Mil grullas de papel 20
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—¿Puedes calmarte? Te debilitarás antes de salir de casa —le advirtió Iván a su hija.

Mirra estaba lista; la emoción le carcomía cada átomo de su ser, así que llevaba una hora arreglada, a la espera de su padre, que recién había regresado del trabajo.

—Se hará tarde —alegó ella, impaciente.

Iván la miró de reojo, luego sonrió, negando con la cabeza.

—¿Estás bien abrigada?

Mirra se encontraba sentada en la silla de ruedas, aun así, abrió los brazos, mostrando lo obvio.

Vestía con pantalón deportivo largo y un suéter grueso, con capucha, de mangas larga; todo en color negro.

Por supuesto, una pañoleta del mismo color que la ropa cubría su cabeza y, además, llevaba un tapaboca en la mano.

—¿Lo dudas?

—¿Te pusiste protector solar?

Mirra rodó los ojos.

—Sí.

—Bien, pongámonos en marcha entonces —dijo Iván.

—¡Por fin! —exclamó su hija.

La ojinegra agarró la bolsa donde llevaba las grullas y se la puso sobre las piernas

—Las mujeres no saben de paciencia —murmuró Iván, empujando la silla hacia la puerta.

—Amanda ya va de camino al puente, no quiero que espere mucho tiempo —explicó.

—Ah, ya todo toma sentido.

—No vuelvas con lo mismo.

Iván sonrió cuando pulsaba el botón para llamar el ascensor.

—Ajá.

Minutos después, Mirra se acomodó en el asiento del copiloto del auto; tras ponerse el cinturón de seguridad, mientras su padre aguardaba la silla en el portaequipajes, ella revisó su teléfono.

En un mensaje Amanda le dijo que ya estaba en Brooklyn, entonces su impaciencia se disparó a niveles estratosféricos.

Ella lanzaría las grullas desde el puente de Manhattan.

Tardaron cerca de media hora en llegar a Brooklyn y algunos más en acercarse a la calle Prospect; unos minutos después, se encontraron con Amanda, que se sorprendió un poco al ver a Mirra tan cubierta.

Apenas se le veían los ojos entre la capucha y el tapaboca.

Aun así, ella pudo advertir su sonrisa por la manera como estos se estrecharon.

—Hola, hola —los saludó la arquitecta, dedicándoles una amplia sonrisa. Su mirada se encontró primero con la de Mirra, luego le prestó atención a Iván—. Buenas tardes, señor.

—Por favor, dime Iván —le pidió—. Gracias por acompañarnos.

Amanda le sonrió.

—Es un placer —dijo, luego toda su atención se centró a en la ojinegra. Le sonrió antes de acercarse y darle un beso en la mejilla, aunque la tenía bastante escondida—. Hola.

—Hola. Lamento la tardanza —alcanzó a decir porque sus neuronas se dispersaron en cuanto vio a la arquitecta.

—No te preocupes, me distraje mirando algunas tiendas. Fue divertido.

—Sigamos, ya está por anochecer —intervino Iván.

—De acuerdo —dijo Amanda—. ¿Te ayudo con eso? —ofreció ocuparse de la bolsa donde supuso llevaba las grullas.

Mirra puso una mano sobre la bolsa.

—No, prefiero llevarlas yo. Gracias.

Amanda sonrió.

—De acuerdo.

A esa hora, por la calle no solo transitaban habitantes de Manhattan, también de turistas que se disponían a recorrer el puente más emblemático de la ciudad.

Amanda se mantuvo a la par de la silla, conversando con Mirra. Le habló un poco sobre su semana de trabajo y la que le esperaba; el proyecto estaba en plena fase inicial, lo que demandaba toda su atención.

—Eso quiere decir que no te veré más —concluyó la ojinegra.

La arquitecta rio.

—No exageres. Te prometo que sacaré tiempo para visitarte.

Mirra levantó la cabeza para mirarla.

—¿Lo prometes?

Amanda le sonrió.

—Lo prometo.

Pronto se encontraban en la vía donde iniciaba el puente.

Se detuvieron, preparándose para dar el siguiente paso.

Iván le puso una mano en el hombro a su hija.

Ante ellos tenían el imponente puente y las aguas del río Este se extendían en toda su majestuosidad ante sus vistas.

La noche se acercaba, por lo que los reflejos del agua se tornaban casi mágicos.

Los tres se quedaron perdidos en el paisaje durante unos instantes, a pesar de que se encontraban rodeados de personas que iban y venían.

