Mil grullas de papel 28
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Ya casi había transcurrido una semana desde su cumpleaños; era viernes y solo podía pensar en que extrañaba un mundo a Amanda.

A diario, ella seguía al pie de la letra todas y cada una de las indicaciones de sus médicos; en especial, las del nutricionista en cuanto a las comidas que la ayudarían a fortalecer su cuerpo.

A su motivación por sanar, ahora se sumaban las ganas de recuperarse por completo para pensar en una relación con la mujer que llegó a su vida para darle un giro, aun cuando no debía pensar en giros.

Mirra se encontraba en la sala del apartamento de su padre, con el teléfono entre las manos, poniéndose un poco al día con su trabajo.

Varios de sus clientes le habían escrito a lo largo de su convalecencia; todos transmitiéndole buenas energías y su solidaridad.

En todo ese tiempo, ella no dejó a la deriva a ninguno de ellos.

Cada vez que necesitaban de su asesoría, incluso desde una cama en el hospital, fue todo lo profesional que pudo ser.

Hacía una hora, uno de esos clientes, un basquetbolista en específico, la contactó para consultarle sobre la cantidad de dinero que disponía para pagar el alquiler de un apartamento en otra ciudad.

Después de analizar las finanzas de su cliente, le dio un monto máximo que podía gastar, sin que se viera afectado su capital.

A Mirra su trabajo le gustaba; no le resultaba pesado, ni nada por el estilo. Y siempre les brindaba la mejor atención a las personas que acudían a ella en busca de asesoría. Por eso tenía una significativa y leal cartera de clientes.

Después de darle respuesta a su cliente, decidió escribirle a Amanda. Esa semana también había sido atareada para la arquitecta, aunque cada día se tomó el tiempo para darle los buenos días y, en las noches, la llamaba. Le era imposible dejar de sonreír cuando pensaba en ella, pero la extrañaba.

“Acabo de decirle a uno de mis clientes que puede pagar hasta cinco mil dólares al mes en un apartamento. ¿Es tarde para tratar de descubrir algún talento deportivo en mí?”

Mirra envió el mensaje y salió de la aplicación. Accedió a su email, donde tenía algunos correos por responder; apenas iba a revisar el primero de la bandeja de entrada cuando recibió un mensaje de Amanda. Su sonrisa fue instantánea y se olvidó por completo del correo.

“Dicen por allí que nunca es tarde. Si logras un contrato millonario, quiero ser tu manager ”.

La ojinegra rio.

“Jamás he sabido de una arquitecta que sea manager”.

“Tú logra ese contrato y tendrás la primicia”.

Su carcajada se hizo eco en la estrecha sala.

“Ya vuelve a trabajar”.

Como respuesta, Amanda le envió el emoji de unos labios dando un beso.

—Amanda, Amanda, Amanda —susurró ella, sonriendo.

El corazón se le agitaba de una manera increíble cada que la veía, escuchaba o le escribía. Si eso no era estar enamorada, entonces era un raro efecto de las quimioterapias. Anhelaba verla, volver a sentir sus labios y el calor de sus brazos.

Mirra bufó de pura frustración. Llevaba una semana sin verla y todavía no sabía si la arquitecta estaría libre los siguientes dos días porque a veces también debía trabajar sábado y domingo. Las labores en el terreno se habían retrasado un poco y Bill Harper no estaba nada contento.

De pronto, su teléfono sonó. Al mirar la pantalla, sonrió. Era un nuevo mensaje de Amanda.

“Perderé la cabeza si no te beso en menos de veinticuatro horas”.

El corazón de Mirra se volvió loco en su pecho, dando vuelcos sin parar.

“¿Acaso puedes ser más adorable?”

“Solo un poco”.

Mirra releyó el mensaje; “perderé la cabeza si no te beso en menos de veinticuatro horas”. Ella pensó que también la perdería si no la veía ese mismo día.

—Es un problema estar enamorada —declaró para sí misma.

El pie se le iba a desarticular de tanto moverlo por su impaciencia; sus pensamientos no paraban porque los impulsaban sus deseos de ver a Amanda.

En medio de su ansiedad una idea cruzó por su mente.

Una idea como tantas otras que llevó a cabo a lo largo de su vida por puro impulso.

Solo esperaba que su padre quisiera hacerle el pequeñísimo favor que le iba a pedir.

Iván le había dicho a su hija que, al salir del trabajo, haría unas compras; siempre se lo anunciaba para que ella no se preocupara.

El problema era que, según Mirra, ya se estaba tardando demasiado.

Quería que llegara cuanto antes porque sabía que tardaría en convencerlo para llevar a cabo su idea.

Cuando Iván llevaba poco más de una hora de retraso, ella decidió llamarlo.

— Aló —su padre respondió al cuarto repique.

—Papá, ¿dónde estás? —preguntó sin rodeos.

— Acabo de terminar las compras, cariño.

—¿Ya vienes a casa?

— No. Me surgió un imprevisto, así que tardaré un poco más —le informó. Mirra rodó los ojos—. ¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Es solo que iba a pedirte un favor.

— Dime qué.

—No, no. Cuando estés en casa.

— De acuerdo. Tardaré unos cuarenta minutos en llegar.

—¿Cuarenta? —se quejó.

— Sí. Te dije, es un imprevisto.

Mirra frunció los labios.

—Está bien.

Si tan solo se sintiera un poco, solo un poco, más fuerte, no dudaría en llamar a un taxi e ir al apartamento de Amanda. De seguro tendría que esperarla bastante tiempo, pero sería una enorme sorpresa para ella y podría darle ese beso que tanto anhelaba.

Desde que colgó la llamada con su padre, la ojinegra consultaba la hora en el teléfono casi a cada minuto. ¿El tiempo había cambiado su manera de transcurrir o qué? Parecía que los minutos se hubiesen detenido.

Para colmo, su padre tardó casi una hora en regresar. Eran las nueve de la noche cuando Mirra oyó el tintineo de las llaves afuera; estaba que caminaba por el techo cual hombre araña.

—¡Por fin! —exclamó alzando los brazos cuando su padre asomó la cabeza.

—¿Estás bien? —le preguntó él, todavía con la mitad del cuerpo fuera.

Mirra frunció el entrecejo.

—Sí. ¿Qué haces?

Iván sonrió.

—Te traje una sorpresa —anunció, luego entró, pero manteniendo la puerta entornada.

La ojinegra se quedó mirándolo como si él hubiese perdido la cabeza. El ruso amplió su sonrisa justo antes de abrir más la puerta.

Por segunda vez ese día, el corazón de Mirra se volvió loco. Pero esta vez por ver a Amanda en el pasillo con la más enorme sonrisa que le vio antes.