Mil grullas de papel 33
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Las siguientes dos semanas fueron un absoluto caos para Amanda. Tras la llamada de Charlotte, en la que le informó que uno de los permisos para construir en la ciudad de Manhattan estaba incompleto, nada pudo detener que la remoción de tierra se paralizara.

Ni siquiera las influencias de Bill Harper valieron ante el fallo en el trámite de los permisos.

Amanda no supo cómo no fue despedida; fue su error, quedó más que comprobado.

Sin embargo, su jefe le ordenó arreglarlo cuanto antes.

Cada hora que transcurrían sin mover un grano de tierra era dinero perdido.

A la arquitecta le tomó una semana arreglar su error y la siguiente la pasó ocupándose de recuperar el tiempo perdido.

Ingenieros, técnicos, todo el mundo trabajaba doce horas al día y ella apenas era capaz de respirar.

Charlotte bromeó con que solo les faltaba llevar sus camas a la caseta de obra mientras bebían el café, el último día de esa semana.

—Ni lo digas —murmuró Amanda, mirando a los lejos una excavadora echar un cucharón de tierra en uno de los camiones que había en el terreno.

—Uno de los ingenieros me dijo que el jefe viene en camino —comentó Charlotte, echándole un vistazo a su amiga.

Amanda soltó un profundo suspiro; desde su fallo, podía sentir el asedio de Harper. De vez en cuando se aparecía en el terreno sin anunciarlo.

—Siento que camino en una cuerda floja —reconoció sin dejar de observar el trabajo de la excavadora.

—Debemos asegurarnos que no haya un fallo más.

Amanda buscó la mirada de su colega.

—Toda la responsabilidad será mía. De seguro tú tomarás el mando.

Charlotte frunció los labios.

—Nada de eso. Tenemos que medir cada paso y asegurarnos que todos hagan su trabajo.

La rubia aplastó el vaso desechable en el que estuvo bebiendo café y lo echó a una cesta de basura que había en un rincón de la caseta.

—Nuestra piel se quedará en estas tierras —bromeó.

Charlotte rio.

—Además de nuestra marca —dijo.

Amanda levantó el puño derecho, como reafirmando sus palabras con orgullo. Terminaron riendo; pero al avistar el auto de su jefe, las sonrisas se les borraron del rostro.

—Y llega al final del día —murmuró Amanda.

—Mju.

Desde la sombra de la caseta vieron a Harper descender de su auto; uno de los guardias de seguridad de la obra le dio un casco cuando traspasó la zona de construcción.

Amanda se adelantó a alcanzarlo cuando él estuvo a unos escasos metros de la caseta. Advirtió que su jefe llevaba puestas botas, eso le dijo que su visita a la obra la planeó, seguramente, desde el día anterior.

—Señor —lo saludó, tendiéndole la mano.

—Amanda —él se la estrechó con firmeza—. Charlotte —saludó a la morena con el mismo gesto—. ¿Cómo están las cosas por aquí? —preguntó, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.

—Bien, señor —respondió Amanda—. Ya se ha aplanado el terreno en un noventa y cinco por ciento.

Bill la miró un poco de reojo.

—¿Noventa y cinco por ciento?

—Tenemos cuatro excavadoras cubriendo el terreno restante —señaló en el horizonte las enormes maquinarias—.

Calculo que en una hora alcanzaremos… —lo que iba a decir fue interrumpido por el repique de su teléfono, que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón.

Continuó hablando mientras acallaba el dispositivo sin fijarse en quien la llamaba— el cien por ciento —sin prestar atención, volvió a guardar el teléfono.

—Bien, eso está mejor —dijo Harper, echando un vistazo por los alrededores.

—Los topógrafos están mapeando el terreno —intervino Charlotte.

En ese momento, el teléfono de Amanda volvió a sonar.

Agradeció que su jefe estuviera distraído con algo que le decía su colega.

Al mirar la pantalla, frunció el entrecejo al ver el nombre de Iván.

Le extrañó, pero no podía contestarle delante de Harper, así que lo puso en modo vibrar y lo devolvió a su bolsillo.

Ella se situó a la altura de los otros, prestando atención a lo que hablaban.

Apenas transcurrió un minuto, cuando sintió su teléfono vibrar.

Al sacarlo y ver otra vez el nombre de Iván, su pecho se oprimió.

Mirra . Una extraña sensación le recorrió la columna, estremeciéndola.

Nerviosa, cruzó una mirada con Charlotte, quien le hizo un gesto con los ojos.

Ella pulsó en la pantalla para contestar y se apartó de ellos.

—Aló —contestó con el corazón queriendo salírsele del pecho.

— Amanda, es Mirra —la angustia colmó la voz del ruso.

Los ojos de la arquitecta buscaron los de Charlotte, mientras su respiración se convertía en jadeos en segundos. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca.

