22
Amanda llevaba todo un mes trabajando sesenta horas a la semana, a veces más, cuando tenía que acudir al terreno de la obra para supervisar la cimentación y contención de la tierra; Bill Harper estaba presionándola con eso.
La noche anterior había llegado a su apartamento casi arrastrándose; apenas tuvo fuerzas para quitarse la ropa y darse una ducha.
Ni siquiera cenó aunque tenía hambre. Se metió a la cama y no supo nada más del mundo hasta la diez de la mañana del día siguiente.
Era sábado; en pleno verano, a esa hora, ya resultaba algo sofocante respirar.
Ella apartó las sábanas a patadas. La noche anterior se olvidó hasta de encender el aire acondicionado; la ventana del dormitorio estaba abierta y el calor de afuera la sofocó en cuanto despertó. Aturdida por el sueño, se sentó en la cama. Se restregó la cara.
—¿Qué rayos? —murmuró.
Como un zombi, se levantó, fue hasta la ventana y la cerró, luego encendió el aire acondicionado.
Lo siguiente que hizo fue ir al baño y se metió a la ducha; necesitaba quitarse con urgencia el sudor de la piel.
Minutos después, cuando ya vestía un short y una camiseta, fue directo a la cocina. Ahora lo urgente era el café.
Fue después de beber una taza de café, y comer una enorme tortilla de huevos que preparó, que sus pensamientos comenzaron a ser coherentes. Buscó su teléfono en la cartera que había dejado tirada sobre el sofá. Encontró varios mensajes de Charlotte; el primero la hizo reír.
“Ya llegué al edificio, gracias por preguntar. Aunque supongo que estás muerta”.
Los otros mensajes eran notas de voz de ese día; su colega había madrugado. Decidió que los leería después, por el momento no quería saber nada del proyecto. Encontró algunos mensajes de Bill Harper y otros tantos de otros colegas. Pero fue el de Mirra el que abrió al verlo; era del día anterior.
“Le pedí a papá que pasara por la cafetería de tus omelletes. Trajo tres. Esta vez me comí uno completo. Estaba delicioso. Por fin estoy apreciando más los sabores. Espero que te encuentres bien, Amanda.”
La arquitecta pudo percibir cierta tristeza de Mirra en esas últimas palabras.
O tal vez no había nada de tristeza y de verdad solo deseaba que estuviera bien.
Tal vez era ella quien estaba triste porque la extrañaba.
Intentó recordar la última vez que hablaron.
Fue poco después de lanzar las grullas desde el puente.
Le sorprendió el tiempo que había transcurrido.
Desde que el proyecto había entrado en una nueva etapa, su tiempo se le esfumaba en el aire. Por más que intentaba mantener el contacto, a veces se olvidaba de darle los buenos días o despedirse en las noches. Ya llevaba dos semanas sin escribirle. Darse cuenta, le dolió.
Sin perder un segundo más, Amanda pulsó sobre el nombre de Mirra. Los repiques se extendieron hasta que finalmente oyó su voz.
— Amanda, bue…
—Perdón, perdón, perdón, por el abandono —dijo a la carrerilla, interrumpiéndola—. Soy una esclava del trabajo.
La risa de Mirra en el teléfono le sonó como una melodía que, de un plumazo, se llevó todo su agotamiento físico y mental.
— Estás perdonada.
—¿En serio? ¿Así, tan fácil? Creí que tendría que arrastrarme a tus pies.
— Jamás permitiría que hicieras eso.
Amanda sintió un vuelco en el pecho. Sonrió como una idiota, lo supo sin necesidad de mirarse en un espejo.
—Es bueno saberlo —dijo en voz baja.
La ojinegra sonrió.
— ¿Cómo estás, esclava ? —le preguntó.
—No, ¿cómo estás tú? —quiso saber Amanda ella primero.
— Bien. Ya no me canso tanto cuando me pasó del sofá al sillón —bromeó.
