Mil grullas de papel 40
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“¿Una cita conmigo?”

Mirra sonrió al leer el mensaje de Amanda.

Hacía alrededor de quince minutos que le había escrito que quería una cita con ella; así de plano, así de directa.

Esperó con impaciencia su respuesta, pues, aparte de saber que aceptaría su invitación, también que, de algún modo, bromearía.

Le encantaba la manera como a veces jugueteaban.

Ese era otro aspecto que le atraía de la arquitecta, lo divertida que era.

“Sí, en mi apartamento. A las ocho”.

Escribió sin dejar de sonreír. Amanda continuaba en línea en la aplicación y en el chat, así que leyó el mensaje al instante.

“Además, en tu propio territorio. Interesante”.

Ella rio.

“¿Te pone nerviosa?”.

“Nerviosa, precisamente, no”.

Mirra soltó una carcajada esta vez.

“¿Entonces cómo te pongo?”.

“Ya lo sabrás en la cena”.

Ella se mordió el labio inferior. Pudo imaginar a Amanda respondiendo eso con un tono sugerente y una mirada brillante. Una punzada de deseo la golpeó en su zona más íntima.

“Comeré ansias hasta las ocho”.

Amanda le envió un emoji que soltaba lágrimas de tanto reír.

“No comas ansias. Guarda algo de apetito para mí”.

—Amanda, no digas esas cosas que me matas —dijo Mirra, mordiéndose el labio inferior, sin apartar la vista de la pantalla.

“Eres malvada”.

La arquitecta le envió otra vez el emoji riendo, luego uno que le guiñaba el ojo y le daba un beso. Unos segundos después, dejó de estar en línea.

Mirra suspiró hondo y dejó el teléfono a un lado, sobre la cama.

Continuaba preocupada por lo que sucedió con el trabajo de Amanda.

Por eso quería, de algún modo, distraerla; aunque la cita a la que la invitó también tenía una segunda intención, aparte de esa.

Ella quería disfrutar de su compañía, besarla, mirarla a los ojos, enamorarse más.

La ojinegra no era muy diestra en la cocina, sin embargo, se defendía; en especial, con algunos sencillos platos rusos que aprendió de su padre. Deseaba, de cierta manera, sorprender a Amanda. Que dejara de percibirla frágil, al menos un poco.

Con la invitación ya hecha, Mirra se puso manos a la obra.

Antes de ir a su apartamento, ella y su padre pasaron por un supermercado para proveer sus despensas después de meses de ausencia; además, se aseguró de comprar todos los ingredientes para el plato que había planeado.

Pollo Kiev. Un plato sencillo, pero que, bien presentado, era perfecto para una cena romántica, como la que tenía en mente con la mujer que le robó el corazón.

Mirra inició con lo más importante, la mantequilla de ajo; quería darle el sabor justo.

Al igual que su padre, ella no medía ingredientes, solo se dejaba llevar por su instinto y cantidades al ojo.

Mezcló la mantequilla con ajo picado y perejil, luego lo metió en el refrigerador.

Lo siguiente fue hacerle los cortes a la pechuga de pollo, la condimentó un poco y preparó tres platos; uno con harina, otro con huevo y, el último, con pan rallado.

A continuación, se dispuso a preparar los vegetales salteados con los que acompañaría el pollo.

Cuando la hora de la cita se acercaba, ya Mirra lo tenía todo listo; solo le faltaba empanizar el pollo y freírlo.

Entonces fue su turno de alistarse; entró al baño y se dio una ducha.

Para la ocasión, eligió un pantalón de lino, de color negro, que le quedaba lo bastante ajustado para moldear las formas de sus piernas.

Lo combinó con una camisa sin mangas, azul marino oscuro.

Y como adoraba los estilos audaces, se puso unos tirantes del mismo tono que la camisa.

Unas zapatillas blancas, de estilo casual, complementaban su imagen.

Se cubrió la cabeza con una pañoleta negra.

Para cuando el reloj marcó las ocho, ya el pollo había pasado por la sartén y ella terminaba de cocerlo en el horno. En el refrigerador tenía una botella de vino; el favorito de Amanda. ¿Cómo no tenerlo? El corazón lo tenía acelerado desde hacía rato. Esa era su primera cita. ¡La primera!

El intercomunicador sonó y Mirra sintió que cada átomo de su ser tembló. Fue a la puerta y contestó el llamado.

—¿Sí?

— Servicio de citas —respondió Amanda.

Mirra rio.

—Adelante, por favor —dijo, y pulsó el botón que le daba acceso al edificio.

De pronto, la invadió la inseguridad. ¿A Amanda le gustaría su estilo?

Se miró las zapatillas y se tocó los tirantes.

Ya solo le quedaba tiempo de quitarse los tirantes; rápido se llevó las manos a la espalda para soltar las pinzas de atrás, pero las desgraciadas parecían haberse cosido al pantalón.

Ella todavía luchaba con la pinza de atrás cuando la arquitecta tocó a la puerta. Sorprendida, ni siquiera pensó, abandonó su misión y giró el pomo.

Amanda sonrió al verla, luego, su mirada la recorrió de arriba abajo y devuelta, con una lentitud que le erizó la piel. Una ceja rubia se arqueó, sin embargo, la torcida sonrisa que Mirra vio, le dijo que lo que la arquitecta veía, le gustaba. Y mucho.

—Buenas noches —Amanda por fin recordó sus buenos modales.

Pero ella también estaba arrebatadora con su cabello suelto, labios rojos y la silueta de su cintura apenas escondida debajo de la tela transparente de la amplia blusa que vestía.

Mirra tuvo que tragar saliva.

—Buenas noches. Por favor, adelante —la invitó con un hilo de voz. De pronto, sus intenciones de distraerla esa noche en su cita, se estaban convirtiendo en otra cosa.

Amanda le agradeció con un ligero asentimiento con la cabeza; dio un par de pasos dentro. Cuando Mirra creyó que seguiría adelante, ella se detuvo, cerró la puerta y, sin más, acunó su rostro y le dio un beso en los labios. Fue un contacto ligero, casi inocente, aun así, las dos se estremecieron.

—Así está mejor —declaró Amanda, contra sus labios.

Mirra sonrió.

—Sí, bastante mejor —apoyó la causa.

—Estaba loca por verte.

—Yo te he extrañado un mundo.

Amanda respiró hondo, perdiéndose en los ojos negros.

Esos en los que se veía a sí misma y al amor que compartían.

El corazón se le agitó y solo pudo suspirar, necesitando dejar salir lo que él quería expresar con sus fuertes latidos.

Ella le tomó las manos y entrelazó sus dedos sin dejar de mirarla.

—Mirra, yo… —la pausa que hizo no fue por dudas; cuando se trataba de la ojinegra, no albergaba ni una. La pausa fue porque en realidad quería gritar lo que guardaba en su pecho— estoy tan enamorada de ti —declaró.

Mirra volvió a sonreír y, por tercera vez, increíblemente, su corazón se aceleró un poco más.