23
Amanda sonrió sin dejar de mirarla a ojos; sonrió amplio, bonito, con una auténtica emoción iluminando su azul mirada. No se movió, solo se quedó ahí, parada, mirándola, como intentando recuperar el tiempo que tenía sin verla, sin hablar con ella.
—Eres una presumida —le dijo a Mirra.
—Yo me haré cargo de esto —intervino Iván, quitándole la bolsa que ella abrazaba.
Amanda apenas le prestó atención. Entonces, riendo, por fin acortó la distancia entre ellas. La ojinegra no se movió, solo se dejó envolver por su cálido abrazo; cerró los ojos, aspirando ese perfume que recordaba y que extrañó, como si hubiese sido parte de sí misma toda su vida.
—Solo quería mostrarte donde vivo —aclaró, todavía abrazada a ella.
Amanda se separó para mirarla a los ojos.
—Para presumir.
Mirra rio.
—Que no.
—Oye, te ves bien —declaró la arquitecta, dando un paso atrás para mirarla por completo—. Y fuerte.
—He estado comiendo mis vegetales —presumió.
Amanda rio.
—Pues, muy bien.
—¿Y qué tal? —preguntó Mirra, extendiendo los brazos a los lados—. El apartamento —aclaró al ver su gesto de confusión.
—Oh, es lindo —declaró, echando un vistazo alrededor.
Era un espacio de concepto abierto, aunque no tenía comedor; la barra americana lo reemplazaba, lo que permitía que la sala fuera más amplia.
La decoración hacía gala de un estilo moderno; con líneas limpias y sin sobrecarga visual.
El lugar reflejaba a la perfección a Mirra, era sencillo, pero atractivo.
—Gracias —susurró ella.
De pronto, a un costado de la sala, algo llamó la atención de Amanda.
—¿Tienes una chimenea?
Mirra rio.
—Es decorativa. Siempre me han gustado las chimeneas —explicó—. Aquí no podía tener una por obvias razones, así que me compré una de vapor de agua. Es muy realista, me encanta. Suelo pasar mucho tiempo frente a ella.
—Cariño —Iván habló desde la cocina—, aquí está todo lo que encargaste. Solo falta lo más importante.
Su hija le sonrió.
—Gracias, papá.
—Ahora debo encargarme de unas cosas —anunció él, dirigiéndose hacia la puerta—, pero regresaré a tiempo.
Amanda frunció el entrecejo ante la extraña conversación; miró a la ojinegra, cuestionándola con un gesto, pero ella negó con la cabeza.
—Solo llega a tiempo —le pidió ella a su padre.
Él asintió.
—Por favor, no dejes que coma mucho helado —le pidió el ruso a Amanda, ya con la puerta abierta.
—¡Papá!
Amanda rio cuando Iván cerró la puerta antes de escuchar toda la protesta de su hija.
—Solo una taza de helado —la chinchó.
—No le hagas caso. Por favor, toma asiento —la invitó, señalando el sofá en forma de L—. He sido mal educada.
La arquitecta le restó importancia a sus palabras con un gesto de la mano. Tomó asiento de lado, pasando un brazo por el borde del respaldo del mueble. No obstante, estuvo atenta a Mirra. Solo se relajó cuando ella también se sentó, imitando su posición.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó por fin. Se veía bien, pero necesitaba saber cómo se sentía.
—La verdad, bastante bien. He recuperado algo de fuerza y apetito. El doctor también me disminuyó la dosis del somnífero.
—Eso me alegra mucho. En un mes será tu revisión, ¿cierto?
A la ojinegra le sorprendió que ella lo recordara.
—Sí. Me harán pruebas para saber si el cáncer está en remisión.
—Lo estará —dijo Amanda con determinación—. Las grullas volaron, ¿lo recuerdas?
Mirra rio.
—Sí.
La arquitecta se quedó mirando su sonrisa. Todavía no había llegado el momento de confesarle que ella también lanzó grullas de papel al río y pidió un deseo.
—¿Y cuándo regresaste aquí? —preguntó.
—No he regresado —aclaró—. Es solo por hoy. Papá me concedió el deseo porque… —su boca se torció con una sonrisa— hoy es mi cumpleaños.
Amanda se levantó del sofá con un rápido movimiento. Los ojos parecían que se le desorbitarían.
—¡¿Qué?!
La ojinegra rio.
—Hoy es mi cumpleaños —repitió.
—¡Mirra, por Dios! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza. Un segundo después, se lanzó al sofá y la abrazó.
La otra mujer rio entre sus brazos; los rizos de la rubia le cubrieron el rostro y ella se perdió en su aroma.
—¿Por qué no me dijiste antes? —preguntó, separándose para mirarla.
Mirra se encogió de hombros.
—Quería sorprenderte.
—Vaya que lo hiciste —dijo y volvió a abrazarla—. Feliz cumpleaños, Mirra.
—Gracias, Amanda.
Cuando volvieron a separarse, la arquitecta le tomó las manos. A la ojinegra le estremeció el contacto; se perdió en la suavidad de su tacto. También le maravilló la delicadeza de sus dedos. Esperó que ella no notara su ligero temblor.
—Debiste decírmelo —insistió—. Te hubiese comprado un obsequio.
—Que estés aquí es el mejor regalo de todos.
—¡Bah!