—Eso me alegra mucho.
— Oye, ya que llamaste —Mirra dudó un poco—, ¿tienes planes para hoy? —curioseó.
—No, ninguno.
— Entonces, ¿puedo hacerte una invitación? —habló con cautela.
Era cierto, Amanda no tenía ningún plan ese día, pero había pensado en quedarse en su apartamento para descansar.
Sin embargo, la perspectiva de ver a Mirra, porque no podía tratarse de otra cosa, le hizo ilusión al instante.
A pesar del tiempo que pasó sin hablar con ella, ni verla, siempre estuvo en su mente, agitándole más que el corazón.
—Sí, por supuesto —respondió.
— Perfecto, pero… hay un detalle —anunció.
La arquitecta frunció el entrecejo.
—¿Un detalle?
— Mju.
—¿Y cuál es?
— Papá irá a buscarte.
—Mirra, puedo ir en el metro.
— No se trata de eso, lo prometo. Solo está lista en una hora, por favor —le pidió .
—Mirra… —dijo con un tono de advertencia.
— Por favor.
Amanda resopló.
—De acuerdo. Estaré lista en una hora.
***
En efecto, una hora después, Amanda esperaba a Iván frente a su edificio. Apenas llevaba un par de minutos en la acera cuando avistó el auto. En cuanto se detuvo frente a ella, abrió la puerta y se acomodó en el asiento del copiloto. Le dedicó una sonrisa al imponente hombre.
—Buenos días, Iván —saludó.
—Buenos días.
—¿Se puede saber qué trama tu hija?
El ruso sonrió, mientras se aseguraba de que podía ponerse en marcha.
—Creo que quiere sorprenderte —respondió.
—No es mi cumpleaños.
Él volteó a mirarla y volvió a sonreír.
—Ella es así.
Amanda se encogió de hombros. Continuaron en un cómodo silencio hasta que advirtió que él tomó una dirección diferente a la que se suponía que se dirigían.
—Emmm… ¿A dónde vamos? —preguntó, volteando a verlo.
—Te dije, Mirra quiere sorprenderte.
—¿Está en el hospital? —se preocupó.
—No —respondió. Como ella continuó mirándolo, él volteó a verla—. Solo confía —le pidió, asomando una sonrisa.
Amanda respiró hondo. Se suponía que iba a ver a Mirra, ¿no? Si ella no se encontraba en el apartamento de su padre, ni en el hospital, entonces, ¿dónde estaba?
A ella no le quedó más que esperar. Finalmente, unos minutos después, Iván se adentró en el estacionamiento de un edificio.
—Ya llegamos —le anunció, abriendo la puerta del auto.
Amanda lo vio descender, cerrar la puerta y después dirigirse al portaequipaje. Entonces ella también descendió. Cuando se asomó, vio a Iván sacando varias bolsas del maletero.
—Déjame esta —le ofreció al verlo luchando para sostener una enorme bolsa de papel.
—Gracias.
Después lo siguió hasta que entraron al edificio y luego al ascensor.
—Tu hija es una cajita de sorpresas —dijo.
Iván la miró y sonrió.
—Es la mejor cajita de sorpresas.
Ella pudo ver todo el amor que él albergaba por su hija en sus ojos y su sonrisa. Las puertas se abrieron y salieron al pasillo riendo.
De nuevo, Amanda lo siguió. Frunció el entrecejo cuando Iván se detuvo frente a una puerta y, con el pie, la empujó, luego le hizo una seña para que ella entrara.
En cuanto la arquitecta se asomó al corto recibidor, vio a Mirra sentada en la sala; se sonrieron al instante. Sin darse cuenta, las dos respiraron hondo, como si hubiesen estado conteniendo el aire desde la última vez que se vieron.
Mirra se levantó con poco esfuerzo y sin dejar de sonreír. Sus ojos brillaban de emoción.
—Bienvenida a mi casa —le dijo.