Mil grullas de papel 18
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Charlotte volteó a mirar a su colega; se encontraban en el terreno donde se construiría el complejo comercial. Usaban ropa informal, botas de seguridad y cascos, a pesar de que todavía no se iniciaba la construcción. Estaban ahí para hacer las mediciones detalladas en los planos en el terreno.

Era la tercera vez que Amanda soltaba un profundo y largo suspiro.

—De acuerdo, por favor, dime al menos el nombre de quien te hace suspirar así —le pidió la morena, abriendo los brazos.

Amanda volteó a mirarla con el entrecejo fruncido.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

Charlotte se cruzó de brazos y se situó frente a ella.

—Tenemos veinte minutos aquí y has suspirado al menos una docena de veces —exageró, pero tenía que presionar de alguna manera—. Además, estás aquí y, al mismo tiempo, no lo estás. ¿Puedo al menos saber su nombre? ¿Es alguien de la firma?

En primer lugar, Amanda no se había dado cuenta de que andaba soltando suspiros a diestras y siniestra; aunque le sorprendió, ni siquiera se atrevió a rebatir las palabras de Charlotte porque llevaba lo que iba del día pensando en Mirra.

Y sabía que ella le producía una cierta añoranza.

Desde que se despidieron el sábado, en el pecho se le instaló esa sensación y no parecía querer desaparecer.

En segundo lugar, ella no sabía cómo lo tomaría su colega si se atrevía a decirle el nombre que le pedía.

Amanda se cruzó de brazos también y asomó una sonrisa.

—No hay nadie —dijo.

—¿Entonces qué te pasa? Estás ausente.

—Lo siento. Procuraré concentrarme.

Charlotte entornó los ojos.

—No me convences, pero tenemos que seguir aquí.

Amanda asintió. Era cierto, tenían trabajo que hacer, así que se aseguró de no volver a suspirar.

Se pusieron manos a la obra; durante varias horas acompañaron a los ingenieros y técnicos en el recorrido del terreno.

Era vital que las mediciones fueran precisas; el más mínimo error podría provocar un desastre.

Todo el equipo sabía lo que estaba en riesgos, así que trabajaban con el mayor profesionalismo y ética posible.

El sol de la tarde era inclemente; sin embargo, el trabajo continuaba. Al final de la tarde, sus ropas estaban tan empapadas de sudor, como la del resto del equipo.

—Vayamos por una cerveza —rogó Charlotte, de camino hacia su auto.

—Nos sacarán a patadas de cualquier sitio si vamos así —dijo, mostrándose a sí misma.

—Necesito una cerveza para continuar viviendo. ¿Qué tal si compramos unas cervezas por allí y nos la bebemos en mi apartamento? —Ofreció su compañera—. Podemos pedir una pizza.

—Esa idea me gusta —aceptó Amanda.

Charlotte alzó los brazos al cielo.

—¡Gracias! Por fin aceptas una invitación —afirmó, abriendo la puerta de su auto.

—Exagerada —rebatió ella, cuando se acomodaba en el asiento del copiloto.

Veinte minutos después, Charlotte abrió la puerta de su apartamento, permitiéndole entrar primero a su compañera.

—Bienvenida a mi humilde hogar —dijo, haciendo una reverencia.

Amanda rio, pero al instante se detuvo. Abrió los ojos y la boca con un gesto de sorpresa, luego miró a su colega, arqueando una ceja.

—¿Humilde?

Charlotte rio, cerrando la puerta.

—Fue el regalo de mi padre cuando me gradué, así que no te sorprendas demasiado.

El apartamento era amplio y hermoso; de concepto abierto. El color blanco predominaba en todo, lo que le otorgaba al espacio un aire moderno y distinguido.

—Mi padre solo me dio un abrazo cuando me gradué —dijo la rubia.

Charlotte rio.

—En realidad, creo que papá quería deshacerse de mí —comentó, de camino a la cocina. Dejó la bolsa con las cervezas sobre la reluciente isla—. Te buscaré ropa, luego pediré la pizza.

—Ese es un buen plan.

