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Después de cenar, las dos terminaron tendidas en el sofá; Amanda apoyando la cabeza del reposabrazos, con su tercera copa de vino en la mano derecha, mientras que con el brazo izquierdo rodeaba por el abdomen a Mirra, que yacía encima de ella, con la cabeza recostada a la altura de su hombro.
Llevaban un buen rato conversando de todo y nada a la vez; como tantas veces lo hicieron desde que se conocieron. Hasta que el silencio las rodeó por unos instantes. Un silencio cómodo, necesario para disfrutarse, para saber que estaba la una con la otra, incluso, sin palabras.
—Esto no puede ser más perfecto —susurró Amanda al oído de Mirra.
Esta giró un tanto la cabeza y le rozó la barbilla con la nariz; aspiró el aroma de su piel. Un aroma que la embriagaba; se le colaba en la sangre, haciéndola bullir.
—Ni más sensual.
La arquitecta rio, hundiendo la nariz entre sus cabellos.
—No puedes dejar de ser tan directa, ¿eh?
—¿Qué dije? Para mí es supersensual estar así contigo. Sentir tus senos en mi espalda, tu calor. ¿Para ti no lo es?
Amanda alcanzó a dejar la copa en el piso y la rodeó con los dos brazos.
—Para mí es sensual el solo verte —le dijo al oído otra vez.
Mirra se estremeció con la calidez de su aliento. Ella ladeó más la cabeza y Amanda la bajó. Sus bocas se encontraron en un beso suave, en el que sus labios se amoldaron a la perfección, como siempre lo hacían.
La arquitecta aspiró profundo, como si en los labios de la otra mujer hubiese hallado esa molécula de oxígeno que buscó toda su vida para continuar respirando.
Mirra levantó una mano y la deslizó por su mandíbula, siguió por su mejilla hasta que alcanzó su nuca, donde hundió los dedos como si intentara aferrarse a un salvavidas.
Mirra saboreó en la lengua de Amanda el dulzor del vino y fue como si se hubiese embriagado con ella. A medida que transcurrían los segundos, el beso fue agitando sus respiraciones, porque en él rebosaba el amor, la pasión, el deseo.
Fue Amanda quien abandonó los labios de Mirra, pero apenas se separó lo necesario para hablar.
—Ya es hora de dormir, ¿no? —preguntó con la voz ronca y el ardor de la avidez brillando en sus ojos.
Mirra sonrió contra su boca.
—¿De veras quieres dormir?
Amanda asintió con énfasis.
—Mju.
Mirra rio más.
—De acuerdo —concedió—. Vamos —dijo mientras se movía para levantarse con el debido cuidado, consciente de las limitaciones de sus fuerzas.
La arquitecta tragó saliva cuando ella le tendió la mano. Sus miradas se encontraron y, sin dudar, la aceptó. La ojinegra sonrió cuando advirtió el ligero temblor en sus dedos. Entonces se acercó y la rodeó con los brazos por el cuello.
—No traje pijama —comentó Amanda con un hilo de voz.
Mirra sonrió.
—Te prestaré todas las que quieras —dijo pegada a sus labios, con la mirada clavada en la suya.
Ahora fue Amanda la que rio. La ojinegra le encantaba; le fascinaba esa manera sencilla con que bromeaban, con que se seducían, con que se mostraban las ganas que se tenían. Sin máscaras. Sin reservas.
La rubia simplemente la besó. Esta vez sus bocas sabían que el camino que recorrerían a partir de ese instante las conduciría a las nubes, al cielo, a la más alta cima que puede alcanzar la piel cuando no solo es presa del deseo, también del amor.
Fue Mirra quien las guio casi a ciegas hacia la habitación. Con pasos lentos porque las ansias, las incertidumbres habían quedado atrás. Se movieron como si hubiesen practicado toda su vida para avanzar mientras sus bocas eran las que controlaban cada uno de sus pasos.
A tientas, Mirra atinó a poner la mano en el pomo y abrió la puerta de la habitación mientras Amanda la levantaba unos centímetros del suelo; los suficientes para girar con ella en sus brazos y adentrarse por completo en el lugar donde ansiaban darle rienda suelta al deseo que las colmaba.
Amanda estaba perdida en la boca de Mirra, en la manera como su lengua se enredaba con la suya, pero no por eso dejaba de estar atenta a cada una de sus reacciones porque su organismo todavía padecía los efectos de las quimioterapias.
Sin embargo, las sensaciones de su cuerpo, esa ansia que la atenazaba, la punzada en el centro de su ser, guiaban sus manos, sus besos.
Sus labios apenas se habían separado desde que se encaminaron hacia la habitación. Las respiraciones de ambas estaban agitadas; el calor las envolvía, haciendo pesada cada bocanada de aire que buscaban.
—Dios, Mirra —jadeó Amanda, abandonando con pesar su boca.
La ojinegra hundió los dedos entre sus cabellos cuando sus labios descendieron por el centro de su cuello, besando, dejando ardor a su paso por su piel. El cuerpo entre sus brazos se arqueó contra ella cuando fue su lengua quien tomó el mando y lamió la base de su cuello.
El calor que brotaba de sus pieles provocó que la ropa les empezara a estorbar; en especial, después, que las manos de Amanda bajaron los tirantes y se escurrieran por debajo de la tela de la camisa que Mirra vestía.
Sus dedos recorrieron su columna, ascendiendo como los más expertos escaladores, para luego caer en picada hasta sus caderas, arrastrando, a su paso, gemidos y estremecimientos que avivaban las llamas del deseo.
Mirra sentía que moría con cada caricia. El calor que le provocaban las manos de Amanda la derretían de una manera inédita para ella, por eso las vivía como si estuviera tocando los colores del arcoíris; como si volara por encima de las nubes. Como si fuera parte del universo.
—Necesito tocarte más —declaró mientras volvía a arquearse contra el cuerpo de la arquitecta.
Amanda ascendió por su cuello hasta llegar a su boca otra vez; le rozó los labios y buscó su mirada.
No fueron necesarias más palabras. Mirra se hizo con el borde del suéter que ella vestía y lo deslizó hacia arriba.
La mujer alzó los brazos y, tan solo dos segundos después, la prenda cayó a sus pies.
Mirra se perdió en la vista del pecho de Amanda subiendo y bajando, agitado. Ella se perdió en esa vista y la Tierra continuaba girando, pero su mundo, su universo, estaba detenido en ese momento. En ese instante con el que tanto soñó.