37
La realidad golpeó a Amanda sentada en una de las mesas de France Gourmet .
Tras poco tiempo en Harper Inc., había sido despedida.
Su carrera era, relativamente, corta, era cierto, pero no por eso dejaba de doler menos salir de la firma de esa manera.
Ante sus ojos se desmoronaba su plan de ganar experiencia en esa firma para luego crear la suya.
Incluso, en medio de su desilusión, la idea la hizo sonreír.
Miró la taza de café frente a ella, pensando que le hubiese gustado explicarle a Bill Harper la razón por la que se fue de esa manera de la zona de construcción. Tal vez debió llamarlo después de saber que Mirra estaría bien.
—Sí, debí hacerlo —susurró, agarrando la taza para beber un sorbo de café.
En ese momento, su teléfono comenzó a sonar en el bolsillo de la chaqueta de jean que usaba encima de una camisa de color blanco. Rogó porque no fuera Mirra; respiró aliviada al leer el nombre de Charlotte en la pantalla.
—Aló —contestó.
— Amanda, ¿cómo estás?
Por el tono de voz, ella supo que su compañera ya se había enterado de su despido.
—¿Lo sabes? —preguntó a cambio.
— Acabo de enterarme —la nota de pesar fue evidente en la voz de Charlotte—. Ese idiota.
Amanda sonrió.
—Que no te escuche. Recuerda que todavía es tu jefe.
— Es un idiota —afirmó la morena con convicción—. ¿Qué harás?
—Ahora mismo, no lo sé —respondió, mirando la carta donde la despedían—. Pero estaré bien. Tal vez pueda regresar a la firma donde trabajaba antes.
— Eso sería retroceder.
—Un poco, sí —reconoció.
— Muchos del medio saben que estabas a cargo de este proyecto. Estoy segura de que te querrán en sus empresas después de pasar por Harper Inc.
—Tal vez lluevan ofertas —bromeó Amanda, riendo.
— Sé que así será. Y cuando te hagan una buena oferta, me llevas contigo, así le dejo todo este lío a Harper y que se joda.
La rubia rio.
—Nada de eso, amiga. El proyecto Ola Azul es muy importante, no querrás perdértelo. Es más, te pido que no lo dejes por nada del mundo.
— Mmm…
—En serio, Charlotte.
— Me lo pensaré —dijo—. Ahora, ¿qué tal tu chica? ¿Ya está en casa?
Amanda sonrió al instante.
—Sí. Y los médicos confirmaron que el cáncer está en remisión —le informó. La noche previa, ella la había puesto en contexto sobre la situación de salud de Mirra.
— Eso es genial.
—Y ya tenemos una relación formal —le anunció.
— Oh, ya puedo imaginar tus suspiros.
Amanda rio.
—Puedes imaginar muchísimos más —dijo.
— Das asco cuando te enamoras.
—Me declaro culpable.
Fue el turno de reír de Charlotte, luego la línea se quedó en silencio.
— ¿Estarás bien? —le preguntó con un tono cauto.
—Sí, lo estaré —respondió Amanda.
— Bien, porque están a punto de venir a buscarme con un remolque —bromeó .
—Vete ya.
— De acuerdo.
Amanda todavía sonreía cuando dejó el teléfono sobre la mesa, junto a la taza de café. Extrañaría trabajar con Charlotte; en el poco tiempo que llevaban como compañeras, se había convertido en una amiga que siempre ocuparía un lugar especial en su corazón.
Media hora después, Amanda salió de la cafetería.
No sabía qué rumbo tomar, así que se dirigió a la estación del metro; regresaría a su apartamento.
Aunque deseaba ver a Mirra, no quería decirle todavía lo de su despido.
Sabía cómo se lo tomaría; en especial, cuando sospechaba por qué ella abandonó su trabajo.
Sentada en unos de los vagones, deseó llevar los audífonos consigo; quería escuchar la canción que la unía a Mirra.
Escucharla le daba algo de sosiego. Recostó la cabeza del asiento y cerró los ojos; en su mente recreó la primera vez que la escuchó y cuando la bailaron en la cocina del dúplex.
Tuvo la certeza que fue en aquel momento cuando se enamoró de ella, aunque todo inició en la sala de quimioterapia del Hospital Saint Pilgrim.
Cuando Amanda llegó a su apartamento, ya la tarde le daba paso a la noche.
Dejó las llaves sobre el mueble junto a la puerta; se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el sofá, a su paso hacia la cocina.
Sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y buscó la canción que anhelaba escuchar.
Unos segundos después, las primeras notas de Everlong se hicieron eco en la cocina y ella sonrió cuando el corazón le dio un vuelco.
Sí, él también sabía que esa era su canción. La suya y la de Mirra.
Apenas almorzó un sándwich en el hospital, así que tenía hambre. Sacó lo necesario del refrigerador para hacerse una ensalada; a esa hora, lo mejor era comer algo ligero. Moviéndose un poco al ritmo de la canción, preparó la ensalada. Antes de sentarse a cenar, se dio una ducha.
Poco después, ya cómoda en un pijama de algodón, se sentó en el sofá a cenar, pero antes de que pudiera dar el primer bocado, la canción se interrumpió con el sonido que le anunciaba la recepción de una llamada. Esta vez sí era Mirra. Dejó el plato a un lado para contestar.
—Buenas noches, mi amor —saludó, procurando sonar normal.
— Hola. ¿Adivina que estoy cenando?
—No me digas que helado de vainilla —intentó adivinar.
— Justo eso, pero nada de regaños —pidió— . Dime cómo te fue con tu jefe.
El momentáneo silencio en la línea fue más que evidente.
—No hablé con él —dijo la rubia—. Me dieron una carta de despido antes de llegar al ascensor.
— ¡Mierda! ¿Pueden hacer eso?
—Sí, mi amor. Fui yo quien cometió un error —asumió.
— Uno solo, Amanda. Uno y te despiden. No es justo.
—Tal vez no, pero así son las cosas cuando se trata de trabajo.
Al otro lado de la línea, Mirra sintió que podría echar al mundo abajo de pura frustración.
Amanda no se lo había dicho directamente, pero ella podía adivinar lo que sucedió.
Su padre le dijo que llamó a la arquitecta en cuanto la llevó al hospital, así que imaginaba que la rubia se fue de su trabajo, dejándolo todo atrás, por ella.
De haber cumplido como debía con su rutina alimentaria e hidratación, no habría ido a parar al hospital y Amanda no estaría metida en tal lío.