35
A Iván le costó convencer a Amanda de que se fuera a su apartamento a descansar, a pesar de las buenas noticias y de que ella sabía que Mirra se encontraba bien. No valía la pena que los dos pasaran una mala noche en una sala de hospital; al menos él ya estaba acostumbrado.
Para el día siguiente, ya había sido pautada una consulta con el oncólogo.
Las pruebas de laboratorio ya se procesaban también.
Era cuestión de horas para que se confirmara que el cáncer estaba en remisión.
Las dos semanas que todavía faltaban para su evaluación médica, se habían acortado por su cuadro clínico de deshidratación.
A pesar de que durmió en su cama, Amanda pasó la noche en vela. Después de salir del hospital, se dirigió al edificio de Charlotte para devolverle el auto.
—Harper dijo que te despediría —le informó su colega en cuanto se encontraron.
Amanda torció el gesto con cierto pesar; sabía que habría consecuencias cuando decidió irse del terreno, así que debía asumirlas con coraje.
Charlotte se ofreció a llevarla de regreso a su apartamento. El silencio se adueñó del interior del auto mientras se incorporaban al tráfico nocturno.
—¿Sabes qué? No me importa —declaró Amanda al cabo de un par de minutos—. Tal vez de verdad me despidan, pero saber que Mirra estará bien, que se curará, lo borra todo. Es lo mejor del mundo —afirmó sonriendo.
—Me alegró mucho saberlo —dijo Charlotte, sin apartar la vista del frente—. No solo por ella, también por ti. Se te nota que estás superenamorada.
Amanda asintió sin dudarlo y las dos terminaron riendo.
Su noche se mezcló con la emoción y la contrariedad, en compañía del insomnio. Sin embargo, regresó al hospital cerca de las ocho de la mañana, con café en mano para Iván.
La arquitecta permaneció junto a Mirra durante el resto del día; a excepción del tiempo que esta pasó con el oncólogo para su revisión física.
—No salió tan mal esto, ¿no? —comentó Mirra. Se encontraba de vuelta en la habitación del hospital.
Amanda permanecía sentada junto a la cama, sin soltarle la mano. Iván miró a su hija con los ojos entornados; en respuesta, solo gruñó.
La arquitecta contuvo lo mejor que pudo las ganas de reír. Aunque sabía que el ruso estaba feliz por las buenas noticias, porque se le veía en los ojos, no quería enojarlo.
—Déjalo —le pidió ella en voz baja a la ojinegra, que volteó a verlo.
—Papá —el llamado hizo que Iván mirara a su hija—. Te amo —le dijo.
Él sonrió sin poder evitarlo.
—Yo también, cariño.
Poco más de tres horas después, el oncólogo entró a la habitación de Mirra, con su historial médico en la mano y una sonrisa que auguraba las mejores noticias del mundo.
Amanda e Iván se levantaron a la par, con si hubiesen ensayado el movimiento toda la vida.
—Mirra… —habló el doctor, mirando a su paciente con evidente orgullo.
La ojinegra tragó saliva. Por puro instinto, Amanda le envolvió con las dos manos la que le sostenía. Ella e Iván miraron al médico con los corazones golpeándole fuerte el pecho.
—¿Doctor? —a Mirra le salió un hilo de voz.
—Estás en remisión —le confirmó el hombre.
Mirra fue incapaz de dominar las lágrimas. ¿Para qué contenerlas? Eran de felicidad. La más absoluta felicidad. Alivio puro, fue lo que colmó su vida hasta que se le rebosó por cada poro de la piel.
Pero antes de que Mirra pudiera volver a respirar, se encontró envuelta por los poderosos brazos de su padre.
Entonces su emoción escapó de su pecho en forma de sollozo.
Abrazada a su padre ella lloró. Lloró por las decenas de horas de angustia, de miedo, de incertidumbre.
Lloró por las decenas de horas de fe, de rezar, de pedir al cielo un milagro.
Lloró por las decenas de horas de tratamientos.
Lloró por cada grulla que hizo en busca de un milagro.
Lloró por su padre y por ella. Lloró porque ahora sí podía pensar en un futuro con Amanda.
Mirra levantó la cabeza solo para buscar los ojos de Amanda, que estaban tan anegados en lágrimas como los suyos. Entonces tiró de su mano, que continuaba unida a la suya. Al sentir el movimiento, Iván le dio espacio y los tres se fundieron en un abrazo sincero, emotivo, de amor.
Ninguno de ellos supo cuándo el médico salió de la habitación, ni el tiempo que pasaron abrazados. Nada les importaba.
—Es un milagro —susurró Iván, separándose lo suficiente para mirar a su hija a los ojos, luego besó su frente con el más infinito amor.
—Lo es, papá —dijo ella, sonriéndole.
Iván se apartó del todo, pero sin dejar de mirarla. Sus lágrimas no paraban y no le importaba ni una pizca.
Amanda levantó la cabeza y se encontró con los ojos negros fijos en ella. Con delicadeza, Mirra le secó una lágrima que se le escapaba en ese instante. Se sonrieron a centímetros de distancia, con sus alientos mezclándose.
—¿Quieres ser mi novia? —le preguntó a la arquitecta.
La sorpresa que se reflejó en los ojos de Amanda y la manera como la sintió contener la respiración, hizo sonreír a la ojinegra.
Después de la sorpresa, en la boca de la rubia se dibujó una lenta sonrisa.
—Quiero ser tu todo —respondió.
La sonrisa de Mirra no pudo ser más amplia. Sin dejar de mirarla, ni pronunciar otra palabra, ella acortó la escasa distancia y la besó con los labios apenas separados para que encajaran de la manera tan perfecta como siempre lo hacían.
Sus miradas continuaron conectadas después de que sus labios se separaron. Amanda no se movió en lo absoluto, pero volvió a respirar. Luego le echó un rápido vistazo a Iván.
—¿Mirra?
—¿Sí? —respondió ella.
Amanda sonrió.
—¿Siempre les pides a las mujeres que sean tus novias delante de tu padre?
La ojinegra miró a Iván, que contemplaba la escena con evidente emoción. Cuando ella volvió a mirarla, no pudo más que sonreír.
—Solo cuando sé que me aceptarán.
Amanda entornó los ojos.
—Graciosita.
Mirra rio.
—Tendrás que acostumbrarte a él, es un indiscreto —dijo, refiriéndose a su padre.
Amanda por fin se separó lo suficiente para ver al ruso.
—No debo pedirte permiso para salir con tu hija, ¿cierto? No conozco las tradiciones rusas —acotó.
Iván bufó.
—Están saliendo desde que se conocieron, por si no se han dado cuenta.
Ellas se miraron, luego rieron. Técnicamente, eso era cierto.