Mil grullas de papel 24
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Hello, I've waited here for you Everlong Tonight I've thrown myself into And out of the red, out of her head, she sang

Come down and waste away with me Down with me Slow, how you wanted it to be And over my head, out of her head, she sang

Un segundo antes, Amanda hubiese jurado que su corazón no podía latir más fuerte; tener a Mirra tan cerca, percibiendo el delicado aroma de su perfume, le había acelerado todo.

En apariencia, ella estaba en calma, relajada, cuando por dentro, el simple roce de sus rodillas le generó una repentina liberación de energía, provocando que sus placas tectónicas se agitaran, aunque ella no fuera la Tierra.

El frío del helado ayudó a apaciguar el terremoto en su interior, pero fue escuchar a Mirra y el tiempo se congeló durante unos segundos, luego el corazón le dio un vuelco y fue entonces cuando empezó a latir verdaderamente fuerte.

El tiempo continuaba suspendido, mientras ella seguía perdida en los ojos de Mirra y en sus palabras. Unas palabras que lo decían todo, sin pudor, sin miedos. Unas palabras que expresaban sus mismos deseos, solo que ella tuvo miedo hasta de pensarlo.

Tragó saliva. Podía ver la incertidumbre en los ojos de Mirra, mientras su pecho subía y bajaba. Amanda se dio cuenta de que estaba tan agitada como ella; incluso, respiraba por la boca. Por eso tuvo que humedecerse los labios antes de hablar.

—Entonces, ¿por qué no lo haces? —dijo y volvió a pasarse la lengua por los labios.

Los ojos de Mirra reaccionaron a sus palabras; se abrieron ligeramente, evidenciando sorpresa, pero luego, se apartaron de los suyos para posarse en su boca. Fueron solo unos segundos, o tal vez una eternidad.

And I wonder When I sing along with you

If everything could ever feel this real forever If anything could ever be this good again The only thing I'll ever ask of you

Los ojos de Mirra buscaron los suyos otra vez mientras hacía a un lado el tazón que tenía en la mano. Amanda apenas respiró cuando la vio acercarse con una lentitud medida, como si le diera tiempo para detener lo que estaba a punto de suceder.

Pero ella no lo detendría, porque llevaba mucho esperándolo sin saberlo. Solo en ese instante, solo cuando Mirra estaba a milímetros de su boca, y bajó la vista para mirar la suya, fue que lo supo.

El encuentro de sus labios fue delicado, pero intenso.

No hubo roce. No hubo un intento de reconocimiento.

Sus bocas se acoplaron como si hubiesen sido una sola toda la vida, ni siquiera el frío las sorprendió, porque la calidez que encontraron en sus bocas se convirtió en segundos en la dulce miel más adictiva que jamás probaron.

Sin ser consciente, Amanda hizo a un lado el recipiente con helado y se inclinó un tanto más hacia ella, buscando un mejor ángulo para en sus labios; levantó la mano izquierda, la deslizó por la nuca de Mirra y presionó, intensificando el beso.

Su lengua buscó la suya y entonces todo comenzó a girar; o eran ellas la que giraban en el espacio infinito.

Todo desapareció; solo eran sus labios húmedos, fraccionándose, sintiéndose, liberando el ardor que latía en sus corazones.

Sus respiraciones eran cada vez más agitadas y el calor de sus alientos les impedía que el oxígeno llegara a sus pulmones, pero extendían el beso porque era demasiado maravilloso; era jodidamente sensual y excitante. Fue eso, la falta de aire, lo que las obligó a separarse.

—Tu llamada acaba de ser pateada al segundo lugar como mi mejor regalo de cumpleaños —jadeó Mirra contra su boca, mirándola a los ojos, así, tan cerca como estaban.

Amanda rio. Para ella un respiro fue suficiente, afirmó la mano en su nuca, reclamó la boca de Mirra y así, besándola, se inclinó, empujándola con delicadeza hasta que quedaron tendidas sobre la alfombra.

Breathe out, so I can breathe you in Hold you in And now I know you've always been Out of your head, out of my head, I sang

Amanda se acomodó sobre Mirra, encajando sus piernas como las piezas de un rompecabezas. El beso se extendía más y más y más, exprimiendo todo el placer que les provocaba. No había música, pero podían escucharla, acompasada con sus respiraciones.

