Mil grullas de papel 25
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Mirra sentía que flotaba; y no porque fuera su cumpleaños, no. Besar a Amanda, y que ella le correspondiera, la tenía en una nube; más arriba de las nubes, de hecho.

Estaba disfrutando el tener a la arquitecta en su apartamento y, sobre todo, que se moviera por su cocina como si siempre hubiese habitado ese lugar.

—¿Qué es eso importante que dijo tu padre que faltaba? —Preguntó Amanda después de meter la comida al microondas, acercándose a la barra—. No creas que no me percaté de sus misteriosas palabras, ni que lo olvidé.

Mirra rio.

—Es el pastel de cumpleaños. Mi favorito es de una pastelería en Brooklyn.

Amanda se apoyó los brazos sobre la barra y se echó hacia adelante, buscando sus labios.

—Supongo que como es tu favorito, es de vainilla.

La ojinegra sonrió, mirando su boca tan cerca. Asintió, estrechando la distancia hasta que le rozó los labios.

—Es de vainilla... —confirmó y la besó, apenas juntando sus bocas— con relleno de Nutella.

—Mmm… Eso me gusta —declaró la rubia, entreabriendo los labios hasta que el roce se convirtió en un beso en toda regla y muy húmedo.

Sus labios se acoplaron lento, dejando que sus lenguas juguetearan a encontrarse con ligeras succiones que provocaban suaves gemidos que nacían y morían en sus gargantas porque entre sus bocas no quedaba un resquicio para liberarlos.

Fue sensual. Fue erótico. Fue una fogata que le hizo arder la piel y desbocó sus corazones.

Fue Mirra quien tuvo que abandonar la boca que la poseía porque el aire se le acababa demasiado rápido; maldijo para sus adentros la debilidad que todavía la acometía. Amanda se quedó cerca, respirando su aliento, mirándola con atención hasta que su agitación disminuyó.

—Reduciremos las sesiones de besos a quince segundos cada vez —dijo Mirra, sonriendo, aunque admitir su bajo rendimiento para los besos de larga duración no le hizo nada de gracia en su interior.

—Que sean diez —sentenció Amanda, y le plantó un sonoro beso en los labios antes de alejarse.

Dos segundos después, el microondas sonó. Almorzaron en la barra, entre risas y anécdotas. Luego la arquitecta cambió la alfombra manchada de helado; terminaron otra vez tendidas frente a la chimenea. Mirra con la cabeza apoyada sobre el abdomen de Amanda.

—Me quedé pensando en tu regalo —dijo la arquitecta, mientras buscaba su mano. Entrelazó sus dedos, sin dejar de mirar las ficticias llamas frente a ellas.

—No es necesario, Amanda. El que estés aquí es suficiente —afirmó la ojinegra, ladeando la cabeza para mirarla.

—Ya se me ocurrirá algo.

Mirra rodó los ojos.

—¿Solo yo me escucho cuando hablo?

Amanda rio.

—Quiero regalarte algo, así que lo haré —sentenció mientras que con la otra mano le dibujaba el borde de la pañoleta.

—¿Qué tal si hablamos de otra cosa?

—¿Qué tal si me cuentas de esas chicas que tu padre adivinaba que habías besado? —sugirió Amanda, alzando las cejas.

Mirra rio.

—De eso hace muchos años.

La tarde la pasaron conversando, riendo, besándose en algunas ocasiones. Cuando se cansaron de mirar las llamas de la chimenea, se pasaron al sofá. Entonces fue Mirra quien acunó a Amanda sobre su pecho.

El reloj iba a marcar las siete cuando, finalmente, Iván apareció con el pastel. Para ese entonces, ellas se encontraban sentadas frente a frente, sabiendo que él llegaría en cualquier momento y que la puerta estaba abierta.

—Lo siento, mucho tráfico —se excusó el ruso, pasando de largo por la sala hasta dejar el pastel sobre la barra de la cocina—. Ya es hora de la fiesta —anunció, sacando de la bolsa que traía colgando del brazo, unos coloridos gorros de fiesta.

—Ya era hora —se quejó su hija con un tono de broma. Se levantó con cuidado del sofá.

Amanda se mantuvo cerca de ella como apoyó de camino hacia la cocina.

Iván le puso un gorro a su hija y también a la rubia; luego sacó un tubo de serpentinas y, antes de que Mirra protestara, lo hizo estallar.