—¿Qué pasa? —alcanzó a preguntarle con un hilo de voz.

— Está en el hospital. Se desmayó.

—Voy para allá —dijo antes de cortar la llamada.

Ya Charlotte sospechaba que algo andaba mal.

—¿Qué? —gesticuló, procurando no llamar la atención de Harper.

Amanda estaba paralizada.

—Es Mirra —gesticuló ella también.

Su colega cerró los ojos, sabiendo que estaban a punto de meterse en problemas. Cuando Charlotte volvió a mirarla, sabía que habría consecuencias a sus siguientes palabras.

—Las llaves de mi auto están en mi cartera —le dijo.

Al escucharla, Bill Harper volteó a verla, luego a Amanda.

—Tengo que irme —le anunció la arquitecta a su jefe.

—¿Qué?

—Lo siento, tengo que irme —repitió Amanda, retrocediendo.

Los ojos de Bill Harper brillaron de furia en segundos.

—¡¿A dónde crees que vas?! —le preguntó con los dientes apretados y la rabia asomándose en su rostro.

—Señor, ella tiene que irse —intervino Charlotte, pero él ni la miró.

Amanda alzó las manos, disculpándose, antes de dar la vuelta y echar a correr hacia el lugar donde ellas guardaban sus efectos personales.

—Esto es el colmo. ¡La despediré! —gruñó Bill, viéndola alejarse.

Amanda no lo escuchó; no podía, porque estaba lejos. Porque su pecho era presa del más profundo temor que jamás sintió. Porque solo podía pensar en Mirra.

Ella subió al auto de Charlotte poco después, encendió el motor y se puso en marcha sin perder un segundo. Necesitaba ver a la ojinegra.

Precisaba saber que estaba bien.

—Mirra, quédate conmigo, por favor —susurró—. Te amo. Quédate conmigo —rogó.

34

El corazón de Amanda latía fuerte; se le hizo interminable el recorrido hacia el hospital. Apenas respiró cuando avistó el estacionamiento del lugar. Alcanzó a leer el mensaje que recibió de Charlotte, antes de abrir la puerta del auto y descender.

“Mantenme informada, por favor” , le pidió su colega.

Ella avanzó rápido, casi corriendo hacia la entrada del hospital.

Iván le había informado en qué piso se encontraban; ni siquiera pensó en el ascensor, se dirigió hacia las escaleras y empezó a subirlas, esquivando a cuanta persona se le cruzaba en el camino.

Cuando llegó al piso cuatro, los pulmones le ardían.

Sin detenerse a tomar aire, siguió las señalizaciones hacia la sala de espera.

Iván la vio, incluso, antes de que entrara en la sala; él ni siquiera se encontraba sentado, así que fue a su encuentro.

—¿Cómo está? —preguntó Amanda, con los ojos inundados en lágrimas.

—No lo sé. Todavía no me han dicho nada —gruñó el ruso, con su acento más marcado que nunca.

—¿Cómo es posible? —ella miró fuera de la sala, reflejando impotencia en su rostro.

Iván la soltó y retrocedió; se pasó una mano por los cabellos, demostrando su frustración.

Fue entonces cuando la arquitecta pensó en él.

Si ella estaba a punto de desfallecer de puro miedo, conjeturando los peores escenarios, porque es imposible detener la mente cuando la adrenalina va a mil, no podía imaginar cómo debía sentirse él.

Ella se acercó a Iván y le tomó una mano. Él la miró; en sus ojos refulgía la angustia, aun así, los cerró y asintió.

—Ella estará bien —declaró él—. Debe ser… algún efecto.

Amanda le apretó la mano, procurando transmitirle sosiego, aunque su ser, su alma, temblaban.

—La has cuidado bien —dijo ella—. Debemos confiar. Tener fe.

Iván respiró hondo.

—Fe —repitió, como si la palabra le fuera extraña—. No sabía lo que era la fe hasta que Mirra enfermó. La tengo toda la que existe en el mundo —afirmó, luego su boca se curvó ligeramente.

Amanda le devolvió el gesto.

—Entonces entre los dos debemos tener más que suficiente para obrar un milagro.

—Las grullas —dijo él.

Ella asintió.

—Las grullas.

De pronto, el desasosiego que los abrumaba a los dos, pareció haberse desvanecido con el contacto de sus manos.

—Gracias por amarla. La haces feliz.

La mirada sorprendida de Amanda se clavó en los ojos negros del ruso.

—Yo…

—¡Familiares de Mirra Ivanova!

Los dos voltearon a la vez hacia el hombre de bata blanca que acababa de hacer el llamado. Y los dos se movieron a la vez, sin soltarse de las manos.

—Soy su padre. ¿Cómo está mi hija? —algo atenazaba la garganta del ruso, porque la voz le sonó extraña.