Mirra deslizó las manos por sus costados hasta llegar a su cintura, luego se deslizaron hacia su espalda; podía sentir el calor de su piel a través de la ropa.

Un calor que ansió abrigar por completo.

Amanda se movió sobre ella, buscando otro ángulo en su boca; el estremecimiento que le provocó la sorprendió.

Otra vez se estaba quedando sin aire y la otra mujer lo notó.

Con algo de resistencia, Amanda rompió el beso, pero no se alejó, se quedó ahí, a centímetros de su boca, respirando el aliento agitado de Mirra, mirándola, hipnotizada.

Fue ella misma quien volvió a acercarse y le rozó los labios a la ojinegra con delicadeza, pero sin besarla. Entonces esta levantó una mano y le apartó un mechón, que acomodó detrás de su oreja.

—Juro que intenté verte siempre como una amiga —declaró con un susurro.

Amanda sonrió de una manera tierna y desarmante a la vez, y miró su boca.

—Yo también —confesó—. Te he tenido en mi cabeza todo este tiempo.

Mirra escudriñó sus ojos, aunque no tenía motivos para no creer en ella. Solo que todavía no podía creer que estuvieran ahí, así, tan cerca.

—¿Cómo sucedió esto?

Amanda hizo una mueca con los labios.

—Bueno, tú me invitaste y luego me dijiste que querías besarme —resumió como explicación.

La mujer debajo de ella rio.

—No hablo de eso —aclaró, acomodándole otra vez el mechón—. Yo no debo pensar en estas cosas. Al menos no hasta saber…

Amanda le cubrió los labios con un dedo.

—Shhh… No hablemos de eso. Las grullas volaron, ¿lo recuerdas?

Mirra le besó el dedo que le sellaba los labios y sonrió.

—Eres tan hermosa —declaró, susurrando mientras le acariciaba una mejilla.

—Tú lo eres más —rebatió la arquitecta besándola en la nariz—. Y… te estoy aplastando —dijo, apartándose hasta acomodarse de lado junto a ella.

—Estaba mejor antes.

Amanda rio.

—Te creo.

De pronto, Mirra se movió y sintió algo frío en su pierna. Al mirar, vio su tazón con helado volteado.

—¡Rayos!

—¿Qué? —Amanda se incorporó de inmediato.

—El helado manchó la alfombra.

—Deja que yo me ocupe —ofreció la arquitecta, levantándose.

—Tendré que cambiar la alfombra. Papá se dará cuenta de lo que pasó aquí.

Ya Amanda había recogido los tazones.

—¿Cómo lo sabría?

—Tiene un octavo sentido para estas cosas.

—¿Octavo? ¿No crees que exageres un poco?

—No. Él siempre sabía cuándo había besado a alguna chica que llevaba a casa.

La otra mujer rio. Fue a la cocina y dejó los tazones en el fregadero.

—¿Tienes toallas absorbentes? —preguntó.

—En la gaveta junto al refrigerador —le indicó.

Amanda encontró las toallas y regresó a su lado con varias en las manos. Se sentó y empezó a limpiar el helado.

Mirra se quedó mirándola con una ligera sonrisa curvando su boca.

—¿Qué? ¿Quieres besarme otra vez? —curioseó la rubia.

Ella rio.

—Creo que querré hacerlo siempre —declaró.

Amanda dejó de limpiar para mirarla.

—¿Siempre?

—Mju.

Ella sonrió y empezó a inclinarse hacia Mirra para besarla, pero algo empezó a sonar en la sala. Las dos miraron hacia el lugar de donde provenía el sonido.

La arquitecta reconoció la alarma que le recordaba a la ojinegra que era hora de comer.

—Bueno, se acabó la diversión —anunció.

Mirra frunció los labios.

—¿No ibas a besarme?

Amanda rio.

—No, eras tú quien quería besarme a mí.

—Oh, cierto. En ese caso… —Mirra la tomó por el cuello de la camisa y tiró de ella, acercándola.

Sus bocas volvieron a ser una y sus respiraciones a acelerarse en segundos.