Mil grullas de papel 21
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Las luces artificiales de Manhattan hacían parecer mágica la noche.

Después de lanzar las grullas al río, Mirra convenció a su padre de beber algo caliente para combatir la fría brisa, así que terminaron sentados en la mesa de un bistro-café en una calle cercana al puente.

La calidez del sitio dejó a Iván más tranquilo, pues le preocupaba que su hija se resfriara.

Otro punto a favor fue que no estaba tan concurrido.

Finalmente, Mirra pudo quitarse el tapaboca para beber el té que ordenó.

—¡Uf! Esto me mata —se quejó.

Amanda se alegró de ver su rostro.

—Es por tu bien —le recordó, agarrando la taza de café que ordenó para ella.

Iván prefirió un capuchino, y decidió beberlo sentado en la barra para darles privacidad. Tanto su hija como Amanda le dijeron que no era necesario, pero él insistió. No pudieron detenerlo. Aun así, desde la barra, él permanecía vigilante.

—Lo sé, pero resulta agotador tener tantos cuidados —comentó Mirra.

—Me alegra que estemos aquí —declaró la arquitecta—. No creí que pudiéramos compartir un poco de tiempo.

—A mí también me alegra. En especial, porque ya no tendrás mucho tiempo, así que gracias por acompañarnos.

Amanda sonrió.

—No tienes que darme las gracias. Me encantó ser testigo de lo que hiciste. Fue mágico el momento.

—Lo grabaste —comentó.

—Por supuesto. ¿Quieres verlo?

—Sí.

Sonriendo, Amanda sacó el teléfono de su bolsillo y buscó en la galería el vídeo. Aunque estaban cerca, ella arrimó la silla para cercarse más a Mirra y que pudieran verlo juntas.

—Recuerda que no soy camarógrafa —acotó Amanda.

La ojinegra rio.

—Lo tendré en cuenta.

La arquitecta le sacó la lengua antes de situar el teléfono frente a sus ojos; entonces puso a reproducir el vídeo.

Para Mirra fue como ver la escena por primera vez, aunque ella fue la protagonista.

En aquel momento estaba tan concentrada en lo que hacía, que todo lo demás a su alrededor desapareció; apenas fue consciente de la cercanía de su padre y de Amanda.

La ojinegra se vio levantándose de la silla; recordó su emoción, la fuerza con la que latía su corazón. Luego observó cuando pasó la bolsa por el agujero y, unos instantes después, las grullas cayeron. Sonrió sin darse cuenta, mirando la escena.

—Algunas parecían volar —dijo Amanda, señalando en la pantalla, aunque la malla del puente cortaba un poco la vista.

—¿Dónde estarán ahora? —preguntó Mirra, más para sí misma que para la mujer a su lado.

La rubia la miró.

—Recorren el camino que las conducirá a cumplir tu deseo.

Mirra se quedó como hipnotizada, mirándola a los ojos. Sus palabras le resultaron tan hermosas, que no supo hacer otra cosa que sonreír.

—Es esperanzador saberlo —susurró.

Amanda deseó confesarle en ese momento que ella también había hecho mil grullas de papel; que el día siguiente, regresaría al puente y pediría su deseo.

Un deseo que no era para ella. Pero se contuvo.

En su lugar, dejó el teléfono sobre la mesa y agarró la taza frente a ella; le dio un sorbo a su café, consciente del silencio que de pronto las rodeaba y también de que no se había alejado de Mirra, aunque ya no miraban el teléfono.

—Tu té se enfriará —le recordó, dejando de apoyar el codo en el reposabrazos de la silla de ruedas—. Frío debe ser menos agradable.

Mirra miró su taza, luego volvió a encontrarse con sus ojos.

—Y tú bebes café demasiado rápido.

Amanda rio.

—Es la primera vez que no te veo tan acelerada.

—Hay momentos que deseo que no acaben —confesó.

Un tanto sorprendida, la arquitecta asomó una sonrisa, luego apartó la vista de ella; miró a su alrededor, como dándose tiempo, aunque no sabía para qué. De pronto, su corazón latía fuerte y la verdad era que hubiese dado muchas cosas porque ese instante no acabara.

Cuando Amanda devolvió la mirada a Mirra, estaba cargada de algo indescifrable, que no quería analizar.

—Créeme, puedo entenderlo —dijo.

Mirra abrió la boca para decir algo cuando advirtió la presencia de Iván.

—Es tarde —declaró su padre, con un tono que no admitía protestas.

Ella miró a la arquitecta, torciendo los labios.

—Ya se acabó —comentó con hastío.

Amanda rio.

—Pues sí. Iré a pagar la cuenta —dijo ella, levantándose de la mesa.

Iván la detuvo con un gesto con la mano.

—Ya me hice cargo de eso. Yo invito.

—Oh, bien, gracias —medio balbuceó la arquitecta.

—Fue un placer.

Iván le quitó el freno a la silla de ruedas y empezó a empujarla. Mirra se puso el tapaboca de camino a la puerta, que Amanda abrió para ellos.

Ya en la acera, se inició una discusión cuando Amanda anunció que tomaría el metro para regresar a su edificio. Iván y Mirra insistieron en llevarla.

—De ninguna manera lo permitiré —la arquitecta se negó en rotundo—. Tienen que desviarse demasiado de su camino.

Minutos después, Iván puso en marcha el auto, con dirección al edificio de Amanda; el ruso podía ser persuasivo cuando se lo proponía y su hija tampoco se quedaba atrás.

—Podrían estar en casa en veinte minutos —recalcó Amanda, cruzada de brazos en el asiento posterior.

Iván buscó su mirada a través del retrovisor.

—Eres tan terca como Mirra. Con razón se gus…

—¡Papá! —lo interrumpió su hija a tiempo de que las pusiera en aprietos a las dos.

—¿Qué? —cuestionó él, mirándola, sorprendido.

—Solo presta atención a la carretera —le pidió la ojinegra.

—Eso hago.

En el asiento de atrás, Amanda apretó los labios para no reír.

Incluso sin mirar a Mirra a la cara, pudo advertir su tensión por la manera como enderezó los hombros.

Podía imaginarla mortificada por lo que estuvo a punto de decir su padre.

Iba a ser una indiscreción de su parte, pero también una verdad.

Se gustaban, era evidente. Amanda estaba segura de que Mirra podía percibir su atracción. El problema era que esta debía centrarse en su recuperación. No había espacio para nada más mientras existiera la incertidumbre de sí las quimioterapias habían erradicado el cáncer de su cuerpo.

Veinte minutos después, Iván detuvo el auto frente a su edificio. Mirra bajó la ventanilla para poder mirarlo bien.

Amanda abrió la puerta, descendió y se acercó a la ventanilla.

—Es un bonito lugar —le dijo ojinegra.

—Sí, lo es. Cuando tenga más fuerzas, te invitaré y haremos una fiesta —ofreció la arquitecta.

—Nada de fiestas —intervino Iván.

Ellas rieron.

—Solo una pequeña —aclaró Amanda y él rodó los ojos—. Bien, gracias por traerme.

—Hasta luego —se despidió el ruso.

—Hasta luego —respondió ella, alejándose del auto.

Mirra le dedicó una sonrisa, aunque no pudo verla por el tapaboca. Desde la acera la rubia le dijo adiós con un gesto con la mano cuando se pusieron en marcha.

Amanda entró al edificio solo cuando perdió de vista al auto.