36
Mirra no podía estar más feliz; la sonrisa no se le borraba del rostro mientras la enfermera le retiraba la vía del brazo. El oncólogo pasó por su habitación a darle unas indicaciones y le dio el alta, así que podía irse del hospital.
En la habitación se encontraban Amanda y su padre; además de la enfermera.
—Gracias —le dijo a la enfermera cuando esta le puso una bandita donde estuvo la vía.
La mujer de blanco le sonrió.
—Ha sido un gusto. En unos minutos te traerán una silla de ruedas —le anunció.
—Ya no quiero más sillas de ruedas —dijo Mirra.
—Aún estás débil —le recordó su padre.
—Es política del hospital —intervino la enfermera con una amable sonrisa.
Ella frunció los labios.
—Está bien —cedió.
La enfermera le sonrió. Mientras ésta salía de la habitación, Amanda reía; no existía manera de que Mirra no diera batalla.
—Bien, iré por mi café —anunció Iván—. Ya lo necesito. Amanda, ¿quieres uno?
La arquitecta negó con la cabeza.
—No, gracias.
—Bien, regresaré en unos minutos —anunció, luego salió de la habitación.
En cuanto se quedaron a solas, sus miradas se buscaron. Amanda no tardó en acercarse a la cama, donde ya la mano de Mirra la esperaba. Entrelazaron sus dedos sin dejar de sonreírse.
—Todavía no puedo creerlo, Amanda.
La arquitecta levantó sus manos unidas, y le besó los nudillos.
—Créelo. El milagro sucedió.
La sonrisa de Mirra se amplió.
—Sí. Esto es… como una nueva oportunidad —declaró—. Y solo quiero vivir al máximo cada segundo.
—Lo vivirás, mi amor, pero con calma. Todavía tu cuerpo no se recupera del todo.
—Sí, lo sé. Lo sé. Por ahora me basta con que estés aquí —declaró la ojinegra, y fue su turno para besar la mano de la otra mujer.
Fue en ese momento cuando cayó en cuenta de un pequeño detalle.
Frunció el entrecejo—. Amanda, llevaba días sin verte.
¿Cómo es que… has estado todo este tiempo aquí?
Se supone que tu proyecto estaba algo atrasado, ¿no?
Amanda torció la boca y respiró hondo.
—No es el momento para eso, Mirra. Lo que importa es que estás bien y que saldrás de aquí —dijo, acariciándole una oreja.
Mirra escudriñó sus ojos, que de pronto se mostraban un tanto esquivos. Tuvo la certeza de que algo sucedía.
—¿Amanda?
—No es el momento, Mirra —insistió—. Te acompañaré de regreso al dúplex, luego iré a la firma, ¿de acuerdo?
Mirra se quedó mirándola; su sospecha no desapareció, sin embargo, lo aceptó.
—Está bien —accedió sin más protestas.
Amanda se sorprendió.
—Vaya, ¿qué tenía esa intravenosa? De pronto, pareces más adulta.
Los ojos de Mirra se entornaron.
—Ya te pareces a papá.
—Me encanta tu padre, pero no, gracias. Prefiero ser la mujer que puede besarte —declaró y, sin contemplaciones, le plantó un beso en los labios.
—Yo igual —dijo la ojinegra, riendo.
Minutos después, Iván regresó; y también llegó un enfermero con la silla de ruedas.
Mirra fue conducida a la salida del hospital; unos instantes después, se quedó mirando la imponente estructura mientras se alejaban.
En segundos, recordó todo lo que vivió en sus salas.
Esperaba regresar solo para sus chequeos anuales, tal como se lo indicó el oncólogo.
Cuando perdió de vista el hospital, volteó a ver a Amanda, que ocupaba el asiento a su lado, en la parte trasera del auto. Ella miraba por la otra ventanilla; ni siquiera se percató de su escrutinio.
—¿Todo bien? —le preguntó su padre, que la miraba a través del retrovisor.
La voz del ruso sacó a la arquitecta de sus pensamientos, fue entonces cuando volteó a mirar a Mirra.
—Sí —respondió ella, pero mirando a Amanda—. En serio, ¿qué sucede? —gesticuló.
—Nada —respondió la rubia de la misma manera.
Mirra echó un vistazo al retrovisor. Iván tenía su atención puesta en el tráfico. Ella se inclinó, acercándose a su oreja.
—Sé que pasa algo con tu trabajo.
Amanda echó la cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos.
Le sorprendió que Mirra la conociera más de lo que en realidad ella creía.
Torció los labios; oficialmente, ahora tenían una relación, y ella no era una persona de esconderle cosas a quien amara.
Se mordió el labio inferior antes de hablar.
—No sé si aún tengo trabajo —dijo en voz baja, rindiéndose a la inquietud de la ojinegra.
Los ojos de Mirra se ampliaron de pura sorpresa.
—¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué sucedió?
Amanda apretó los labios y miró hacia afuera, antes de buscar los ojos negros otra vez.
—Me fui de la zona de construcción cuando mi jefe estaba allí.
—¿Por qué te fuiste? —quiso saber Mirra, aunque de inmediato sospechó la razón antes de terminar de formular la pregunta.
—Eso no tiene importancia, Mirra —levantó una mano y, como solía hacer a veces, trazó con delicadeza la forma de su ceja—. Todo lo que me importa está en este momento ante mí —declaró.
La ojinegra se derritió por dentro, pero eso no borró su preocupación.
—Eres una experta envolviendo con las palabras.
Amanda sonrió.
—Nada de eso —le acarició la barbilla con la yema del dedo índice—. De verdad eres todo lo que me importa.
Mirra le tomó la mano que le acariciaba y entrelazó sus dedos.
—Tienes que ir a la firma. Habla con tu jefe —le pidió.
Ella asintió.
—Lo haré en cuanto te deje con tu padre —aseguró.
Mirra sonrió y ese gesto fue suficiente para Amanda.
Iría a la firma, eso ya lo tenía decidido.
Ella no supo más de Bill Harper desde que se fue.
Esperaba que él la escuchara y comprendiera.
Esperaba, además, no ser recibida con una carta de despido.
Charlotte estaba a cargo del proyecto hasta donde sabía, y nadie había sido nombrado como arquitecto adjunto, lo que le daba cierto alivio.
Veinte minutos después, Amanda subió al metro; aunque Iván insistió en llevarla, ella prefirió que se quedara con su hija. Acababa de salir del hospital, así que aún necesitaba algo de cuidado.
Cuando ella bajó en la estación cercana al edificio de la firma, su corazón se aceleró. Empezó a sentir sus pasos pesados; cuando llegó a la entrada del edificio, respiró hondo antes de que las enormes puertas se deslizaran, dándole acceso. Manteniendo su temple, se encaminó hacia los ascensores.
—¡Arquitecta Gehry!
Amanda se detuvo ante el llamado, luego se dirigió hacia el mostrador de la recepción.
—Buenas tardes —saludó a la recepcionista con su habitual amabilidad.
—Buenas tardes. Esto es para usted —le anunció la mujer, tendiéndole un sobre.
Ella tragó saliva.
—Gracias —dijo, tomándolo.
Con el corazón más acelerado que antes, rasgó uno de los bordes del sobre y sacó el papel que contenía. Sus ojos recorrieron por encima las líneas hasta que se detuvieron ante cuatro palabras. “Prescindimos de sus servicios”.
Cuatro palabras que sellaban su destino en la firma. Bill Harper no hablaba en vano, lo supo en ese momento.