26
Amanda no podía creer que se sintiera reprendida como una niña ante Iván.
¡Por Dios, tenía veintinueve años! Aunque él en realidad no dijo nada después de su sorprendente afirmación cuando salieron del apartamento de Mirra.
Su hija lo envolvió con su cara de “yo no rompo un plato”, mientras ella se sentía como la delincuente que fue invitada a su cumpleaños y terminó besándola frente a la chimenea, en la cocina y en el sofá; aquello fue todo un festival de besos por doquier.
La arquitecta respiró aliviada cuando por fin avistó su edificio, porque durante el trayecto reinó el silencio dentro del auto. Unos instantes después, el auto se detuvo frente a la fachada de la edificación donde ella vivía.
—Gracias, Iván —dijo abriendo la puerta.
—Por nada, Amanda. Hasta luego.
“¡Uf! Al menos no dijo hasta nunca”.
—Hasta luego —respondió, y descendió. Se movió hacia la puerta del copiloto cuando la ventanilla empezó a bajar.
Mirra le dedicó una amplia sonrisa y una mirada cómplice.
—¿Nos vemos luego? —le preguntó, sacó un brazo y le tendió la mano.
Amanda se la tomó y entrelazó sus dedos.
—Por supuesto —respondió, guiñándole un ojo.
La ojinegra sonrió, complacida; le soltó la mano y metió el brazo al auto. Se despidieron con una última sonrisa. A continuación, el auto se puso en marcha. Por segunda vez, la arquitecta entró al edificio solo cuando los perdió de vista.
Poco después, Amanda entró a su apartamento. Se detuvo en medio de la sala, con una revolución en el pecho; una revolución que no buscó, que causó Mirra, pero que le encantaba. Una revolución que, en cierto punto, le daba miedo.
Ella metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se acercó a la ventana; desde ahí no tenía una gran vista, pero podía ver parte de la autopista y sus luces extendiéndose.
Soltó un largo suspiro. Conoció a Mirra en el hospital y lo que creía era una linda amistad, ese día había dado mil giros con un beso.
Los ojos negros de Mirra eran un espejo de su alma; y ella podía ver en ellos las mismas emociones que palpitaban en su pecho.
Las dos se estaban enamorando, o ya lo estaban; en ese punto en particular no podía estar del todo segura porque no era capaz de pensar con objetividad.
Pero algo muy intenso sucedía entre ellas y parecía irrefrenable.
Y ella estaría danzando feliz con eso, si no fuera por la perspectiva sobre la salud de Mirra. Y allí era donde nacía su miedo.
Un miedo profundo capaz de hacer tambalear la más ciega fe.
***
—Sé que eres una mujer hecha y derecha, Mirra —Iván hablaba sin apartar la vista de la carretera—, pero debiste ser más objetiva. Son los sentimientos de otra persona los que están involucrados.
Mirra respiró hondo. Desde que su madre murió, fue Iván quien se convirtió en la voz de su conciencia porque sí, era impulsiva, siempre lo fue, y a veces precisaba que alguien le pusiera los pies sobre la tierra.
Respecto a Amanda, lo necesitaba mucho más porque en cuanto la conoció, sintió esa conexión invisible, pero poderosa, que une a las personas desde el corazón.
Luego que le diagnosticaron el cáncer y la mujer con la que tuvo un par de citas, se alejó por proteger su corazón, Mirra decidió que se olvidaría de los asuntos románticos mientras enfrentaba su enfermedad.
El problema con Amanda fue que se le coló dentro desde la primera vez que la vio; si lo pensaba un poco, llegaba a la conclusión de que fue así.
Con ella su corazón no tuvo ninguna oportunidad, ni defensa.
Y para su suerte, Amanda tampoco. Mirra sonrió al pensarlo.
—¿De qué te ríes? —le preguntó su padre, devolviéndola a la realidad.
Ella se sobresaltó. Su padre la miraba con los ojos entornados, aprovechando la luz roja de un semáforo.
—De nada —respondió—. Sé que debí esperar, pero estas cosas surgen de la nada.
Iván bufó mientras ponía el auto en marcha de nuevo.
—Sé muy bien cómo surgen esas cosas. Además, te conozco. Suspiras por ella desde que la primera vez que la viste.
Mirra no pudo defenderse de eso, así que guardó silencio. También tuvo que aguantarse las ganas de escribirle a Amanda porque no quería más sermones de su padre.
Era cierto, debió esperar un poco. Aguardar por el nuevo diagnóstico; pensar en ello le cortó el aire.
Si las pruebas no arrojabas los resultados que esperaba, su destino estaría sentenciado.
Y no quería a Amanda viviendo algo así. Eso era lo que le preocupaba a su padre, ella lo sabía y lo entendía también.
Mirra recostó la cabeza del asiento y bufó.
—Debí esperar, pero no quiero convertir lo que sucedió hoy en un error —dijo, mirando hacia el lado de su ventanilla—. No quiero que algo tan hermoso sea un error.
Iván la escuchó, por supuesto que lo hizo. No dijo nada en el momento, pero se quedó pensando en lo que su hija sentía.
—Solo trata de llevarlo con calma —le aconsejó.
Mirra sonrió.
—Eso es difícil, papá. Me siento como una adolescente con ella.
Iván la miró de reojo.
—¿Debo recordarte que acabas de cumplir veintiocho?
Ella rio.
—No. Soy muy consciente de que estoy más cerca de los treinta que ayer.
—Ya pronto tendrás canas —bromeó, tocándole la cabeza.
—Déjame —riendo, le apartó la mano—. Prefiero seguir usando pañoletas.
—Te quitaré la pañoleta para que Amanda vea tus canas —intentó tocarle la cabeza otra vez, pero ella lo atajó a tiempo.
—¡Papá!
El auto se llenó de sus risas hasta que llegaron al edificio. En momentos así, los dos se olvidaban de lo que enfrentaban.