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Para Amanda fue más que placentero besar, lamer, succionar, los senos de Mirra; pero su mayor satisfacción fue sentirla debajo de sí, retorciéndose, gimiendo, buscando liberarse de su agarre.
Se movió sobre ella, friccionando sus pieles.
Solo una última prenda se interponía entre sus sexos y, de pronto, tuvo la urgente necesidad de hacer desaparecer esa frágil barrera.
Amanda abandonó el seno que atendía, se desplazó hacia el centro de su pecho y ahí posó los labios antes de trazar pequeños círculos con la lengua mientras buscaba el contacto con sus ojos.
Ella sonrió al ver a Mirra levantar la cabeza.
Por fin le soltó las manos, entonces las suyas se deslizaron por los costados de su cuerpo con una única misión.
La ojinegra tragó saliva cuando sintió los dedos de la arquitecta colarse por el borde de su panti y luego empezar a bajarlo. Le sostuvo la mirada mientras ella se deslizaba por su cuerpo hacia abajo; unos instantes después, la liberó por completo de la prenda íntima.
Amanda rompió el contacto visual solo para contemplar la desnudez de Mirra. Sus ojos la exploraron con parsimonia, disfrutando de la vista; cuando volvió a tenderse sobre ella, buscó su boca.
—Hermosa —susurró, rozándole los labios mientras le separaba las piernas y se acomodaba entre ellas.
Mirra le acunó el rostro antes de besarla. Sus gemidos se confundieron y sus corazones galoparon con la misma fuerza.
Amanda trazó con dedos temblorosos ese triángulo que la atraía como la luz a una luciérnaga. Sintió el calor que brotaba de allí y se estremeció. La ojinegra abandonó su boca porque necesitó aire, entonces sus miradas se enlazaron en medio de la intimidad que las envolvía.
Amanda deslizó dos dedos entre sus pliegues; los encontró desbordados de humedad. Se tensó, apretó los dientes y murmuró algo que Mirra no entendió, justo antes de hundir el rostro en el hueco de su cuello. Las dos gimieron de placer; las dos se estremecieron.
Mirra elevó la pelvis, yendo al encuentro de los dedos que la exploraban, aceptándolos.
Uno de ellos se movió, buscando su clítoris; cuando lo encontró, su cuerpo se tensó y ella hundió las uñas en la piel de los hombros de Amanda.
Se aferró a ella como a un salvavidas. La tormenta que la azotaba era celestial y, aunque no quería escapar, necesitaba asirse a algo porque sintió que acabaría flotando en algún lugar lejano, más allá de las nubes.
Los dedos de Amanda se movieron con una delicada destreza entre sus pliegues, jugueteando un poco con su clítoris antes de bordear su hendidura una y otra vez.
—Amanda —jadeó contra su oreja—. ¡Dios!, Amanda, me torturas.
La arquitecta buscó su boca otra vez; lamió sus labios entreabiertos mientras trazaba círculos lentos en la entrada de su vientre. Con cada giro, sus dedos se adentraban un tanto más en su hendidura hasta que la penetró por completo y presionó.
Mirra elevó la pelvis, recibiéndola en su vientre, entregándose a Amanda por entero. La abrazó y con los ojos cerrados, también le entregó su boca. Su pesada respiración le quemó cuando sus labios se unieron, y tembló. La entrega no era solo de ella, era de las dos.
Amanda comenzó entrar y salir de su vientre, con movimientos lentos, pero firmes, impulsada por la lenta danza a la que se amoldaron sus cuerpos.
La fricción empujaba su mano cada vez, alcanzado la profundidad del vientre de Mirra, que jadeaba pesadamente contra su boca.
El fuego las abrasaba, amenazaba con devorarlas; podían sentir su calor en la humedad de sus pieles.
Eran una vibrante masa de carne y sudor, buscando la cumbre del placer.
La ojinegra gimió fuerte; en su vientre podía sentir los dedos de Amanda entrando, saliendo, escudriñando, como si quisieran arrancarle hasta el último vestigio de gozo.
No podía pensar, solo entregarse al fuego, al ardor de su piel.
Un nuevo beso de Amanda le arrancó otro gemido.
La sensibilidad de su vientre se intensificaba a cada segundo, provocando su delirio.
Se aferró con fuerza a su espalda cuando la abrazó con las piernas.
Mirra echó la cabeza hacia atrás y arqueó la espalda cuando la explosión en su vientre la lanzó con intensas oleadas de placer a la cima del clímax.
Ella no sabía qué sucedía; sentía que flotaba como si fuera una pluma mecida por el viento, luego que caía a la más alta velocidad.
Era todo eso y nada a la vez. Era cada poro de su piel explotando con cada palpitar de su vientre.
Amanda gimió sobre ella al sentir las pulsaciones que le aprisionaron los dedos y la calidez de más humedad desbordándose, bañándola.
El ardor en su sexo era delirante y solo deseó extinguirlo de la única manera posible, pero cuando el cuerpo entre sus brazos quedó inerte, agitado, su anhelo quedó en un segundo plano.
Agitada, Mirra entreabrió los ojos; en ese momento, su ser entero era una masa amorfa. No estaba segura de poder moverse, aunque su pecho subía y bajada, agitado todavía por el terremoto que acababa de azotarla.
—Estoy bien —susurró, volviendo a cerrar los ojos.
Ella sintió los labios de Amanda rozar los suyos y sonrió.
—¿Estás segura?
Mirra asintió y asomó una media sonrisa.
—Sí —respondió. Podía sentir el calor brotar de la piel de Amanda. Cuando volvió a mirarla, le acunó el rostro y la besó—. Deja que me ocupe de ti.
La arquitecta jadeó. Se movió lo justo para tomarle su mano hábil y colocarla donde la necesitaba; a la altura de su muslo.
Amanda se acomodó sobre su mano y Mirra irguió los dedos; con un suave movimiento, se deslizaron en su hendidura. Y la danza se reinició. Una danza que unía dos cuerpos, extendiéndolos más allá de lo físico. Más allá de la realidad.
Esta vez fue Amanda quien se aferró a los hombros de Mirra; su cuerpo necesitaba su liberación con urgencia. Su corazón era un ferrocarril sin frenos y su respiración eran pesados jadeos que llenaban la habitación. El fuego creció voraz, desbordándolo todo.
Amanda apretó los dientes y gruñó cuando el orgasmo estremeció su vientre; apretó entre sus muslos la mano que la poseía y el placer la absorbió, lanzándola al infinito. Un segundo antes de caer rendida sobre Mirra, sus ojos se encontraron y las dos supieron que ya nada podría separarlas.