Mil grullas de papel 19
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Mirra se encontraba tendida sobre el sofá; estaba cubierta por una gruesa frazada desde los pies hasta el pecho.

Leía mientras en su teléfono se reproducía la canción que bailó con Amanda.

Iván ocupaba el sillón frente a ella; los separaban la mesa de centro.

Él también leía, o al menos lo intentaba.

La ojinegra leía, pero no por eso le pasaba desapercibido que la mirada de su padre se posaba en ella de vez en cuando.

—¿Qué? —preguntó, bajando el libro, cuando advirtió que él llevaba mirándola unos cuantos segundos.

Iván también bajó el libro.

—¿Cuántas veces escucharás esa canción? Ya casi me la aprendo de memoria.

Mirra sonrió.

—Es linda —arguyó, encogiéndose de hombros. Y sí, encontraba linda la canción, aunque no era por eso que la escuchaba. La verdadera razón no se la diría a su padre.

—Entiendo que te guste, pero la desgastarás si suena una vez más.

—O te volverá loco —se burló.

—O eso.

Ella rio.

—Está bien, pondré otra canción —ofreció, agarrando el teléfono. No quería que su padre sospechara sobre la canción.

—¿No estás cansada? —se preocupó el ruso.

—No —respondió ella, con su atención puesta en el teléfono.

—Comienza a ser tarde.

—Diez minutos más, por favor —pidió, haciendo pucheros.

Iván rodó los ojos solo para disimular. No existía nada que le negara a su hija cuando le pedía cosas con ese tono de voz.

—Diez minutos —aceptó a regañadientes.

Mirra puso a reproducir una lista al azar. Agarró el libro de nuevo, pero volvió a bajarlo. Miró a su padre.

—Papá, quiero pedirte un favor.

Él hizo a un lado el libro.

—Dime.

—Me gustaría ir a mi apartamento.

Iván se quedó mirándola, evaluando su petición.

—Mirra…

—Ya sé lo que dirás —lo interrumpió—, pero estoy fuerte. Lo has visto.

—Crees que estás fuerte.

—Lo estoy —rebatió con el arrojo de siempre.

—Hija, ya es un riesgo llevarte a ese puente.

Ella lo sabía; después de cada quimioterapia quedaba indefensa. Salir significaba exponerse a virus y bacterias. El riesgo de enfermarse era alto; su sistema inmunológico no podría defenderla.

—Lo sé —reconoció, agachando la cabeza.

Iván suspiro hondo.

—Ten paciencia, hija —le pidió—. Ya pasaste por lo más duro. Espera un poco y regresarás a tu apartamento. Volverás a tu vida, cariño.

Mirra lo miró. Le sonrió porque no existía manera de no hacerlo. Su padre era mil veces increíble, multiplicado por un millón.

—Te amo, papá.

Iván le devolvió el gesto derrochando ternura.

—Y yo a ti. Ahora, es hora de irse a la cama —anunció, levantándose del sillón. Soltó una carcajada al verla cruzarse de brazos como cuando era niña.

—Todavía no han pasado diez minutos —alegó.

Él le quitó la frazada.

—No, pero lo serán cuando llegues al dormitorio. Vamos, te ayudaré.

Mirra se sentía fuerte, aunque la verdad era que, al final de cada día, le costaba levantarse y los pasos le pesaban un mundo.

Unos minutos después, Iván la arropó, le dio un beso en la frente y apagó la luz antes de salir del dormitorio.

La ojinegra no tenía sueño; la pastilla que se tomó para dormir tardaría al menos media hora en hacerle efecto.

Entonces se hizo con el teléfono. Deseó encontrar un mensaje de Amanda, pero no fue así; se preguntó qué estaría haciendo.

Soltó un largo suspiro. Le inquietaba extrañarla y ansiar escucharla, o saber de ella.

Desde que se quedó medio día cuidándola, la arquitecta se le había metido un poco más en la cabeza.

En la cabeza y en sus sueños, tenía que admitirlo.

Mirra sabía lo que estaba pasando y, aunque al principio sintió miedo, ahora no quería detener nada de lo que le sucedía.

Después de todo lo que había vivido desde que le diagnosticaron el cáncer, las emociones que Amanda despertaba en ella eran como un oasis en medio del desierto.

Era un soplo fresco de vida. Y ella quería aspirarlo todo.

Amanda la hacía sonreír y olvidarse de todo.

Lo único que le causaría pesar, y mucho, sería que no correspondiera a sus emociones; y estaba casi, casi, segura de que no le era indiferente.

La manera como a veces la rubia la miraba, cómo se preocupaba por ella, le hacían sospechar.

Aunque las que más le hablaban eran sus miradas.

En medio de la oscuridad, se acomodó de lado; dejó el teléfono cerca.

Desde que Amanda le pidió acompañarla al puente a lanzar las grullas, ella no dejaba de imaginar ese momento.

En su mente se dibujaba la escena como una película; con el sol poniéndose en el horizonte, podía ver claramente a la arquitecta, con sus cabellos agitándose por la brisa y su sexy sonrisa.

Incluso, podía ver las grullas volando a su alrededor cuando ella las lanzaba al pedir su deseo.

En su corazón, albergó el anhelo de que su petición se cumpliera. Rogó al cielo por un milagro. Rogó por un poco más de tiempo. Mirra tenía los ojos cerrados con fuerza cuando su teléfono vibró, asustándola. Al mirar la pantalla, sonrió.

—Aló —contestó susurrando.

— Hola. ¿Cómo estás? —le preguntó Amanda.

—Bien.

— ¿Por qué hablamos en voz baja?

Mirra rio, porque la arquitecta habló también susurrando.

—Se supone que debo estar durmiendo.

— Oh, lo siento. No vi la hora.

—Tranquila. Es temprano, es solo que papá se pone un poco estricto.

— Igual debería dejarte dormir.

—No tengo sueño —dijo—. ¿Por qué hablas extraño?

— Creo que bebí un par de cervezas de más —respondió—. Estoy medio ebria.

Mirra rio.

—Oh, esto es toda una novedad.

— No digas nada. Será la única vez que me escuches así. Todo es culpa de Charlotte. Ella quería refrescarse.

La mención de otra mujer le provocó una mala sensación en el estómago a Mirra. De pronto, ya la llamada no le parecía divertida.

—¿Quién es Charlotte?

— Una colega. Es la arquitecta adjunta en el proyecto en el que trabajo.

—Sí, recuerdo el proyecto.

— Pasar el día en la zona de construcción nos deshidrató —comentó la arquitecta—. En fin, te llamaba para darte las buenas noches.

—Gracias, Amanda.

Por unos segundos, se hizo silencio en la línea.

— ¿Estás bien? —le preguntó la rubia.

—Sí. Es solo que comienzo a tener sueño. Ya sabes, las pastillas hacen su trabajo.

— En ese caso, te dejaré descansar. Estoy esperando con ansias el sábado.

Saberlo, hizo sonreír a Mirra.

—Yo también —confesó.

— Bien, hasta mañana —se despidió.

—Hasta mañana, Amanda.

La llamada finalizó; Mirra dejó otra vez el teléfono a un lado. Le gustó que la arquitecta la llamada y saber que esperaba a que llegara el día sábado tanto como ella.