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En medio de la agitación, Amanda juntó sus frentes; tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos porque precisaba aire, mucho aire. Se quedó así, muy cerquita, simplemente porque lo necesitaba. Se quedó así, y para Mirra no hubo una imagen más hermosa, ni más poderosa que esa.
Ver a Amanda jadeante, todavía con los vestigios del placer en su gesto y la piel sonrojada, húmeda, fue para ella una oda a la pasión que acababan de compartir. Invadida por una gigantesca ola de ternura, le acunó el rostro y besó su frente.
—Creo que es mi turno de preguntar si estás bien —dijo, medio sonriendo contra la piel de su frente.
La rubia sonrió, pero no se movió ni abrió los ojos; todavía su respiración estaba bastante agitada.
—Dame un par de minutos más.
Mirra rio.
—¿Estuvo fuerte el asunto?
El color azul apareció en el horizonte de la ojinegra; el corazón se le agitó y dio un vuelco en el pecho. Sintió que ese azul le pertenecía, como ella a él.
Amanda pegó los labios a los suyos.
—Estuvo alucinante —declaró, luego convirtió la unión de sus labios en un beso en el que las lenguas apenas se rozaron, pero, aun así, un estremecimiento las recorrió por completo.
—Sí, entra en esa categoría —concordó Mirra.
Amanda rio, la besó y, finalmente, se movió. Giró, llevándola con ella hasta que quedaron de lado, mirándose de frente; ambas con las cabezas apoyadas debajo de un brazo. La ojinegra dibujó el contorno de su boca con delicadeza, manteniendo la vista fija en lo que hacía su dedo.
El silencio las rodeó durante unos instantes. Amanda cerró los ojos, disfrutando de las caricias de Mirra, y esta se sentía más que fascinada por estar así con ella y abrigar su calor.
La arquitecta abrió los ojos y soltó un profundo suspiro que habló de deleite del más genuino. Cuando se movió, lo hizo para acercarse a ella, entrelazó sus piernas y le pasó el brazo libre por la cintura; sus dedos empezaron a dibujar círculos por su columna, subiendo y bajando.
—Así está mejor —dijo.
—No puedo negarte eso.
—¿Cómo están tus fuerzas?
—No te diré que habrá un segundo round en una hora —señaló y Amanda sonrió—, pero me siento bien. Y ya deja de preocuparte. Ya ves que no me rompí ni nada por el estilo.
La arquitecta rodó los ojos.
—Sé que no te romperás —aclaró con una sonrisa que asomaba algo de picardía—, pero sí que tu cuerpo todavía sufre los efectos de la quimio. No lo olvido y por eso intento cuidarte.
—No lo intentas, lo haces —declaró con la mirada brillando—. Y muy bien, por cierto —le dio un beso para enfatizar sus palabras—. Además, ya sabes que las grullas hicieron su magia.
Al escuchar la referencia sobre las grullas, Amanda no pudo evitar sonreír.
—Tus grullas y las mías —dijo.
Mirra frunció el entrecejo con un gesto de extrañeza.
—¿Tus grullas?
La rubia asintió sin dejar de sonreír. Había llegado el momento. El corazón se le aceleró y albergó algo de nervios en su interior.
—Hay algo que tengo que decirte —confesó.
—¿Qué?
La arquitecta lo pensó durante unos segundos.
—Mejor te lo mostraré —dijo, y salió de la cama como un halo fantasmal.
Mirra vio su trasero desaparecer por la puerta de la habitación. “Tus grullas y las mías”. ¿De qué hablaba Amanda? No tenía ni la más remota idea.
Cuando la otra mujer apareció, ella la esperaba sentada en la cama, con la espalda apoyada de la cabecera. Amanda se acomodó a su lado, luego se puso a buscar algo en su teléfono.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó la ojinegra, con la curiosidad carcomiéndole cada poro de su ser.
—Dame… un… minuto… —pidió ella, sin detener su búsqueda—. Aquí está —anunció unos segundos después. Entonces le tendió el teléfono con una sonrisa que parecía capaz de iluminar la ciudad entera—. También creí en las grullas.