—¡Papá! —se quejó entre risas.

Amanda soltó una carcajada.

—Feliz cumpleaños, cariño —Iván le dio un abrazo de oso a su hija, mientras a su alrededor todavía llovía serpentinas.

La ojinegra hundió la cara en el pecho de su padre, recibiendo su amor, rogando en silencio que no fuera su último cumpleaños.

Amanda contempló la escena con una profunda emoción.

A su mente llegó el recuerdo de Mirra lanzando las grullas al río, y luego ella también.

Esperaba poder celebrar a su lado muchos cumpleaños más.

En especial, después de haber cruzado la línea de la amistad.

Se miraron en silencio, sin saber que cada una pensaba en lo mismo.

Cuando Iván soltó a su hija, ambos tenían los ojos humedecidos.

—Gracias, papá.

—Feliz cumpleaños a ti —comenzó a cantar Amanda, palmeando las manos para acompañar la entonación.

Al instante, Iván la se unió al canto mientras encendía la vela que adornaba el pastel.

—Feliz cumpleaños a ti —cantaron a dúo y terminaron aplaudiendo.

—Pide un deseo —dijo Amanda.

Mirra buscó sus ojos y le sonrió antes de inclinarse y soplar la vela, luego de pedir su deseo. La rubia aplaudió, emocionada.

—Hora de cortar el pastel —anunció Iván, ya con un cuchillo en la mano.

La ojinegra rio.

—A él también le encanta este pastel —le informó ella a su invitada.

—Son tal para cual —dijo la rubia, riendo.

El pastel fue cortado y repartido. Amanda cerró los ojos de puro place al probar el primer bocado.

—¡Santo Dios! —jadeó, dejándose envolver por el exquisito sabor.

—Es mi favorito —presumió Mirra.

Los tres comieron casi en silencio la primera porción, luego repitieron.

—Tendré que ir toda una semana al gimnasio para perder estas calorías —declaró la arquitecta.

—¿Sueles ir al gimnasio? —Mirra moría por conocer más cosas de ella.

—No, pero tendré que ir.

Iván rio.

—Todas las mujeres son iguales. Se preocupan mucho —afirmó.

Ellas lo miraron con los ojos entornados.

—No todos tenemos tu metabolismo —le aclaró su hija.

Iván se encogió de hombros y le tendió el plato; quería una tercera porción. La ojinegra miró a su invitada.

—Lo adoro, pero a veces es como un niño —le dijo, ampliando los ojos.

Amanda no pudo hacer otra cosa que reír.

***

Por suerte, el desastre en la cocina no fue demasiado; cuando llegó la hora de marcharse, Iván recogió todo bastante rápido.

—No quiero irme —declaró Mirra, haciendo pucheros. Se encontraba sentada en la silla de ruedas porque el día había sigo agitado y no quería excederse demasiado de los límites que su cuerpo le imponía.

—En un mes podrás quedarte —le dijo su padre como consuelo.

Un mes. Ella miró a Amanda. Un mes lo definiría todo.

—En un mes vendré a visitarte —le ofreció Amanda, procurando animarla.

La ojinegra frunció el entrecejo.

—¿Volveré a verte en un mes? —preguntó casi con un hilo de voz y un tono desolado. El solo imaginar que pasaría tanto tiempo sin verla, le oprimió el pecho.

La rubia rio.

—No. Solo digo que estarás de vuelta aquí en un mes —se explicó.

Mirra se quedó mirándola, luego su boca se curvó con una leve sonrisa cuando entendió que ella le decía con esas palabras que estaría bien. Que las grullas harían el milagro.

—Te estaré esperando —le dijo.

Iván, que las esperaba con la puerta abierta, se quedó contemplándolas mientras ellas hablaban. Sus ojos se entonaron, asomando una sospecha. Unos instantes después, fue Amanda quien empujó la silla, conduciéndola fuera del apartamento.

Cuando ellas salieron, la sospecha de Iván se convirtió en confirmación. Mirra notó que su padre seguía en la puerta y que no se movía.

—Papá, ¿estás bien? —le preguntó.

Amanda también lo miró, un tanto preocupada. De pronto, Iván levantó una mano y las señaló.

—Ustedes se besaron —afirmó.

Los ojos de la arquitecta se abrieron como platos por la más pura sorpresa. ¡¿Cómo diablos pudo saberlo?!