Mil grullas de papel 15
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La respiración de Mirra era pausada, casi superficial; se había dormido con la cabeza ladeada, como si quisiera vigilar a Amanda. Tenía ambas manos sobre el abdomen. Entre los dedos de su derecha quedó la hoja que debía convertirse en grulla.

Con sumo cuidado, la arquitecta deslizó la hoja de entre sus dedos.

Tras dejar la hoja a un lado sobre el colchón, Amanda se dedicó a delinear el rostro de Mirra con la mirada.

Pudo detectar en sus facciones los rasgos rusos en sus pómulos, pero que pasaban un tanto desapercibidos por la forma delicada de su barbilla heredada de su madre.

La ausencia de cejas le otorgaba un aire inocente.

La mirada de la rubia se paseó también por sus labios gruesos y rosados, pero rápido apartó la vista.

Mirar su boca le pareció un tanto atrevido de su parte, así que se obligó a devolver su atención al álbum de fotografías que tenía frente a ella.

Mejor eso que los labios de Mirra, así que pasó la página.

Al cabo de una hora, ella había terminado de mirar las fotografías de los dos álbumes.

De vez en cuando le echaba un vistazo a la ojinegra, que apenas se había movido; su sueño era tan profundo que por momentos soltaba un ligero ronquido.

Aunque era más bien que respiraba fuerte por la nariz.

En cada ocasión, ella no pudo evitar reír; incluso, se tapó la boca un par de veces para no molestar su sueño.

Amanda terminó tendida de lado, con la cabeza apoyada sobre su brazo, mirando a Mirra.

No era el sábado que había planeado, pero le gustaba cuidar su sueño.

Si lo pensaba un poco, no hubiese deseado estar en ningún otro lugar.

No cambiaría por nada el estar ahí. En ese momento, la rodeaba tanta paz, que cerró los ojos, procurando guardar dentro de sí la sensación.

Cuando Amanda abrió los ojos, se encontró con la mirada de la ojinegra. Ambas se sonrieron al instante.

—Te dormiste —le dijo Mirra.

La rubia frunció el entrecejo.

—No. Tú te dormiste —afirmó.

—Llevo casi cinco minutos mirándote dormir.

—Eso no es cierto. Fuiste tú quien se durmió por más de una hora —rebatió, sonriendo.

—Tal vez, pero también te dormiste.

—Que no. Solo cerré los ojos unos segundos y tú, por casualidad, despertaste —aclaró Amanda.

—Sé lo que vi —insistió—. ¿Te quedaste todo el tiempo aquí? —preguntó.

—Sí. Miraba los álbumes —dijo, poniendo una mano sobre ellos—. Trataba de decidir cuál de tus fotografías es mi favorita.

—¿Y te decidiste por alguna? —curioseó.

Amanda asintió, sonriendo.

—Por supuesto.

—¿Puedo saber cuál es?

—Sí —respondió Amanda, incorporándose hasta que quedó sentaba en posición india. Empezó a buscar entre las páginas del álbum más viejo. Cuando localizó la fotografía, giró el álbum y tocó la imagen con el dedo índice—. Es esta.

Mirra miró la fotografía que le señaló; sonrió sin darse cuenta.

En la imagen, aparecía ella, de unos seis años de edad, sonriendo y con los cabellos alborotados porque estaba en el aire en un columpio.

Su padre se encontraba detrás de ella, impulsándola, mientras su madre, también sonriendo, permanecía apoyada de una de las columnas soportes del columpio, mirándolos. Era una familia feliz.

—Esa fotografía la tomó mi maestra —recordó Mirra con nostalgia, acariciando la imagen—. Ese día mamá y papá fueron a buscarme a la escuela. Yo estaba muy contenta porque solo mi madre iba por mí, así que quise ir al columpio. Por supuesto, mi padre me complació.

Amanda sonrió.

—Obvio.

La ojinegra rio.

—Los tres estuvimos un rato en el columpio, lo recuerdo como si fuera ayer —declaró, mirando a Amanda a los ojos—. Papá me convenció de bajar de él cuando me ofreció un helado.

—¿Te gustan los helados?

Los ojos de Mirra se iluminaron.

—Son mi perdición —afirmó, pero al instante levantó la mano derecha con el índice en alto—. El de vainilla, específicamente —aclaró con orgullo.

La arquitecta rio.

—Obvio.

—Deja de decir eso —le pidió, sintiendo que se sonrojaba.

—Eres una consentida. Puedo adivinar que Iván tiene un enorme recipiente con helado de vainilla en el refrigerador —se burló.

Las mejillas de la ojinegra se encendieron, delatándola.

—No es enorme —intentó defenderse, aunque sin demasiada convicción.

Amanda terminó rodando por la cama de tanta risa, mientras ella la miraba un tanto ofendida y otro tanto, divertida. No podía creer que aquella mujer que se le acercó en el hospital, que ella miró con sospecha, se encontrara ahí, en su dormitorio, riendo como una niña.

Mirra se quedó contemplándola, albergando unas cuantas sensaciones en su pecho a las que no quiso ponerle ningún reparo porque hacía mucho que lo único que sentía era angustia y pesar.

La risa de Amanda fue disminuyendo hasta que solo fue su sonrisa la que adornó su rostro, después que se encontró con su mirada oscura. El silencio las rodeó unos instantes, como si no necesitaran decir nada y, a la vez, como si lo dijeran todo con sus ojos.

—¿Quieres helado? —preguntó Amanda, con una sonrisa que desbordaba ternura.

—Sí —respondió Mirra.

La rubia se levantó de la cama, luego agarró los álbumes.

—Dejaré esto en su lugar —anunció, encaminándose hacia la puerta.

—Gracias.

En cuanto Amanda le dio la espalda, la ojinegra tuvo la sensación de que ella huía. Deseó para sus adentros que no fuera así. No te quedes mirándola como idiota , se reprendió.

Mientras tanto, en la cocina, después de guardar los álbumes, Amanda tanteó en las alacenas en busca de un par de tazones donde servir el helado; las tazas que halló eran muy pequeñas, quería servirle a Mirra una buena cantidad.

En cada uno de sus movimientos, intentó obligar a su corazón a apaciguarse.

Latía acelerado, fuerte. Era consciente de lo que le provocaba su nueva amiga.

Le daba miedo y, a la vez, le estimulaba una poderosa descarga de emociones que le eran adictivas.

—Vamos, Amanda, no estás aquí por eso —murmuró mientras servía el helado.