Mirra agarró el teléfono, luego la miró a los ojos. Con un leve gesto, la arquitecta la invitó a pulsar la flecha en medio de la pantalla para que el video se reprodujera.
—¿Qué…? —no pudo continuar. Solo había una manera de saber, de entender, qué era de lo que Amanda hablaba, así que pulsó play en la pantalla.
***
Charlotte enfocó primero el puente, luego a Amanda, que tenía un bolso de tela en las manos.
—¿Estás grabándolo? —le preguntó al situarse en el lugar donde la malla metálica del puente de Manhattan tenía un hoyo. El mismo lugar desde donde Mirra lanzó sus grullas.
—Sí —respondió la morena—. ¿Puedes confiar un poco en mí? Sé manejar una cámara.
—Parece que no estás enfocando.
—Estás en medio de la imagen —le aseguró.
A Amanda no le quedó más que confiar en que Charlotte estuviera haciendo una buena toma. De lo contario, le costaría muchos días volver a armar mil grullas y no quería retrasar más lo que estaba a punto de hacer.
—Bien. Ya lo haré —anunció.
Charlotte asintió. El viento las rodeaba mientras, por debajo el puente, pasaba un ferry.
Amanda vestía un suéter de mangas largas y usaba, además de una bufanda, un gorro tejido de color azul.
Ella miró a su colega una vez más, en seguida bajó la vista al bolso entre sus manos; respiró hondo.
La fe que tenía puesta en ese ritual, en las grullas, en el mito, aceleraba su corazón a mil.
Ella alzó el bolso hasta meterlo por el hoyo de la malla; cada movimiento lo realizaba con lentitud, como si temiera cometer un error. Sin percatarse, apretó la tela del bolso, luego cerró los ojos. Tomó aire y susurró las palabras que había ensayado para ese momento.
—Que estas grullas traigan luz a los días oscuros de Mirra. Que cada una de ellas restaure su salud y le otorgue su completa recuperación. Senbazuru .
Amanda abrió el bolso y las grullas comenzaron a caer, llenando la tarde de color.
***
Las mejillas de Mirra estaban humedecidas. Cuando reconoció el puente de Manhattan, y luego vio a Amanda en el mismo lugar en el que estuvo ellas días atrás, lo entendió.
Lo entendió y, como si su corazón fuera la fuente de un manantial, brotó de él más amor del que ya albergaba por Amanda.
—¡Dios Santo! —susurró, todavía mirando la pantalla.
La arquitecta se movió hasta sentarse frente a ella, le quitó el teléfono de las manos, lo hizo a un lado y luego atajó una lágrima que estaba a punto de escapársele.
—Supuse que si mil grullas hacen milagros… Si conceden un milagro —enfatizó—, dos mil, debían hacer dos, ¿no?
Por segunda vez, Mirra frunció el entrecejo.
—¿Dos?
La arquitecta sonrió, asintiendo.
—Sí —respondió—. El primero, sanarte. Y el segundo —le dibujó una ceja con delicadeza—, concederme la dicha de que me amaras. Porque yo te amo —declaró—. Y no quiero amar sola.
Mirra no pudo evitarlo. Las lágrimas se le escaparon como si fueran un torrente desbordado. Rio sin ser capaz de dejar de mirar a Amanda. Se abrazó a ella por puro impulso y necesidad. Y fue correspondida con una ternura que a ella le pareció infinita.
—No amas sola —le dijo con la cara hundida en su cuello—. No amas sola —levantó la cabeza y buscó el azul de sus ojos. Ese azul que adoraba y en el que gustaba perderse—. Yo también te amo —declaró.
Amanda ya lo sabía, aun así, su corazón dio unos cuantos saltos mortales en su pecho porque, en ese momento, rebosaba de amor y felicidad.
El mismo amor, la misma felicidad, que reflejaban los ojos de la mujer entre sus brazos.
Ninguna de las dos podía verlas, pero, por pura magia… la magia del amor, dos mil grullas de papel volaban a su alrededor.
Senbazuru.
Los milagros habían sido concedidos.