Mil grullas de papel 39
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Ese día, Amanda pasó parte de la mañana actualizando su curriculum vitae para enviarlo a las firmas de arquitectos más importantes de la ciudad; incluso, remitió uno a la firma a la que renunció cuando Harper Inc.

, le ofreció el proyecto Ola Azul. Tenía una hipoteca que pagar, así que no podía dormirse en los laureles, aunque contaba con algunos ahorros para vivir, al menos, unos cinco meses.

Esperaba contar con un poco de suerte y no tener que tocarlos.

Sabía que ese día Mirra regresaría a su apartamento, ella se lo había dicho la noche anterior, cuando la llamó para darle las buenas noches.

Era motivo de celebración, aunque, por un lado, le daba miedo saberla sola; y, por el otro, podía imaginar la tristeza de Iván al ver a su “pequeña” marcharse. Lo bueno era que se iba sana.

El resto de las primeras horas del día se le fueron en adecentar el apartamento. Entre el trabajo y su nuevo amor, apenas había parado ahí.

Sonrió al pensar en “su nuevo amor”. Se había enamorado de Mirra, prácticamente, sin darse cuenta.

Y ahora no podía imaginar su vida sin ella; tal como aquella segunda vez que la vio, tampoco pudo seguir adelante sin saber más de su vida y por eso le pidió su número de teléfono.

El resto era historia; una historia como pocas, pensó.

¿Cuántas personas pueden decir que se enamoraron en un hospital?

Amanda estaba segura de que pocas; por supuesto, sacando de la estadística al personal sanitario.

A mediodía, la arquitecta decidió que no tenía ganas de cocinar; además, tampoco era que tuviera mucho en el refrigerador como para prepararse algo decente.

Como llevaba unos meses sintiendo cierta afinidad por las cosas rusas, se le antojó probar algo más de la gastronomía de ese país.

Todo lo que comió en casa de Iván le pareció delicioso, así que resolvió explorar por sí misma lo que ofrecía Manhattan en cuanto a comida rusa.

Pensó que si localizaba un buen sitio, invitaría a Mirra y a su padre.

Ella se distrajo un rato buscando en el teléfono la mejor opción; se sorprendió cuando encontró varios restaurantes especialistas en la gastronomía rusa.

Solía salir con colegas y amistades a comer, y nunca se tropezaron en su camino un sitio de comida rusa; cosas de la vida.

Dejándose llevar por las reseñas, decidió ordenar al restaurante mejor valorado un Golubtsi, porque le llamó la atención las hojas de col rellenas de carne y arroz; un Pirozhki, bollitos horneados o fritos con varios rellenos.

Y, como postre, porque iba con todo con eso de degustar a placer lo ruso, Medovik, un pastel de capas con miel.

Amanda iba a dejar el teléfono a un lado después de hacer el pedido a delivery , cuando su teléfono comenzó a sonar. El número que apareció en la pantalla no lo tenía registrado como contacto; frunció el entrecejo, un tanto extrañada. Aun así, contestó la llamada.

—Aló.

— Buenas tardes —saludó una mujer de voz aguda—. ¿Hablo con la arquitecta Amanda Gehry?

—Buenas tardes. Sí, soy yo.

— Arquitecta, le hablamos de Merrill + Merril.

Estamos concertando algunas entrevistas con profesionales que cumplen con el perfil de la firma —explicó la mujer.

Y mientras lo hacía, Amanda se levantaba del sofá, como si necesitara estar de pie para creer lo que estaba escuchando—.

Si está interesada, podemos agendarle una entrevista.

Amanda miró a su alrededor, pero sin moverse del lugar, buscando alguna cámara escondida.

—Por supuesto —respondió tras unos segundos de silencio.

— De acuerdo. Entonces la esperamos mañana, a las tres de la tarde.

—Será un placer —dijo.

— Le enviaremos la dirección a su correo electrónico.

—Entendido.

— Hasta luego.

—Hasta luego —se despidió ella también, pero estuvo casi segura de que la mujer no alcanzó a escucharla.

Amanda volvió a sentarse en el sofá como en cámara lenta. No podía creer que, tras apenas unas pocas horas de haber enviado su currículum a varias firmas, ya tuviera una entrevista. Mientras más lo pensaba, más estupefacta se sentía. Vaya que eso era tener suerte.

Una lenta sonrisa se fue dibujando en su rostro. Ni siquiera había recibido su último pago de Harper Inc., y ya tenía la posibilidad de encontrar otro trabajo.

Todavía sin creerlo, agarró su teléfono para escribirle a Charlotte. Su colega iba a flipar.

“¿Adivina quién tiene una entrevista de trabajo mañana?” , escribió sin dejar de sonreír.

Charlotte entró en línea.

“¡No te lo creo!”

Amanda soltó una carcajada. Imaginándose a su amiga con las manos en las mejillas de pura sorpresa.

“Pues créelo”.

“Qué rápida eres”.

Ella le envió un emoji con un gesto presumido.

“Ha sido un poco de suerte”.

Amanda intercambió algunos mensajes más con su colega, luego se despidieron. Ella pensó en llamar a Mirra para darle la noticia, pero, al final, prefirió decírselo en persona, en la noche, cuando fuera a visitarla a su apartamento, tal como habían acordado en su última llamada.

A primera hora de la mañana, Mirra le anunció que ya estaba por irse del dúplex de su padre, así que ya debía estar más que instalada en su apartamento.

Amanda pensó entonces en lo que eso significaba.

Las dos estarían a solas, con las ganas que se tenían como única compañía.

El solo pensarlo provocó que su vientre se encendiera.

—Estaré tan jodida —reconoció para sí misma.