46
Mirra se hallaba en el mundo de Morfeo; sin embargo, aun en sus sueños, sintió el suave roce en la zona de las cejas. Un roce que adoraba y al que se había acostumbrado.
Entreabrió los ojos, todavía sintiéndolos pesados. Se encontró con la mirada azul de Amanda, que le sonrió al verla despertar.
—Buenos días —susurró, acariciándola otra vez en la ceja, donde aún no brotaban los vellos.
El reloj casi marcaba las nueve y ellas seguían en la cama.
Amanda llevaba casi una hora despierta; como siempre le costaba levantarse, al estar sin trabajo y al lado de Mirra, ni de lejos se atrevió a moverse.
Solo se dedicó a contemplarla a placer, grabando en sus retinas cada curva del rostro de la mujer que amaba.
La ojinegra sonrió y volvió a cerrar los ojos, perdiéndose en la tierna caricia.
—Buenos días —respondió con voz ronca y pesada. Volvió a abrir los ojos—. ¿Qué haces?
—Te miro dormir.
—¿Toda hinchada y con los ojos sucios?
Amanda rio.
—Toda hermosa —la otra mujer gruñó una protesta por su declaración y ella no pudo más que ampliar su sonrisa—. Pensé que tus cabellos tardarían menos en salir —comentó.
Los ojos de Mirra se abrieron como platos. Al instante, se tocó la cabeza; no tenía la pañoleta. En algún momento de la noche la había perdido.
— ¡Chort! —gruñó, un segundo antes de cubrirse con la sábana por completo.
—¿Se te salió la vena rusa? —preguntó Amanda, entre risas.
Mientras tanto, Mirra tanteaba a ciegas en la cama, buscando la pañoleta.
—Sí, a veces se asoma —respondió.
—Mirra, ya déjalo —le pidió, intentando descubrirle la cabeza otra vez—. Llevo una hora mirándote sin la pañoleta.
—No quiero que me veas así.
—¡Por Dios! Ya te vi y sigo enamorada de ti.
La ojinegra detuvo su búsqueda, pero no se destapó la cabeza.
—¿Por qué eres así? —se quejó.
Amanda frunció el entrecejo.
—¿Así cómo?
—Dulce. Me viste calva y sigues enamorada de mí. ¿Tienes idea de cuánto acabas de derretirme?
La arquitecta no dijo nada, pero no dejó de sonreír. Finalmente, ella tanteó en busca también de la pañoleta sobre la cama; al dar con ella, se la pasó por debajo de las sábanas.
En cuanto Mirra se la puso, se destapó la cabeza.
—¿Tienes idea de cuánto me derrites? —insistió—. No lo sabes, ¿verdad?
Amanda alzó las cejas.
—Estoy casi segura de que lo mismo que tú a mí, con pañoleta y sin ella —respondió.
Mirra la miró, pasmada. Al parecer, la mujer que tenía enfrente, desnuda, con el cabello revuelto y la sonrisa más hermosa que le había visto hasta ese momento, parecía no entender que lo que le decía provocaba que su corazón diera saltos mortales en su pecho.
Ella hundió los hombros y soltó un suspiro.
—Imagino que sí —se rindió.
La arquitecta rio antes de lanzarse hacia ella y besarla.
***
Amanda se había vestido y se hallaba en la cocina, mirando el refrigerador, considerando sus opciones para el desayuno. Antes, vio dos barras de pan en la encimera; puso los ojos en el queso, el jamón y la tocineta.
—Perfecto.
Sacó los embutidos y lo dejó todo sobre la encimera. Mientras cortaba el pan, pensaba en la entrevista que tenía programada para ese día. Quería pasar algo de tiempo con Mirra antes de regresar a su apartamento para alistarse.
Cuando Mirra salió de la habitación, tanto el café como el té, estaban listos; y los improvisados sándwiches, servidos.
—Gracias —susurró Mirra cuando recibió el té en sus manos.
La arquitecta le dio un beso en los labios.
—De nada.
Se sentaron en la barra a comer.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Mirra, mientras le untaba algo de margarina al pan.
—Solo un poco —reconoció la rubia, justo antes de darle el primer mordisco a su sándwich.
—Estoy segura de que lo harás bien. Y si no te contratan, son unos idiotas.
Amanda sonrió.
—Gracias, mi amor —le lanzó un beso en el aire—. Lo que me duele es que ya no trabajaré con Charlotte. La voy a extrañar.
—Tal vez ella pueda renunciar a la firma. Después de lo que te hicieron, yo no querría trabajar allí.
—No me hicieron nada, Mir. Fui muy irresponsable al irme como lo hice. Harper tuvo razón en despedirme.
—Pero no te escuchó —alegó Mirra.
—Ya nada puede hacerse, mi amor.
La ojinegra torció los labios.
—Tenemos que celebrar si te contratan —dijo.
La arquitecta sonrió.
—Lo haremos —aseguró, guiñándole un ojo.
Después de desayunar, Amanda se encargó de lavar los platos y dejar todo en su lugar.
—Yo podía hacerlo —afirmó Mirra, cruzada de brazos—. Ya estoy más fuerte.
—Lo sé, pero quería hacerlo yo —Amanda la tomó de la mano y le dirigió hacia el sofá. Tomó asiento e hizo que ella se acomodara en su regazo; la abrazó con una infinita ternura y la besó en la sien—. Te amo —susurró.
La ojinegra hundió la cara en su cuello y la besó debajo de la oreja.
—Yo también te amo. Inmensamente —declaró, perdida en el aroma de su piel.
—¿Te confieso algo?
Mirra levantó la cabeza para mirarla.
—Sí.
—Quiero quedarme así, contigo —dijo, mirándola—. No me importa perderme esa entrevista.
—A mí me encantaría que no te fueras, pero tienes que ir. ¿De acuerdo?
La arquitecta sonrió.
—Sí, mi amor.
—Ya hablaremos de tu mudanza después de que te contraten. Necesito que te centres en esa entrevista.
Amanda se quedó con la boca abierta.
—¿Mi mudanza? —preguntó, asomando una sonrisa cargada de incredulidad y sorpresa a partes iguales.
Mirra asintió con determinación.
—Sí. Mi apartamento es más grande —afirmó de plano.
—¡Oye! —se quejó la rubia.
—Es cierto.
Amanda alzó las manos.
—Pausa —pidió—. Aclaremos esto. Hacemos el amor una vez, ¿y ya debo mudarme contigo? —la pregunta la acompañó una ceja arqueada.
Mirra asintió con una seguridad única.
—Está en algunos de los estatutos que rigen la ley de las lesbianas —señaló.
La arquitecta entornó los ojos.
—Te lo estás inventando.
Su mujer sonrió.
—Sí, pero te quiero conmigo. Con estatutos o sin ellos.
Amanda guardó silencio y se quedó mirándola, con una mezcla de sorpresa y ternura. Suspiró hondo, antes de volver a encontrar su voz.
—¿Ahora quién derritió a quién? —le preguntó.