklyn. Amanda le rodeó los hombros con los brazos, pegándose a su espalda.
Se quedaron en silencio, contemplando la vista; recordando.
—A veces parece que haces locuras —dijo Amanda cerca de su oreja, como si le confesara un secreto—, como esta, por ejemplo. Pero te seguiría con los ojos cerrados a cualquier lugar del mundo.
Mirra ladeó la cabeza. Entró en su campo de visión por el rabillo del ojo.
—Yo no te llevaría a cualquier lugar del mundo —declaró.
—¿Ah, no?
Ella negó con la cabeza; entonces se movió, se dio la vuelta y la rodeó por la cintura. Su mirada intensa se clavó en la de la arquitecta.
—No —respondió con una media sonrisa que ya ella conocía muy bien.
—¿Entonces a dónde?
Mirra miró sus labios antes de regresar a sus ojos.
—A la cima de la más alta felicidad —respondió.
En el corazón de Amanda se desbordó un poco más de amor por ella, como si fuera posible.
La sonrisa que se reflejó en su rostro enamoró también un tanto más a Mirra.
El amor no se puede detener. Al igual que la magia de las mil grullas de papel, que volvieron a volar a su alrededor, envolviéndolas sin que ninguna de las dos lo sospechara. Y sería así por siempre. Senbazuru.
Fin