Mil grullas de papel 38
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Mirra halló a su padre sentado en la barra de la cocina, con una taza de café entre las manos. Sus miradas se encontraron en cuanto ella entró.

—Buenos días, papá.

—Buenos días, cariño.

Mirra se acercó y le dio un beso en la frente.

—¿La primera del día? —preguntó, refiriéndose a la taza de café.

—Sí.

Él hizo ademán de levantarse, pero ella lo detuvo.

—Puedo servirme yo misma el té.

—De acuerdo.

Iván la miró moverse por la cocina; extrañamente, su hija parecía más fuerte ese día.

Eso le alegró, pero, por otro lado, también lo acongojó.

La conocía lo suficiente para saber que querría irse cuanto antes; ella siempre fue independiente, impetuosa.

Solo su enfermedad la doblegó y, aun así, la venció.

El cáncer ya no estaba en su cuerpo y esperaba que no regresara jamás.

Mirra se sentó frente a él. Iván la vio bajar la vista a la taza de té, que empezó a hacer girar entre sus manos.

—Dilo —le pidió él.

Su hija lo miró, luego tragó saliva antes de tomar aire.

—No quiero que pienses que te abandono a la primera de cambio —comenzó Mirra, mirándolo a los ojos.

Iván negó con la cabeza.

—Jamás pensaría eso. Me duele que te vayas, me acostumbré a tenerte aquí, a cuidarte —los ojos de su hija se cristalizaron—, pero estoy muy feliz de que puedas irte por tus propios medios y sana.

—Por mis propios medios no, papá —aclaró ella—. Necesito que me lleves.

Iván rio.

—Eres una insolente.

Ella también rio.

—Te voy a extrañar un mundo, papá —declaró la ojinegra, con las lágrimas derramándosele.

Su padre le pasó un brazo por los hombros, acercándose; juntó sus frentes y cerró los ojos.

—Yo más —dijo y fue su turno de darle un beso en la frente.

Cuando se separaron, las mejillas de Mirra estaban completamente húmedas.

—Prometámonos algo —le pidió ella.

—¿Qué?

—Que no importa lo ocupados que estemos, ni las circunstancias, cenaremos cada viernes. Aquí, en mi apartamento, en un restaurante, en la luna, pero juntos.

Los ojos del ruso se humedecieron cuando su sonrisa se asomó. Él asintió.

—Lo prometo —dijo con la voz algo cortada.

Mirra sonrió, complacida.

—Yo también lo prometo.

De pronto, Iván torció el gesto.

—Pero ¿dejarás sola a Amanda todos los viernes?

—Estoy segura de que no le molestará —afirmó. Su padre rio—. ¿Qué?

—Ya veo que tienes planes de futuro con ella.

—Ahora sí puedo tenerlos —dijo con un aire presumido.

—Y yo estoy feliz por eso. Me gusta mucho Amanda.

—A mí más —terció, guiñándole un ojo.

Iván no pudo hacer otra cosa que reír.

—¿Cuándo te irás?

—Esperaba hacerlo la siguiente semana.

Era jueves, así que ella se iría en cuatro días. Iván asintió.

***

Cuatro días después…

El lunes, después de desayunar, Mirra recogió la escasa ropa que tenía en casa de su padre y lo metió en el bolso con el que llegó ahí. En una diminuta maleta guardó los efectos personales. No quiso recoger sus cosas antes porque era doloroso irse, a pesar de todo.

Por su parte, el ruso se encargó de cargar en el auto todo lo que tenía en las despensas para las comidas de su hija; todavía necesitaba seguir una dieta que fortaleciera su organismo.

—¿Estás lista? —le preguntó Iván a su hija después de llevar el bolso y la maleta al auto.

—Sí.

Iván asintió. Mirra se acercó y lo abrazó fuerte; él era tan alto, que su cabeza quedaba acunada perfectamente bajo su mentón. Su padre la rodeó con sus fuertes brazos y posó los labios en su cabeza.

—Gracias por permitirme cuidarte —le agradeció él.

Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Gracias por querer hacerlo.

—Me hubiese gustado que tu madre me acompañara a hacerlo.

—A mí también —declaró y volvió a bajar la cabeza, estrechándolo un poco más fuerte.

—Pongámonos en marcha. Sé que estás desesperada por librarte de mí.

Ella rio.

—No te imaginas cuánto.

Él también rio; le dio un beso en la frente y luego se pusieron en marcha. De camino a su edificio, Mirra tuvo que escuchar a su padre recordarle todos los cuidados que debía tener y que no olvidara sus medicamentos ni vitaminas.

—Estarás sola, Mirra.

—Lo sé.

—¿O Amanda se mudará contigo? Eso me dejaría más tranquilo.

—Es muy pronto, papá —aclaró.

Iván bufó.

—Estoy seguro de que se casarán en tres meses —se burló.

—Oye, nadie se está casando aquí.

—Máximo seis meses.

Mirra rodó los ojos.

—Que nadie se va a casar.

—¿Y si Amanda te lo pide?

—Que no, papá. Y de darse el caso, yo se lo pediré a ella —aclaró.

—¿Cómo lo harás?

La ojinegra lo consideró.

—Tal vez frente a una playa —respondió, distraída—. De otro estado, eso sí. Las de acá no son bonitas —comentó, pero al segundo se sobresaltó—. ¡Papá! Haces que hable de cosas que no sucederán —lo regañó.

Iván rio.

—Podrías darle el anillo de tu madre. Eso me gustaría mucho.

Mirra lo miró, sorprendida.

—¿El anillo de mamá?

—Sí.

Ella miró al frente, pensándolo.

—Me encanta el anillo de mamá —reconoció.

—Entonces está hecho —dijo, encogiéndose de hombros.

De la nada, ante Mirra se formó la escena.

Amanda y ella frente a una playa.

Ella poniéndose de rodillas, pidiéndole unir su vida a la suya.

Ella deslizando el anillo por su dedo después de recibir un “sí” como respuesta.

—Papá, me estás poniendo ideas en la cabeza. Ni siquiera sé que piensa Amanda del matrimonio.

—Pregúntale.

—Ni siquiera tenemos una semana como novias —le recordó.

—Tú solo pídeselo.

—En primer lugar, nada de bodas por el momento —pidió—. Y, segundo, ella debe estar centrada en su situación laboral.

—Oh, cierto. Es una pena que perdiera su trabajo.

—Sí, lo es.

Mirra imaginó lo triste que debía estar Amanda.

Unas de las primeras cosas que ella le dijo cuando empezaron a conocerse, fue que le encantaba su trabajo y que estaba feliz de pertenecer a esa firma de arquitectos.

Le dolía que la hubiesen despedido. No conocía a Bill Harper, pero sentía que lo odiaba, aunque no era sano para ella albergar ese tipo de sentimientos.

Mirra decidió que después de acomodarse en su apartamento, la llamaría; apenas habían hablado por chat ese día, aunque era temprano. Necesitaba escucharla, saber que estaba bien.