Mil grullas de papel 32
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Mirra hubiese deseado otro despertar junto a Amanda, pero en lugar de besos, fue el insistente repique de un teléfono en algún sitio del apartamento, el que la despertó. En medio de la bruma del sueño, vio a la arquitecta salir de la cama y luego de la habitación, dando traspiés.

Poco después, Amanda regresó, evidentemente, apurada. Aun así, se acercó y le plantó un beso en los labios.

—Buenos días —saludó—. Tengo que irme —anunció, de camino hacia el baño.

—Buenos días —alcanzó a murmurar antes de que la puerta se cerrara.

Mirra se estrujó los ojos. ¿Estaba soñando? Al mirar vacío el lado de la cama de Amanda y después oír el agua caer en el baño, desechó la idea. De un plumazo se fue por tierra su ilusión de besos mañaneros y pasar parte del día con ella.

Despacio, la ojinegra se sentó en la cama; sintió un ligero mareo que la sorprendió. Se quedó quieta, procurando que el vértigo pasara por completo. Se tomó el pulso en la muñeca; era normal, así como su respiración, por lo que le extrañó el vahído.

De pronto, el sonido del agua cayendo cesó; unos instantes después, la puerta se abrió y Amanda salió envuelta en una toalla, escurriendo agua por doquier.

—Hay un permiso que no está completo —explicó el motivo de sus apuros, abriendo el closet—. Están a punto de suspender la remoción de tierra. Harper está furioso.

Mirra apenas la escuchaba, porque en cuanto Amanda se quitó la toalla, sus más de ochenta millones de neuronas se centraron en su cuerpo desnudo.

Tuvo que tragar saliva porque la misma excitación que la golpeó la noche anterior, le atenazó el vientre, estremeciéndola hasta hacerla sentir mareada otra vez.

Sin embargo, eso no impidió que sus ojos se pasearan por sus senos, su abdomen plano y sus muslos.

Amanda se enfundó en cada prenda de ropa a una velocidad increíble; ni siquiera se detuvo a considerar la combinación. Cuando se sentó en la cama a calzarse las botas de seguridad, miró a la mujer a su lado.

—Sé que te divertiste un poco con la vista, pero lamento dejarte así.

Mirra rio.

—Me divertí algo más que un poco —confesó.

—Ya lo imagino —en cuanto se ató la segunda bota, se levantó y se arrodilló frente a ella.

—¿Puedes quedarte sola unos minutos?

—Sí —contestó, acunándole el rostro. Se acercó y la besó.

—Llamaré a tu padre. Te dejaré un juego de llaves en la isla de la cocina.

—Estaré bien —le aseguró Mirra.

Amanda respiró hondo de pura frustración. Ese tampoco era el despertar que planeó para ellas.

—Tengo que irme. Te llamaré en cuanto pueda —le dio un beso antes de incorporarse—. No olvides las llaves —le pidió, caminando de espalda hacia la puerta.

—No lo haré. Ten cuidado.

Se dedicaron una sonrisa antes de que Amanda saliera de la habitación. Los hombros de Mirra se hundieron en cuanto estuvo a solas; respiró hondo también por frustración.

Apenas un par de minutos después que la arquitecta se fue, su teléfono comenzó a sonar. El nombre de su padre apareció en la pantalla. Ella sonrió, negando con la cabeza.

—Buenos días, papá.

— Iré por ti en cinco minutos —le anunció.

Mirra rodó los ojos, aunque nadie la miraba.

—Está bien.

De nada le valdría negarse, su padre iría por ella y ninguna excusa lo detendría. Tras cortar la llamada, se levantó. Apenas dio dos pasos, todo le dio vuelta, así que retrocedió y volvió a sentarse.

—¿Qué rayos? —murmuró.

Llevaba casi un mes sin sentir mareos ni náuseas; no entendía qué sucedía.

También había tomado sus medicamentos a las horas.

Ella cerró los ojos y se concentró en respirar.

Cuando se sintió estable, volvió a levantarse.

Logró llegar al baño sin problemas, aunque una ligera inquietud se le alojó en un resquicio de su mente.

Se suponía que avanzaba, no debía marearse, ni nada por el estilo.

Poco después, en la cocina, esperaba a que el café se hiciera y que su padre llegara.

Recostada de la encimera, evocó cada momento del día anterior que pasó junto a Amanda.

Y también su desnudez. Ese había sido un maravilloso regalo.

Se humedeció los labios, imaginando lo que sería besar su piel. Se estremeció de solo pensarlo.

Tan solo veinte minutos después de la llamada de su padre, él llegó al apartamento. Ya Mirra estaba lista con la misma indumentaria con la que llegó.

—Debo considerar mejor estos planes —dijo el ruso en cuanto ella le abrió la puerta.

—Buenos días por segunda vez, papá.

Iván frunció los labios.

—Buenos días. ¿Estás bien?

—Sí. Amanda tuvo una emergencia en su trabajo. Este no era el plan —le explicó, sentándose en la silla de ruedas.

La respuesta de su padre fue un gruñido. Mirra supo que le costaría volver a convencerlo de hacer algo así. O al menos hasta su siguiente evaluación.

Iván empujó la silla fuera del apartamento y le puso el seguro a la puerta con el juego de llaves que su hija le dio. Ya en el ascensor, él se plantó frente a la ojinegra con los brazos cruzados.

—No tuvieron sexo, ¿cierto?

Los ojos de Mirra se abrieron como platos, aunque él no pudo verlos por las gafas.

—¡Papá!

—El doctor dijo que puedes tenerlo, pero es agotador.

—Por Dios, no puedo creer que estemos teniendo esta conversación. Me haces sentir una adolescente.

—Me preocupo por ti, cariño.

Mirra bufó.

—Lo sé. Y agradezco que lo hagas, pero no puedes tocar ese tema —le advirtió.

—Solo dime que no.

Otro bufido llenó el ascensor,

—No, papá. No tuvimos sexo —respondió porque sabía que él insistiría en saberlo hasta el fin de los tiempos. En ese momento, las puertas se abrieron e Iván se apresuró a salir—. El cáncer no solo te pone en riesgo, también convierte tu vida sexual en tema de conversación —se quejó.

—Solo lo hablé con el doctor —aclaró su padre—. Y un poco con Amanda.

Mirra volteó a verlo.

—Dime que no lo hiciste —le pidió con un hilo de voz.

—Tenía que hacerlo.

—Dios mío, ¿por qué a mí? —gimoteó Mirra, tapándose la cara. Quería que la tierra se la tragara en ese mismo instante.