Mil grullas de papel 27
56%

27

El domingo transcurrió demasiado rápido para Amanda; entre ocuparse del apartamento y conversar con Mirra por teléfono, las horas se le escurrieron como agua entre los dedos.

El lunes llegó a su tiempo, pero antes de lo esperado para la arquitecta.

Come down and waste away with me

Down with me

Slow, how you wanted it to be

And over my head, out of her head, she sang

And I wonder

When I sing along with you

If everything could ever feel this real forever

If anything could ever be this good again

Amanda tenía los ojos cerrados y los audífonos puestos escuchando la canción, sentada en unos de los vagones del metro.

Con la cabeza recostada, en su mente veía a Mirra bailando, con una sonrisa transparente y sus ojos negros brillando como nunca.

Aquel día la canción que ahora escuchaba se convirtió en un lazo; cuando bailaron, la hicieron suya, por eso la llevaba, irremediablemente, a la ojinegra.

Una sonrisa se dibujó en su rostro; una sonrisa que nació del hermoso recuerdo y que reflejó lo inolvidable que sería para ella.

Amanda iba perdida en la canción y sus remembranzas, cuando se percató de su gesto; entonces abrió los ojos, algo sorprendida.

Al instante, se encontró con la fija mirada de una mujer que iba sentada en la otra línea de asientos del vagón, frente a ella.

Esta le sonrió de una manera que le dio a entender que llevaba rato observándola.

Amanda captó en sus ojos el brillo de la atracción. Para su suerte, su teléfono sonó en ese instante. Ella llevaba el teléfono en el bolsillo interno de la chaqueta del traje que vestía; esperó a que la llamada se contestara de forma automática.

— Buenos días —la saludó Charlotte—. ¿Dónde estás?

—Buenos días —respondió, mirando a su alrededor.

La verdad era que no sabía dónde se encontraba.

Hasta sintió miedo de haberse pasado de estación por ir perdida en la canción.

Cuando subió, empezó a contar las paradas, ahora no sabía si había perdido la cuenta o si el tren no se detuvo desde que contó cuatro estaciones—. Estoy cerca —mintió.

Ella y Charlotte habían quedado la noche anterior en desayunar juntas en France Gourmet .

— Perfecto. Estoy a una calle. Pediré los cafés, ya sabes cómo se llena ese lugar.

—De acuerdo.

La llamada terminó justo cuando por los altavoces se anunciaba la siguiente estación.

Amanda respiró aliviada; era la suya. Al levantarse, su mirada volvió a cruzarse con la mujer del otro asiento; esta le sonrió por segunda vez, pero ella no correspondió a su gesto.

Solo siguió el flujo de pasajeros hasta que salió del vagón y luego de la estación.

France Gourmet estaba abarrotado, aun así, Amanda divisó a Charlotte en una de las mesas.

—Buenos días otra vez —saludó, sentándose frente a su colega después de dejar la cartera en una de las sillas.

—Tu café —dijo la morena, empujando la segunda taza que había sobre la mesa hacia ella.

—Gracias —Amanda agarró su café y le dio un sorbo.

—¿Desayunamos lo mismo de la primera vez?

—Sería un pecado no hacerlo —acotó.

Su compañera sonrió.

—Es cierto —Charlotte le hizo una seña a uno de los meseros—. ¿Qué tal tu fin de semana?

La rubia frunció los labios; al instante, Mirra saltó a su cabeza. Justo cuando iba a hablar, el mesero llegó para recibir la orden. Charlotte se encargó de pedir la comida. Casi de inmediato, se quedaron a solas.

—Mi fin de semana estuvo tranquilo —respondió al fin—. Solo que… pasó algo con Mirra —anunció.

Charlotte le prestó toda su atención después de dejar su taza, ya vacía, sobre la mesa.

—¿Qué pasó?

Amanda tomó aire antes de hablar.

—El sábado fue su cumpleaños —la morena alzó las cejas—. Yo no lo sabía. Mirra me invitó y cuando creí que iría a la casa de su padre, resulta que ella estaba en su apartamento.

—Pero ¿no se supone que todavía está débil? O eso me dijiste.

—Sí, lo está. Fue a su apartamento por su cumpleaños —explicó—. En fin, cuando nos quedamos a solas, estábamos conversando, comiendo helado y… nos besamos.

La morena alzó las cejas, sorprendida.

—Oh, vaya. ¿Eso quiere decir que son… novias?

Amanda negó con la cabeza, sonriendo.

—Es demasiado pronto para llamarnos novia —aclaró—. Sin embargo, creo que vamos en esa dirección.

—¿Crees? —cuestionó, arqueando una ceja.

—Sí. Quiero decir, nos gustamos y ya nos besamos. No lo hemos hablado, pero, estoy aquí, en este momento, y solo pienso en estar a su lado —explicó—. Estoy casi segura de que a ella le pasa lo mismo.

Charlotte asintió, comprensiva.

—Pero ella está, ya sabes…, enferma.

—Lo sé, Charlotte. Créeme que lo sé.

En ese momento, el mesero llegó con sus desayunos. Ellas le agradecieron la atención.

—¿Has pensado en lo que sucederá si…?

—No quiero ni considerar esa posibilidad —la interrumpió, negándose en rotundo a pensarlo.

—Puedo entender por qué no quieres hacerlo —dijo la morena, mirándola—. La verdad es que me parece valiente que, aun sabiendo su situación, quieras estar a su lado.

—Quiero estar con ella —reafirmó con determinación—. Cuando recién la conocí, no pude imaginar no saber más de su vida. Ahora, mucho menos.

—Ella necesitará apoyo, Amanda.

—Lo sé. Y yo estoy dispuesta a dárselo —afirmó.

Charlotte soltó un profundo suspiro.

—Te admiro.

Amanda le restó importancia a sus palabras con un gesto con la mano.

—No es para tanto. Yo solo… me estoy enamorando de ella, Charlotte. Así de simple.

Su colega sonrió.

—¿Crees que haya sido el destino quien te llevó a ese hospital?

La rubia rio.

—No lo sé, pero, a pesar de que es difícil, y más para ella, lo agradezco. ¿A veces no le agradeces a la vida el haberte puesto en el camino a alguien?

Charlotte sonrió, negando con la cabeza.

—En definitiva, estás enamorada.

Amanda solo rio. No tenía manera de negarlo.