Mil grullas de papel 41
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—Y yo de ti, créeme —susurró Mirra y la besó.

Volvieron a besarse de esa manera tierna que solo ellas sabían hacerlo. Se sonrieron tras romper el contacto. Mirra la dirigió hacia el sofá sin soltarle las manos. Se sentaron, una frente a la otra.

—Me gusta cómo te ves —dijo Amanda, tocándole la punta de la nariz—. Pareces más fuerte.

Mirra sonrió con mesura. Las mejillas se le tiñeron ligeramente de carmín.

—Gracias.

—Y… —la arquitecta olfateó el aire— huele delicioso.

La sonrisa de la mujer frente a ella no pudo ser más amplia.

—Hice la cena.

—Oh, la cita es completa.

Mirra rio.

—Por supuesto.

—Creí que solo sería un infinito intercambio de besos —dijo Amanda, encogiéndose de hombros con un aire inocente.

La ojinegra soltó una carcajada.

—Están incluidos, pero después de la cena —acotó.

—Perfecto. Las citas me gustan con muchos besos.

—Entonces fue una buena idea pedírtela, porque me gustan tus besos.

Las cejas de Amanda se alzaron, luego rio.

—Creo que me sonrojaré.

Mirra fue testigo de cómo el rubor le inundó el rostro y lo adoró. Amanda parecía tan segura de sí misma, que verla sonrojarse, en especial por algo que ella le dijo, le resultaba tan increíble como adorable.

—Un poco, sí. Pero me encanta —declaró mirándola a los ojos, luego se acercó y le dio un beso en los labios—. ¿Quieres vino? Te acompañaré con sidra. Papá me consiguió una buena marca con baja graduación de alcohol.

—En ese caso, lo aceptaré.

Mirra sonrió complacida.

—Dame un minuto —le pidió, luego se levantó y se dirigió a la cocina.

Amanda la siguió con la mirada, sin dejar de sonreír. Desde que llegó, no le pasó desapercibido la suave música de fondo. Era una mezcla de temas clásicos de pop romántico. Supo que en cualquier momento sonaría Everlong .

De pronto, la arquitecta se fijó en un detalle; en la barra de la cocina estaba preparada con lo que parecía ser una mesa, sin mesa, para dos.

Se levantó sin apartar la vista de los platos, los cubiertos y el amplio vaso de cristal relleno con piedrecillas blancas; sobre estas, había una vela.

Ese sencillo detalle, otorgaba una íntima atmósfera romántica.

Amanda permaneció unos instantes en silencio, contemplándolo todo. Después buscó la mirada de Mirra, que la observaba a la expectativa mordiéndose el labio inferior, con las copas en una mano y la botella de vino en la otra.

—Quise darle un toque romántico con la vela —dijo.

La arquitecta sonrió de lado antes de acercarse a ella. Mirra dejó las copas y la botella sobre la encimera, y sus manos libres se posaron en las caderas de Amanda cuando se pegó a su cuerpo.

—¿Además de la música de fondo?

La ojinegra sonrió antes de asentir. Amanda no pudo resistirse a besarla. Sus labios se encontraron en un beso húmedo, intenso, que agitó sus sangres en segundos. Sus lenguas se encontraron como si se necesitaran para existir, provocando que ambas gimieran por el más exquisito placer.

Amanda rodeó la cintura de Mirra, y las manos de esta volaron desde las caderas hasta su nuca, donde hundió los dedos en los sedosos cabellos. Entre sus cuerpos no cabía ni el aire, ese que se calentaba a su alrededor, agitándoles la respiración.

El calor las envolvió y sus bocas exigían perderse en él, en los deseos de los que hablaban sus labios, pero Mirra fue quien apaciguó esta vez el fuego que las atenazaba.

—La cena —jadeó contra la boca de Amanda—. La cena. No podemos olvidar la cena.

La otra mujer sonrió contra sus labios.

—¿La cita no va como la planeaste? —bromeó.

Mirra la golpeó en el hombro antes de separarse de ella.

—Me estás saboteando.

—Es divertido —dijo y le plantó un beso fugaz en la boca—. Deja que yo sirva —intentó hacerse con la botella para descolcharla, pero Mirra se lo impidió.

—Permíteme, por favor.

La arquitecta sonrió, dejándola ser la anfitriona. Mirra sacó una segunda botella del refrigerador; una más pequeña, luego buscó un sacacorchos. Todo bajo la atenta mirada de la otra mujer.

—No te pongo nerviosa, ¿cierto? —habló Amanda, al ver un ligero temblor en los dedos de Mirra cuando destapaba la botella de sidra.

—Un poco —admitió ella, mirándola.

La arquitecta sonrió, pero no dijo nada. Unos segundos después, Mirra vertió vino en una de las copas, y sidra en la otra. Ella buscó la mirada azul cuando agarró la copa de vino; acortó la distancia entre las dos y le ofreció la bebida.

—Gracias —susurró la arquitecta, perdida en los ojos negros.

La ojinegra alzó su copa.

—Por nuestra primera cita.

Los labios de Amanda se curvaron con una sonrisa tan sexy , que la vista de Mirra tuvo que descender a su boca, a pesar de que estaba fascinada con su mirada.

—Por nuestra primera cita —repitió la arquitecta—. La primera de muchas.

Mirra buscó sus ojos otra vez. El brillo que encontró en ellos le habló de mil anhelos conjugados en uno solo.

Con sus miradas enlazadas, bebieron de sus copas. Ninguna de las dos prestó atención al sabor, a la acidez, a nada; porque eran sus corazones agitados lo que llenaban su universo en ese instante. El universo único y exclusivo de Mirra y Amanda.

La arquitecta reconoció en la música de fondo las primeras notas de Nothing else matters ; con la misma lentitud de esas primeras notas, volvió a rodear la cintura de Mirra, estrechándola contra su cuerpo con una suavidad seductora.

Y así, a ese lento ritmo, bailaron, meciéndose con los acordes de las guitarras y la percusión de la batería.

Mirra la rodeó por los hombros, cuidando no derramar su copa. Los labios de Amanda rozaron su cien con delicadeza.

—Esto me encanta —declaró la arquitecta.

—A mí también —susurró Mirra. La canción se acercaba a su final cuando ella volvió a hablar—. ¿Amanda?

—¿Sí?

—Quédate esta noche —pidió. La rubia se separó lo suficiente para mirarla—. Y no solo para dormir.

La arquitecta alzó las cejas, aunque no pareció sorprendida.

—¿Te confieso algo?

—Sí —Mirra la miró, a la expectativa.

—Quería quedarme —dijo—. Y no solo para dormir.