14
Amanda prestaba especial atención a la manera como Mirra movía los dedos mientras hacía cada pliegue en el papel que tenía entre sus manos para armar la grulla.
Ella había aprendido a hacerla; sabía dónde doblar para lograr la forma del ave, pero verla a ella haciéndolo, le resultaba extraordinario.
Tal vez porque advertía en su ligera sonrisa, en lo sublime de sus movimientos, en su mirada límpida, la fe que tenía en aquel mito japonés.
Después de dar el pequeño tour por el dúplex, Mirra le dijo que necesitaba descansar, así que se quedaron en su dormitorio.
Amanda la desechó la idea de ocupar la silla que había en el lugar, así que se tomó la confianza de ocupar el lado derecho de la cama, mientras ella hacía la grulla; se acomodó de lado, con el codo apoyado sobre el colchón, y la cabeza en su mano.
—No es complicado —dijo la ojinegra sin apartar su atención del origami —. Puedo enseñarte —ofreció.
¡Up! Me atraparon , pensó la arquitecta.
—Prefiero mirar —señaló, saliéndose por la tangente.
Mirra volteó a mirarla y sonrió.
—Creí que, como arquitecta, te interesaría.
—Y lo hace —admitió—. Es que de seguro terminaré armando algún pajarraco del período cretácico y no quiero que te rías de mí.
La ojinegra rio.
—Nunca me reiría de ti.
—Ajá. ¿Y eso que haces cómo se llama? —preguntó, señalándole el sonriente rostro de una manera juguetona.
—Me rio de lo que dijiste, no de ti —aclaró sin dejar de sonreír.
—Oye, ¿tienes álbumes de fotografías?
Mirra vio los ojos de Amanda iluminarse y le encantó.
—Sí, tengo uno, pero está en mi apartamento —rio al ver sus pucheros—. Creo que papá tiene algunos en la sala.
La rubia se levantó.
—¿Dónde exactamente?
—No quieres verme de bebé toda embarrada de cualquier cosa —dijo Mira, sonriendo de lado.
—Oh, vaya que sí quiero —declaró, asintiendo con énfasis.
Mirra rio e hizo ademán de levantarse, pero ella la detuvo, posando la mano libre en su antebrazo.
—Deja que vaya yo —le pidió—. Debes descansar.
—De acuerdo. La mesa de centro tiene compartimentos, busca dentro de ellos.
Amanda casi saltó de la cama como si fuera una niña. La ojinegra rio, viéndola salir a prisa del dormitorio. Solo se quedó sonriendo, olvidándose por completo de la grulla a medio hacer. Sin apartar la vista de la puerta, agradeció que ella la acompañara; y también el haberla conocido.
Como un halo, Amanda volvió a aparecer, alzando un par de álbumes como si fueran trofeos. Parecía de verdad emocionada.
—¡Los tengo! —exclamó, luego se dejó caer sobre la cama, en el mismo lugar que antes ocupó.
Mirra rio.
—Creo que esto no será divertido para mí.
—Para mí sí —admitió la otra mujer sin pudor alguno, ya abriendo el álbum más grueso.
La ojinegra se quedó observándola; los ojos de la rubia barrieron la primera hoja, como si quisiera hacerse una idea general, antes de poner su atención en la primera fotografía.
Amanda puso el dedo índice sobre la imagen y buscó sus ojos, cuestionándola con la mirada.
Era una vieja fotografía, se notaba el desgaste en los colores y los bordes del papel.
En ella aparecían una mujer de intensa mirada, cabellos negros y piel blanca; en su regazo tenía una niña de unos seis meses.
—Sí, es mi madre —respondió Mirra a su silente pregunta.
Amanda volvió a mirar la fotografía, al cabo de unos segundos, buscó sus ojos otra vez.
—Era hermosa —declaró.
La ojinegra sonrió con un dejo de nostalgia.
—Sí, lo era —dijo, bajando la vista a la fotografía.
—Te pareces mucho a ella —afirmó Amanda.
La otra mujer levantó la vista al escuchar sus palabras; se encontró con los ojos azules fijos en ella.
Algo le revoloteó en el estómago, cortándole la respiración.
Si afirma que mi madre es hermosa y dice que me parezco a ella, ¿quiere decir que…
le... parezco… hermosa? Tragó saliva porque de repente la garganta la tenía seca. No, no puede ser.
—Para nada —alcanzó a decir, apartando la mirada. Regresó su atención al origami sin dejar de notar que Amanda se quedó mirándola durante unos segundos antes de regresar a la fotografía.
La ojinegra continuó plegando la hoja sin dejar de ser consciente de cada movimiento de la arquitecta. Al cabo de un par de minutos, la grulla estaba hecha. Sin pensarlo, estiró el brazo y dejó la pequeña ave sobre la hoja del álbum que Amanda miraba en ese momento.
Ella alzó la vista, buscando sus ojos.
—La novecientos noventa y tres —enumeró, recordando la cantidad de grullas que llevaba con la que acababa de terminar.
Mirra le sorprendió que lo recordara.
—Sí.
Amanda sonrió; sus ojos brillaron con emoción.
—Creo que mi tarea de hoy será encargarme de que completes las mil grullas —dijo, agarrando el origami —, así que empieza ya la siguiente —ordenó mientras se levantaba de la cama.
Mirra la vio poner el origami sobre la montaña de grullas que tenía en la repisa.
—Vaya presión —murmuró.
Amanda regresó a la cama y adoptó la misma posición que antes.
—No es presión. Tienes que pedir ese deseo cuanto antes —sentenció—. Tienes que curarte —dijo, alzando las cejas.
A la ojinegra le enterneció la manera como lo dijo; como si no hubiese otra opción. Sin embargo, por más que lo quisiera, no podía seguir adelante con su misión en ese momento. Se sentía muy agotada; precisaba descansar, pero no soltó la hoja que ya había agarrado.
—Amanda, necesito descansar.
—Está bien. Duerme si quieres. Estaré aquí. No me iré —aseguró, mirándola a los ojos.
Mirra sonrió.
—Gracias. Solo tapate los oídos cuando empiece a roncar.
La rubia rio.
—De acuerdo, lo haré.
Sus miradas se sostuvieron hasta que Mirra se tendió más en la cama y cerró los ojos. Amanda se quedó mirándola, luego, al cabo de unos instantes, su boca se curvó con una sonrisa.