17
Mirra alzó las manos, como si pidiera calma.
—Ya tengo suficiente con papá, ¿de acuerdo? Puedo hacer esto.
Amanda rodó los ojos; también levantó las manos, pero como señal de rendición. En silencio, sin dejar de mirarla y asomando una sonrisa, se sentó en unos de los bancos de la isla.
—Muero de hambre, así que apúrate —le ordenó a la ojinegra.
—Comienzo a arrepentirme de aceptar que vinieras.
La arquitecta apoyó la quijada en una mano y sonrió.
—Mentirosa.
Mirra no pudo hacer otra cosa que reír, por lo nerviosa que la puso la mirada de Amanda. Le dio la impresión de que le coqueteaba, pero no estaba segura.
—Debes saber que cuando cocino pongo música —advirtió, sacando su teléfono del bolsillo.
—Espero que tengas buen gusto.
Mirra le dio un vistazo, sonrió y negó con la cabeza antes de devolver su atención al teléfono.
—Para que no me critiques, pondré la radio.
—De acuerdo.
Amanda no abandonaba su postura; continuaba mirándola, siguiendo cada uno de sus movimientos. Tenía la sensación de que la ojinegra estaba nerviosa, aunque no entendía por qué. Habían estado bastante cómodas desde el principio.
De pronto, en la cocina comenzaron a escucharse las notas de un bajo. Amanda supo de inmediato que era rock alternativo. Entonces se oyó la voz del cantante; y la batería y la guitarra se unieron con una sublime perfección.
Come down and waste away with me Down with me Slow, how you wanted it to be I'm over my head Out of her head, she sang
And I wonder When I sing along with you
Las dos, extrañamente, prestaron atención a la letra de inmediato. Sus miradas se buscaron y se sonrieron.
If everything could ever be this real forever If anything could ever be this good again The only thing I'll ever ask of you You've got to promise not to stop when I say when She sang
—No está mal —comentó Amanda.
—No lo está —reconoció Mirra.
Fue ella quien se obligó a romper el contacto visual; en su estómago sucedían muchas cosas y no eran efecto de la quimioterapia, de eso estaba segura. Metió uno de los envases al microondas y programó el tiempo.
Breathe out So I can breathe you in Hold you in And now I know you've always been Out of your head Out of my head, I sang
Cuando Mirra se dio la vuelta, sorprendió a Amanda acercando su teléfono al suyo.
—¿Qué haces? —le preguntó.
Ella le mostró la pantalla del teléfono con el logo de una aplicación identificadora de música.
—Quiero saber cómo se llama esa canción —respondió, mirando otra vez la pantalla—.
Me gusta. Se llama Everlong , es de Foo Fighters —informó sin mirarla.
No se atrevió a decirle que, inesperadamente, la canción le sonó un poco a lo que sucedía entre ellas.
“Si todo pudiera ser tan real para siempre. Si todo pudiera ser tan bueno otra vez”.
Solo que ella pensó que no “otra vez”, sino siempre. Everlong .
—Bailemos —dijo Mirra de pronto.
Amanda rio cuando le tomó una mano, instándola a levantarse. Y de la nada, estaban bailando como unas verdaderas rockeras. Mirra alzó los brazos por encima de la cabeza y movió las caderas, antes de empezar a dar saltitos, dejándose llevar por la poderosa batería.
And I wonder When I sing along with you
If everything could ever be this real forever If anything could ever be this good again The only thing I'll ever ask of you You've got to promise not to stop when I say when She sang
Ni Amanda ni Mirra dejaban de sonreír. Se encontraban envueltas por la fuerza de la canción, el sentimiento y esa magia que las había unido por designios del destino en un hospital.
Entre risas, y sin dejar de moverse, Amanda se acercó a la ojinegra.
—Eres toda una rockera —le habló al oído.
A Mirra le estremeció la calidez de su aliento. Cuando se miraron, la canción llegó al final con una última nota de la de guitarra que se extendió a medida que disminuía hasta que se apagó por completo. Entonces otro tema musical inició, pero ellas estaban perdidas en las notas de Everlong .
—Tú también —le dijo casi sin aliento.
Su resuello devolvió a Amanda a la realidad. La sostuvo por los brazos.
—¿Estás bien?
Mirra sonrió; estaba agitada, pero bien.
—Sí —respondió, resoplando—. Genial, de hecho. Hace mucho que no bailaba.
Amanda la soltó; negó con la cabeza y retrocedió.
—No debí permitir…
—No lo digas —la interrumpió—. Por favor, no lo digas. Fue genial —afirmó, sonriendo.
Su gesto, esa sonrisa, pareció brillar en su rostro. Amanda respiró algo aliviada porque, aunque Mirra estaba algo agitada, parecía feliz.
Entonces ella sonrió.
—Sí, lo fue —admitió.
La ojinegra rio.
—Así es como suelo cocinar, bailando. Ya lo verás cuando esté del todo bien.
—Eso me gustaría mucho —declaró.
—Entonces tenemos una cita. Yo… —se interrumpió cuando se percató de lo que acababa de decir. Sus mejillas se encendieron en segundos—. Perdón, quiero decir… Que… te invitaré, pero no será una… cita. Digo, no tiene por qué serlo. Somos amigas. Solo eso —balbuceó.
Amanda se derritió por dentro de pura ternura viéndola tratar de explicar lo que quiso decir.
—Mirra, tranquila —le pidió.
—Es que no quiero que…
—Tranquila —insistió.
El agudo pitido del microondas las hizo callar. Se habían olvidado por completo de la comida.
—Gracias a Dios no estoy cocinando —dijo la ojinegra—. Todo estaría quemado.
Amanda rio.
—Espero que no pase cuando me invites.
Mirra negó con el dedo índice.
—Nada de eso —afirmó, yendo hacia el microondas con el otro envase—. No sé qué cocinó papá —comentó, sacando el primero y metiendo el segundo.
—¿Cuál es tu comida preferida? —se interesó la arquitecta, tras regresar al banco y adoptar la misma posición que minutos atrás.
—Pelmeni —respondió, acercándose a la isla; se situó frente a ella—. Es el plato emblema de Rusia. Son empanadillas rellenas con tres tipos de carne. A mamá le quedaban deliciosas.
—¿Las sabes hacer?
—Sí, pero todavía no le agarro el truco a la masa. Papá dice que no tengo paciencia y que por eso no me queda bien —comentó y torció los labios.
Amanda rio.
—Paciencia, ¿eh?
Otra vez las mejillas de la ojinegra se encendieron.
—Mju.
—No me lo hubiese imaginado —dijo mirándola a los ojos—. Digo, que no fueras paciente.