—Es en serio. Papá aceptó que viniera, pero iba a estar sola. Para mi suerte, llamaste. Eso fue un bonito regalo.
Amanda negó con la cabeza.
—Nada de eso. No tengo un obsequio, pero puedo hacer algo por ti ahora mismo —ofreció—. Pide lo que quieras y te lo concederé.
—No sabía que eras el genio de la botella.
La rubia le pegó en la rodilla.
—Hablo en serio. Dime qué quieres.
Mirra se quedó mirándola a los ojos, sonriendo.
—De acuerdo, falta poco para que tenga que almorzar. Me gusta el postre antes de comer, así que… come helado conmigo —pidió.
—Concedido.
La ojinegra rio.
—Debí pedir un millón de dólares —dijo y torció los labios.
—Y yo te hubiese dado un cheque sin fondos.
—Vaya estafa.
Amanda rio.
—Supongo que una de las cosas que trajo tu padre fue una buena provisión de helado.
—Supones bien.
—Entonces iré a servirlo.
—Yo puedo hacerlo.
La arquitecta entornó los ojos.
—Ya lo sé, pero lo haré yo.
Mirra rodó los ojos. Desde el sofá, la vio ir hacia la cocina.
Cuando ese día inició, jamás se imaginó que tendría a Amanda en su casa; llevaba tanto sin saber de ella, que llegó a pensar que tal vez no volvería a verla.
Su llamada fue como un regalo. No exageraba, era el mejor que había recibido en toda su vida.
Sonrió al ver a Amanda mirando las fotografías que tenía pegadas en la puerta del refrigerador.
—Son algunos clientes —le informó.
Ella volteó a mirarla.
—Creo que conozco a un par de ellos.
Mirra sonrió.
—Sería extraño si no fuera así. Son algunos de los mejores deportistas del estado.
Amanda puso los brazos en jarra.
—Sé lo que haces —dijo—. Ya me queda claro que no eres una niña.
—También tengo un auto —le recordó.
La rubia negó con la cabeza, sonriendo.
—Nunca te he visto como a una niña —le aclaró, abriendo el refrigerador—. Solo un poco vulnerable por tu enfermedad, pero también sé que no lo eres en lo absoluto.
A Mirra le encantó que se lo dijera mirándola a los ojos.
—Gracias.
Amanda le sonrió, y volvió a su tarea de buscar tazones y servir el helado. Mientras tanto, la cumpleañera se levantó del sofá y se sentó en el suelo, sobre la gruesa alfombra, frente a la chimenea. La encendió y las llamas surgieron como por arte de magia.
Unos instantes después, Amanda se acercó, le tendió su tazón, luego se sentó a su lado, tan cerca, que una de sus rodillas le rozaba.
—Después de las semanas que tuve, esto es perfecto —dijo la arquitecta, luego se metió una cucharada de helado a la boca.
—Nada mejor que el helado para olvidarse de todo lo pesado.
—El helado y el fuego.
La ojinegra rio.
—Y el fuego —le concedió.
Durante un par de minutos comieron en silencio, con la vista fija en las llamas.
Hasta que Mirra la miró; tenerla tan cerca le parecía increíble.
Amanda estuvo cada día en su mente, incluso cuando hubo silencio de su parte.
Sabía que no podía albergar ninguna ilusión por su salud, pero ella simplemente se le coló dentro, como la tinta de un tatuaje.
De pronto, Amanda apartó la vista de las llamas al notar su insistente mirada. Una vez más, como en otras ocasiones, sus ojos se encontraron, perdiéndose en su mudo lenguaje.
En medio del silencio, sus corazones acompasaron su latir; un latir potente, cargado de emociones que despertaban sensaciones en sus pieles y alborotaban las mariposas que vivían dentro de ellas.
—¿Qué? —preguntó Amanda.
Mirra se mordió el labio inferior. “¿Qué?” Podía responder de tantas maneras esa preguntas, todas ellas una excusa para no decir lo que en realidad anhelaba. Porque no debía. Porque no podía. Porque no era justo para ellas, ni para sus corazones.
Entonces evocó todo lo que vivió después del diagnóstico.
Recordó todo de lo que se arrepintió de no haber hecho.
Cometió errores, sí, pero también dejó de hacer muchas cosas por miedo a no dar el paso correcto.
Ahora sabía que no se podía dejar para después nada; la vida se lo enseñó y ella era de las que aprendía la lección a la primera.
Había pedido un deseo. Estaba a la espera de un milagro y, en ese momento, se encontraba de nuevo sintiendo miedo, solo que esta vez no estaba dispuesta a arrepentirse más delante de no haberlo hecho cuando lo tenía al alcance de su mano.
Solo Amanda podría detenerla. Solo ella.
Sus miradas continuaban conectadas como si un hilo invisible las unieras.
Las dos contuvieron las respiraciones sin saberlo.
Algo sucedía. Algo estaba por suceder, podían sentirlo.
O tal vez lo deseaban. Algo que lo iba a cambiar todo.
Lo sabían y eso aceleraba sus corazones a mil, como si se encontraran siendo lanzados al universo en un potente cohete.
Entonces, tras un silencio que pareció demasiado extenso; demasiado expectante, Mirra habló.
—Tengo tantas ganas de besarte, Amanda —confesó en voz baja, casi en un susurro—. Tantas, que duele.