Mirra respiró profundo, saliendo de su ensoñación. Volvió a mirar a Amanda; se tropezó con sus ojos azules y en el pecho sintió un vuelco. Las dos se sonrieron como si solo pudieran hacer eso cuando estaban cerca.

—Vayamos por tu deseo —le dijo la arquitecta.

Mirra asintió y su padre echó a andar, empujando la silla. El puente medía dos mil ochenta y nueve metros, y se tardaba entre treinta, y cuarenta y cinco minutos en recorrerlo. En cuanto ellos empezaron a caminar por él, les pareció interminable.

Los primeros metros del puente recorrían las calles de la ciudad; en ese momento, pasó unos de los trenes adyacentes, lo que estremeció la estructura.

Amanda miró a la mujer en la silla, sorprendidas por ese detalle, luego, se echaron a reír.

Para los tres era la primera vez que cruzaban el puente caminando.

La pasarela estaba protegida por completo por una malla metálica, lo que le restaba un poco de vistosidad al horizonte, pero había algunas partes que tenía huecos.

—Esto es increíble —comentó Iván.

Las brisas, el agua, la arquitectura de la estructura, la vista de la ciudad y del puente de Brooklyn, se unían para hacer mágico e inolvidable el recorrido.

Amanda sacó su teléfono del bolsillo, se adelantó unos pasos y les tomó una fotografía a padre e hija.

Mirra alzó una mano, formó una “V” con el dedo índice y medio, como señal de victoria.

Luego la rubia se hizo una selfie con ellos a su espalda.

La ojinegra estaba disfrutando la compañía de Amanda; verla sonreír le agitaba cada fibra de su ser hasta rozarle el alma de una manera sublime.

Ahí, cruzando el puente, comenzó a aceptar que la arquitecta no era solo una amiga para ella.

El pensamiento le resultó un tanto duro, tomando en cuenta su salud.

Bajó la vista a la bolsa que sus manos protegían con celo; dentro estaban todas sus esperanzas, en mil grullas de papel. En un deseo.

Mirra apartó sus pensamientos cuando la silla se detuvo.

—Estamos a la mitad —anunció su padre, aprovechando también que la malla tenía un hueco bastante amplio. Era perfecto para lo que iban a hacer.

Amanda, que había avanzado unos pasos más, retrocedió.

—¿Aquí? —le preguntó a Iván.

—Sí.

El corazón de Mirra latía fuerte, acelerado; en ese punto del puente, de la ciudad, de la tierra, del universo, su futuro se aferraba a la fe de una leyenda. En un mito que nació en un lugar lejano gracias a una niña japonesa que, como ella, quería seguir viviendo.

Mirra miró la bolsa sobre sus piernas.

—Estoy lista —anunció.

Iván se encargó de poner los frenos de la silla, luego apartó los reposapiés. Mirra sujetó la bolsa y él la ayudó a ponerse de pie.

Manteniéndose cerca, Amanda levantó el teléfono para inmortalizar el momento en un vídeo. Mirra la miró antes de acercarse a la barandilla. Entonces abrazó la bolsa contra su pecho, cerró los ojos con fuerza, sumergiéndose en su fe.

Amanda mantenía enfocado el teléfono en Mirra y su padre, que permanecía a su lado.

Unos instantes después, con manos temblorosas, la ojinegra levantó los brazos, pasó la bolsa por el hueco en la malla, la abrió y contuvo la respiración un par de segundos.

—Grullas de papel, creo en ustedes y en su poder. Deseo sanar, que se restaure mi salud —ella abrió la bolsa y las aves empezaron a caer, dispersándose por el aire—. Libero mi deseo, la energía de lo positivo y mi esperanza.

Iván alzó la vista al cielo, enfocando también su fe en el deseo de su hija, pidiendo un milagro.

Los ojos de Amanda se humedecieron, pero se esforzó para que las lágrimas no se le escaparan. Ella se unía al deseo de Mirra, en silencio; al de Iván.

Las coloridas grullas volaron, formando una especie de arcoíris; la brisa las dispersó mientras caían. Ellos no podían verlas ya. Tampoco la magia, ni lo que puede obrar la fuerza de la fe.

Amanda cortó la grabación y bajó el teléfono cuando Mirra buscó su mirada. Mil cosas sucedían en ese instante.

Mil grullas habían volado y un deseo, tal vez, se cumpliría.