Amanda contuvo el aliento, ni siquiera era capaz de parpadear.

—Su hija presenta un significativo cuadro de deshidratación —le informó el médico.

—¿Deshidratación? —cuestionó Iván, sorprendido.

—Sí. Lo que resulta un tanto delicado, teniendo en cuenta su estado —señaló el médico—. La paciente no debió descuidarse tanto.

—Pero ¿estará bien? —Intervino Amanda, llevada por la incertidumbre—. ¿Su desmayo no tiene que ver con su cáncer? —quiso asegurarse.

Iván intercambió una mirada con Amanda, luego devolvió su atención al médico.

—Sí, ella estará bien —respondió el médico—.

De hecho, en cuanto ingresó, comparamos los resultados de los primeros análisis que le hicimos con sus estudios antes de las quimioterapias.

Hay que confirmarlo con el oncólogo, pero, todo indica que el cáncer está en remisión —anunció, asomando una sonrisa.

Por un lado, los ojos del ruso casi se desorbitan; por el otro, Amanda le apretó con tanta fuerza la mano, que terminó clavándole las uñas, pero él apenas fue consciente de ello.

—¿Habla… en serio? —balbuceó Iván.

—Le repito, el oncólogo debe confirmarlo —insistió el médico.

De pronto, para el ruso, el mundo volvió a girar. Y a doler. Esa era la noticia que llevaba meses esperando, entonces, ¿por qué dolía? Al bajar la vista, encontró la explicación en las uñas que tenía clavadas en la piel. Levantó sus manos unidas y miró a Amanda.

La arquitecta lo soltó como si el contacto la hubiese quemado de pronto al percatarse de lo que hacía.

—¡Lo siento! —se disculpó sonriendo, con las lágrimas ya bañándole las mejillas—. Está en remisión —sollozó.

Él rio, emocionado. Ni siquiera se molestó en tratar de contener las lágrimas porque en ese momento no era un hombre, sino un padre. Un padre que había tocado la fe con su corazón.

—Está en remisión —repitió Iván.

Entonces se abrazaron. Fuerte. Como nunca antes abrazaron a nadie.

En ese momento no podían verlo, porque la magia no se puede ver, ni los milagros. A su alrededor las grullas volaban, formando un remolino de mil colores.

Colores que solo puede hacer irradiar el amor.

El amor de un padre por su hija.

El amor de una mujer por otra.

***

Dos horas después, por fin Amanda e Iván tuvieron autorización para ver a Mirra.

—Estoy seguro de que se olvidó del agua y todo lo demás por andar pensando en su novia —masculló Iván, de camino hacia la habitación donde se encontraba su hija.

Amanda lo miró de reojo.

—No me culpes a mí.

—No más novias hasta que se recupere por completo de esto —sentenció el ruso.

—No tiene quince, Iván.

Él se detuvo con la mano en la manilla de la puerta.

—Es cierto, pero parece que tiene trece —masculló antes de abrir la puerta y permitirle entrar primero. Estaba enojado con su hija, sin embargo, no olvidaba sus modales.

Mirra sonrió en cuanto vio a Amanda.

—Hola —la saludó.

Por fin la arquitecta pudo respirar con verdadero alivio; el médico les había dicho que Mirra estaría bien, pero ella necesitaba verla despierta, hablando, respirando, para poder vivir. Se apresuró a acercarse a la cama y le tomó la mano con cuidado, pues era el brazo donde tenía la vía.

—Hola, mi amor —susurró—. Nos asustaste.

Mirra frunció los labios.

—No fue nada.

Iván carraspeó; se había quedado rezagado, con los brazos cruzados. Su hija lo miró. No necesitó que él pronunciara una palabra para saber que recibiría una reprimenda cual niña.

—¿Por qué estás aquí, Mirra? —le preguntó él, mirándola con severidad.

—Iván… —intentó intervenir la rubia.

—No, Amanda. Tengo que escucharla decírmelo —declaró—. Ella sabe cuánto debe cuidarse.

Él le sostuvo la mirada a su hija.

—Lo siento —dijo Mirra—. Olvidé… beber suficiente agua y las otras cosas con electrolitos.

A Amanda le pareció ver que el ruso echaba fuego por los ojos.

—Pero hay una buena noticia, ¿no? —anunció ella, mirando a Iván para apaciguar su rabia.

Mirra la miró.

—¿Una buena noticia? —cuestionó, mirando a la arquitecta, luego a su padre.

Iván asintió, asomando una sonrisa que provocó que el corazón de Mirra se acelerara lo como hace un auto de la Fórmula 1, porque lo sospechó.

La ojinegra lo sospechó en cuanto su padre sonrió. Entonces contuvo el aliento.

—Estás en remisión, hija —el ruso le dio la noticia con la voz cargada de emoción—. ¡En remisión!