Mil grullas de papel 31
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—A veces creo que esto es un sueño —susurró Mirra.

—¿Qué?

Mirra y Amanda se encontraban tendidas de lado, mirándose a los ojos, en medio de la cama. El día se le escurrió como agua entre los dedos. Las risas, las anécdotas, las confesiones, llenaron cada hora que compartieron hasta que la noche las sorprendió en medio de largos besos y dulces miradas.

—Esto —respondió Mirra—. Tú y yo.

La arquitecta sonrió, derrochando ternura.

Para ella fue una sorpresa saber que la ojinegra pasaría la noche a su lado.

Los sentimientos que albergaba por la mujer a su lado se habían ido intensificando, hasta el punto de que su piel se encendía cuando los besos dejaban de ser tiernos para darle paso al deseo.

Pensando en mantener sus ansias a raya, se puso su pijama más discreto.

—A veces lo parece —declaró la rubia—. Lo importante es saber que no lo es, que tú y yo somos realidad —levantó la mano y, con delicadeza, dibujó el arco superciliar de Mirra, donde debía tener los vellos que forman las cejas.

—Falta mucho para que salgan —informó.

—No las extraño, así que pueden salir cuando quieran.

—Yo sí las extraño —afirmó, riendo—. Mis cejas realzan mis ojos.

Amanda rio, divertida.

—Se nota que no eres presumida.

Mirra arrugó la nariz.

—Solo un poco.

Sus risas se mezclaron hasta que el brillo de sus miradas las apagó. Ambas podían sentir el calor que brotaba de sus cuerpos; la calidez era seductora, envolvente.

Las dos se movieron a la vez, como si fueran atraídas por el magnetismo de un poderoso imán. Se acercaron despacio, aunque sus corazones latían desbocados.

Amanda se estremeció con el aliento de Mirra un segundo antes de que sus labios se unieran. En un resquicio de su mente trató de mantener el control, pero cuando su cuerpo buscó el calor que tanto anhelaba sentir, sus pensamientos se hicieron una maraña de nada.

La ojinegra, por su parte, solo anhelaba perderse en toda Amanda; no quería pensar en límites, ni en efectos de tratamientos.

Su cuerpo se pegó al de la otra mujer como si fuera todo lo que necesitara para continuar existiendo.

Su gemido fue absorbido por la boca de la arquitecta, que no dejaba un resquicio sin probar de la suya.

Fue Mirra quien deslizó una pierna entre las de Amanda, provocando un gutural gemido que rebotó no solo en las paredes, también en cada terminación de su piel.

—Mirra… —jadeó Amanda, con la voz ronca, apenas separando sus labios—, ¿qué haces?

—Nada—respondió ella antes, de que sus labios se abrieran lo justo para devorarle la boca como lo deseaba.

Las manos de la arquitecta se movieron solas, deslizándose por la cintura de la ojinegra por encima de su pijama.

—Debemos… —su mente se batía en duelo con el placer que experimentaba su cuerpo en ese momento— parar.

Un gruñido de protesta brotó de la garganta de Mirra, que liberó su boca con resistencia.

—Podemos… —le mordió el labio inferior, luego se lo lamió— seguir otro poco.

Amanda tomó aire porque necesitaba toda su fuerza de voluntad para escapar de las garras del deseo.

—Si seguimos otro poco no pararemos, lo sabes.

—Mmm…

—Esto es delicioso —declaró, estrechándola un poco—, pero…

Mirra le puso un dedo sobre los labios.

—Ya lo sé —afirmó—. Sabía que no sucedería nada, pero quería esto. Estar así contigo.

—¿Torturándonos? —preguntó, arqueando una ceja y asomando una sonrisa a la vez.

La ojinegra rio.

—Es una deliciosa tortura, no puedes negarlo.

Amanda rio.

—Lo es, pero tortura al fin. Será mejor que durmamos.

A modo de protesta, Mirra se alejó y se puso boca arriba, volteando la cabeza para no verla. La vista que Amanda tuvo ante sí le provocó una intensa punzada de excitación que la hizo morderse el labio inferior.

Los pezones de Mirra estaban erectos; la tela del pijama se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.

En un par de ocasiones, entre fogosos besos, ella los sintió contra su pecho, pero verlos, fue otro nivel de excitación.

En ese momento, estuvo segura de que perdería la cabeza cuando la viera desnuda.

Aunque en su mente ya la había visto así más de una vez.

Cuando Mirra volteó a verla, la atrapó mirando todavía esa parte de su anatomía.

—Señora, no debería mirarme así si espera que duerma —le advirtió, asomando una pícara sonrisa.

Amanda se movió hacia ella hasta casi rozar sus labios y la rodeó por la cintura con un brazo.

—Señora, si no quiere que la miren así, no use ese pijama.

Mirra rio antes de darle un fugaz beso en los labios.

—Ese era el plan.

La arquitecta abrió la boca, sorprendida por su declaración, luego entornó los ojos.

—Así que viniste aquí con un plan.

—Elemental, mi querido Watson —respondió, pegándose a sus labios—. Dormir abrazada a ti.

—Ese plan me gusta.

—A mí mucho más.

Volvieron a besarse, esta vez, sin dejar que las llamas se encendieran porque para las dos era una tortura; deliciosa, pero tortura al fin, tal como lo dijo la arquitecta.

Después de un largo rato conversando y compartiendo tiernos besos, el sueño las arropó. Amanda se dejó abrazar, entregándose al calor de los brazos de Mirra, como ella lo planeó desde el principio.

La ojinegra tardó más en dormirse; esa noche no había tomado el somnífero para poder disfrutar de la cercanía de Amanda.

Escuchar su profunda respiración le encantó; tenerla entre sus brazos, también.

Todo con ella le resultaba maravilloso. En el silencio de la noche, aspiró el aroma de sus cabellos y un poco de su piel cuando hundía la nariz en el hueco de su cuello.

Eso tan simple, la hizo sentirse feliz. Después de tanta incertidumbre con su enfermedad, con Amanda entre sus brazos, pensó que empezaba a ver una luz al final del túnel. Una luz que quería siempre en su vida.

Una vez más, Mirra respiró profundo; cerró los ojos y, unos instantes después, Morfeo la condujo a su mundo sin que se diera cuenta.