Amada agradeció que Charlotte fuera de su misma contextura; el conjunto deportivo que le prestó le quedó perfecto. Al igual que las zapatillas.

Quince minutos más tarde, se hallaban de nuevo en la cocina. Incluso Charlotte se había dado una ducha rápida después que pidió la pizza. Amanda se encontraba sentada en un alto banco, mientras que la anfitriona permanecía de pie, del otro lado; estaban separadas por la isla.

Fue Charlotte quien destapó las latas de cerveza; le dio una a su colega y ofreció un brindis.

—Por un día productivo.

Amanda rio.

—Vaya que lo fue —reconoció, alzando su lata.

Le dieron un largo trago a la cerveza.

—Divina creación del hombre —declaró Charlotte, después de saciar su sed, mirando la lata.

—A veces olvido lo bueno que es una cerveza.

La morena la apuntó con un dedo.

—Y lo olvidas a menudo.

Ella se encogió de hombros.

—Me gusta regresar a casa tras un largo día de trabajo —admitió, luego soltó un largo suspiro.

—Ahí están otra vez los suspiros.

Amanda rio.

—Lo siento, esta vez es cansancio.

Charlotte entornó los ojos y ladeó la cabeza.

—¿Esta vez? —preguntó, asomando una media sonrisa—. ¿Eso quiere decir que en el terreno era por otra cosa? ¿Un hombre, tal vez?

Amanda frunció los labios al verse atrapada. Apartó la vista y bebió de su cerveza. Su compañera no dejó de observarla ni un segundo. ¿Debía decírselo? Cuando volvió a mirarla a los ojos, ya había tomado la decisión. Si ella tenía algún problema con su sexualidad, era algo que escapaba a sus manos.

—Está bien —se enderezó en el asiento—. Creo que sí he estado suspirando por alguien —admitió.

—¡Lo sabía! —otra vez la morena alzó los brazos como celebración.

—Pero no suspiro por quien crees.

Charlotte bajó los brazos y frunció el entrecejo.

—No tengo idea de por quién puedes estar suspirando —acotó—. Es lo que quiero saber, de hecho.

Amanda torció los labios.

—Es que supones que suspiro por… un hombre.

Charlotte parpadeó varias veces, luego frunció el entrecejo y ladeó la cabeza. Se quedó mirándola hasta que su boca formó una “o”.

—¡Oh!

—Sí.

—Te gustan… las mujeres —concluyó.

—Sí.

—No lo hubiese sospechado.

Amanda respiró aliviada porque Charlotte seguía sorprendida, pero no mostraba incomodidad.

—A veces no es tan evidente —dijo.

—Por supuesto —reconoció—. Entonces, ¿suspiras por…?

La arquitecta rio porque le resultaba increíble que la curiosidad de Charlotte continuara.

—¿Recuerdas a la chica a la que le di el cheque en el hospital?

La morena se quedó pensado en ello.

—¿No se lo diste a un hombre?

—Sí, al padre de la chica.

—¿Y suspiras por una mujer que viste solo una vez?

Amanda rio y negó con la cabeza.

—Aquella fue la primera vez que la vi. Cuando fui con Bill al hospital, volví a verla. Y entonces, le pedí su número de teléfono.

—Vaya que eres rápida —dijo, llevándose la lata de cerveza a los labios.

Ella rio otra vez.

—No se lo pedí por eso —aclaró—. Solo quería saber de ella. Saber si se recuperaba. Es decir, le di un cheque y… ¿Ya? Me refiero a que no podía simplemente seguir adelante sin saber si ella iba a estar bien —explicó.

—De acuerdo, lo entiendo, pero ¿estás hablando de que suspiras por una mujer que has visto dos veces?

—Tres. Y hemos conversado mucho desde entonces.

—¿Tres? —cuestionó la morena, arqueando una ceja.

—Sí, fui a su casa a cuidarla el fin de semana.

Charlotte alzó las manos; necesitaba una pausa.

—Debimos comprar más cervezas —declaró—. Creo que esta historia será larga. Y quiero escucharla toda.

Amanda no pudo hacer otra cosa que reír.