16
Amanda le tendió el tazón con helado a Mirra, pero antes de que esta lo agarrara, ella lo retiró y la miró con sospecha.
—¿Debo preguntarle a Iván si puedes comer helado?
Esta rodó los ojos.
—Dámelo ya —exigió abriendo y cerrando las manos.
La arquitecta le entregó el tazón riendo, luego rodeó la cama para ocupar su lugar en la cama. Se quedó sentada, recostada de la cabecera.
—Hace mucho que no como helado —comentó, volteando a ver a la ojinegra.
En ese instante, la otra mujer se metió a la boca la primera cucharada de helado; su gesto fue de absoluto deleite, hasta cerró los ojos. Cuando los abrió, se encontró con la mirada de Amanda fija en ella.
Mirra sonrió con un gesto travieso.
—En serio me gusta el helado de vainilla —justificó su gesto.
La arquitecta rio.
—Créeme, pude notarlo —dijo.
—Ya te acostumbrarás a mis caras —afirmó Mirra, pero al instante se arrepintió.
Sus palabras sugerían que pasaría más tiempo con ella y eso, de cierta manera, comprometía a Amanda.
Un tanto sorprendida por su imprudencia, se quedó mirándola, tratando de adivinar su reacción.
Estaba a punto de disculparse, cuando la otra mujer habló.
—Me voy a divertir mucho con tus caras —declaró, antes de comer el primer bocado de helado.
Mirra sonrió. La perspectiva la hizo sentir fuegos artificiales en el pecho.
—Haré mi mejor esfuerzo.
La arquitecta negó con la cabeza, sonriendo. Le divertía mucho estar con ella; por momentos se olvidaba de que estaba enferma.
De pronto, se quedaron en silencio, disfrutando del helado. Sin embargo, no existía rastro de incomodidad entre ellas.
Tras mirar los dos álbumes de fotografías, a Amanda se le quedó algo en la cabeza; una curiosidad. Un detalle que llamó su atención. No sabía si estaba por cruzar una línea, pero necesitaba despejar la duda.
—Mirra, ¿puedo hacerte una pregunta algo… personal? —inquirió, volteando a verla.
La mujer a su lado la miró.
—Por supuesto.
Ella le asomó una sonrisa como agradecimiento por su consentimiento.
—En ninguna de las fotografías te vi con un… chico —señaló—. Te vi abrazadas con algunas personas de tu edad, tal vez, pero ningún… chico.
Mirra sonrió, luego bajó la vista al tazón con helado; hundió la cucharilla en la crema helada y jugueteó unos segundos con ella antes de levantar la cabeza y mirarla.
—Esa no es una pregunta —apuntó.
—Está implícita.
La ojinegra sonrió, y tomó aire.
—Es que no soy de chicos —dijo simplemente porque después de eso, cualquier otra explicación, sobraba.
En el rostro de Amanda no hubo un gesto, una señal, que le diera un indicio a Mirra de que esa información le gustara o le desagradara.
La arquitecta se humedeció los labios, luego asintió.
—No… lo hubiese sospechado —comentó, mirándola.
—¿Tienes algún problema con eso?
Amanda sonrió.
—No, en lo absoluto —respondió, sosteniéndole la mirada.
—Perfecto —dijo—. Y ya que estamos en estos temas personales, también quiero saber algo. ¿Puedo preguntar? —la rubia asintió—. De acuerdo. ¿Tienes… alguna relación?
Amanda alzó las cejas.
—¿Te refieres a una relación personal?
—Sí. ¿Tienes novio? ¿O novia?
La arquitecta rio.
—No, no tengo una relación. Y yo tampoco soy de chicos —explicó.
En su interior, Mirra ejecutó el baile de Merlina Addams en la serie “Merlina”, a modo de celebración por esa noticia.
—Es… bueno saberlo —fue lo único que se le ocurrió decir, pero se arrepintió al segundo—. No es que quiera… ya sabes… contigo —balbuceó—. Es que… como tenemos los mismos gustos, pues, no tendrás problemas con que yo, ya sabes.
Amanda sonrió divertida por su azoro.
—Mirra, de no ser lesbiana, tampoco tendría problemas con que no fueras de chicos —siguió utilizando sus mismas palabras.
La ojinegra sonrió.
—Es bueno saberlo.
—Y tú, ¿no tienes una relación? —Amanda le devolvió su pregunta.
Mirra bufó.
—No —respondió—. Tuve un par de citas con una chica que conocí por el trabajo, pero cuando empezaron mis problemas de salud, desapareció.
—Idiota.
—No era nada serio de todos modos.
Continuaron hablando de sus relaciones. Mirra quiso saber cuántas novias había tenido ella y a qué edad se enamoró por primera vez.
Por supuesto, tuvo que responder las mismas preguntas, así que ambas se pasearon por sus pasados, recordando sus años en la secundaria, cuando las asaltaron las incertidumbres sobre su sexualidad; pasando por la universidad hasta que empezaron a trabajar.
Los tazones vacíos quedaron a un lado, mientras conversaban de amoríos, de corazones rotos y de lo que deseaban en una relación.
—Hoy en día busco tranquilidad, que pueda divertirme al lado de alguien —explicó Amanda—. Que pueda hablar de todo y de nada a la vez.
La ojinegra rio con eso último.
—Entiendo lo que dices.
De pronto, el teléfono de Mirra empezó a sonar.
—¡Up! Hora de almorzar —dijo, silenciando el dispositivo.
Amanda arqueó una ceja.
—¿Tienes una alarma para el almuerzo?
Esta torció los labios.
—Papá me obligó porque quería asegurarse de que no se me pasara la hora del almuerzo si me quedaba dormida —explicó—. Se supone que no debo comer a deshoras.
Eso fue suficiente para que Amanda se pusiera en movimiento.
—¿Por qué no me lo dijiste? —la interpeló, levantándose de la cama como un rayo—. ¿Sabes el tiempo que me tomará hacerte el almuerzo?
Mirra rio al verla tan mortificada.
—Tranquila —le pidió, incorporándose también—. Papá lo dejó todo listo. Solo debemos calentar la comida —aclaró.
—¡Gracias a Dios! —susurró la arquitecta, poniéndose una mano en el pecho, verdaderamente aliviada.
—Eso sí, lo que sea que papá haya hecho, no tiene condimentos —dijo, saliendo del dormitorio.
La rubia se ocupó de agarrar los tazones antes de seguirla.
—Admiro lo que tu padre hace —declaró cuando ya estaban en la cocina. Dejó los tazones en el fregadero.
Mirra abrió el refrigerador y sacó un par de recipientes, que dejó sobre la isla.
—Él se preocupa demasiado. Me siento mal por darle esta mortificación.
Al instante, Amanda detectó el brillo de pesar en sus ojos. Sin pensarlo demasiado, se acercó a ella; tuvo que contener las ganas de acunarle el rostro. En su lugar, se conformó con ponerle una mano en el hombro.
—Mirra, es normal que él se preocupe tanto. Eres su hija —le recordó, hablándole en voz baja—. Estoy segura de que tú también te preocuparías así por él si la situación fuera al contrario.
—Por supuesto —admitió, asomando una ligera sonrisa.
—¿Lo ves? Solo déjate cuidar.
—No es fácil.
—En ese caso, lo tendrás difícil —le dijo.
Mirra frunció el entrecejo.
—¿Por qué?
—Porque ahora seremos dos los que te cuidaremos —declaró.