Mil grullas de papel 13
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—No te gusta el té, ¿cierto? —preguntó Amanda.

Mirra la miró y sonrió, dejando el vaso sobre la isla.

—Ya me acostumbré a su sabor, pero no termina de agradarme —respondió, luego frunció el entrecejo—. Ahora que lo pienso, ¿por qué me trajiste té?

La arquitecta se encogió de hombros, mientras cortaba un trozo de omelette .

—Leí un poco sobre los efectos de la quimioterapia. Sé que tus comidas tienen que ser nutritivas y que debes evitar algunas cosas. El café es una de ellas —explicó antes de comer un bocado de su desayuno.

Mirra se quedó mirándola, sintiendo una cálida, muy cálida, emoción derretirla un poco en su interior. Le resultaba increíble que Amanda, estando tan ocupada con su trabajo, y de seguro que, con su vida personal también, se tomara el tiempo para indagar sobre los efectos de su tratamiento.

Así como surgió esa emoción, de la misma manera, en su cabeza se repitieron las palabras de su padre. “Me preocupa que te ilusiones con esa mujer”.

No puedo ilusionarme. Es una amiga , se dijo a sí misma, aunque no pudo evitar que le gustara la manera como movía la boca al masticar.

—Qué amable —alcanzó a decir.

—No es nada —le restó importancia la arquitecta—.

Creo que todas las personas deberíamos interesarnos más por lo que viven pacientes como tú.

La verdad es que no indagamos o no nos interesa hasta que nos toca.

Hoy en día agradezco el haber ido a ese hospital y conocerte —declaró, dedicándole una tierna sonrisa.

La ojinegra le devolvió el gesto con la ternura multiplicada por mil.

—Eres una persona increíble.

—Nada que ver, solo intento ser un poco más consciente —señaló, encogiéndose de hombros. Bebió el último sorbo de café y miró la caja desechable donde comió, luego la de Mirra. Su omelette estaba a medio comer—. ¿Terminarás eso?

—Está delicioso, pero es imposible que coma un trozo más —respondió, echándose hacia atrás en el asiento.

La rubia rio.

—Me haré cargo de todo esto —anunció, empezando recoger los envases.

—Se supone que eres la invitada.

—No es nada.

Mirra la observó echar todo al bote de la basura. Siguió cada uno de sus movimientos cuando abrió la llave del fregadero, se lavó las manos y se las secó con uno de los paños de la cocina con toda la confianza del mundo.

Cuando la rubia se dio la vuelta, sus miradas se encontraron, sorprendiéndolas un poco a las dos. Un tanto azorada, Mirra se levantó.

—Te daré un tour por el palacio —ofreció por hacer algo más que solo quedarse mirándola.

Amanda rio.

—De acuerdo.

—Esta es la cocina —le informó, abriendo los brazos para abarcar el espacio.

—No lo hubiese imaginado —bromeó.

—Lo supuse —dijo, retrocediendo mientras ella avanzaba para salir de la cocina.

—De verdad te ves bien —repitió Amanda, sorprendida por lo ágil que ella se veía.

—Gracias —sonrió—. Es por los genes rusos, ya sabes.

La arquitecta asintió sin dejar de mirarla. Por fin Mirra se dio la vuelta y la condujo fuera de la cocina.

—Nunca antes estuve en un dúplex —comentó la rubia.

—A mí no me gustan, pero a papá sí. Vamos arriba primero —anunció.

—¿Puedes subir?

Mirra se detuvo en el primer escalón y volteó a verla porque la escalera era muy estrecha como para subir juntas.

—Sí.

Amanda arqueó una ceja.

—¿Segura?

La ojinegra bufó en silencio; su nueva amiga parecía ser tan protectora como su padre.

—Sí.

—Sube despacio —le pidió ella de igual manera.

Mirra estuvo a punto de rodar los ojos, pero no quiso parecer una niña, así que se limitó a asentir. Subió despacio para complacer a Amanda. Al llegar arriba, sintió un ligero mareo. Lo disimuló lo mejor que pudo cuando su invitada se detuvo a su lado y se quedó mirándola.

—Aquí arriba hay dos dormitorios —Mirra le dio un corto tour por la planta, abriendo las puertas de las dos habitaciones para que ella echara un vistazo.

Poco después, regresaron al piso inferior.

—¿Hay un tercer dormitorio? —preguntó la arquitecta tras advertir que la habitación para huéspedes de arriba no parecía ocupada por nadie.

—Sí. Por aquí —Mirra la guio por el corto pasillo que conducía al baño y a la que era su habitación. Abrió la puerta—. Esta es la que ocupo —anunció, entrando hasta situarse en medio del espacio.

Amanda también entró. Sus ojos lo abarcaron todo. El lugar se parecía a Mirra; era iluminado y con un aire bastante fresco.

—¿Que ocupas? —se interesó—. ¿No vives aquí?

La ojinegra rio.

—No —respondió—. Tengo un apartamento. Pago una enorme hipoteca, pero poseo mi propio lugar —esa información sorprendió a la arquitecta.

Mirra lo notó; rio por su gesto—. No soy una niña, Amanda —le aclaró porque necesitó hacerlo con urgencia.

Tenía la sensación de que ella la veía como a una niña y esa idea no le gustaba nada—. Incluso tengo un auto.

—Vaya.

Mirra sonrió.

—Pareces sorprendida.

—Lo estoy —admitió.

—Tenemos mucho de qué hablar —le dijo.

—Me encantaría —declaró la rubia sin apartar los ojos de los suyos.

—Papá cambió un poco la decoración —comentó, refiriéndose a la habitación.

Amanda continuó mirando el lugar hasta que sus ojos se posaron en la repisa llena con las grullas de papel. Sonrió sin percatarse. Se acercó al estante y agarró una de las pequeñas aves.

—¿Cuántas llevas? —preguntó sin apartar la vista de la figura.

Mirra se situó a su lado y también se hizo con una.

—Novecientas ochenta y siete.

Amanda la miró.

—Te faltan pocas.

—Sí —ella sonrió—. Espero llegar a mil hoy.

La otra mujer alzó las cejas con un gesto de sorpresa.

—¿Hoy?

—Sí.

—Y luego, ¿qué se supone que debes hacer con ellas?

La ojinegra bajó la vista al montón de figuras.

—Quiero pedir mi deseo lanzándolas al río desde el puente de Manhattan —respondió, luego volvió a mirarla.

En ese momento, era una mirada azul y una oscura, conectadas. Dos miradas y mil constelaciones creándose en el universo. Mil posibilidades. Mil razones para sonreír. Mil deseos pidiéndose en silencio. Mil cosas sucediendo en un solo instante.

—¿Cuándo lo harás? —preguntó Amanda, conteniendo la respiración por inercia.

Ella había comenzado a hacer grullas también; quería pedirle al universo, a la vida, a quien fuera que concediera deseos, que Mirra se curara.

Nunca antes pensó en qué hacer con las mil grullas.

Ni siquiera si debía hacerlo sola, pero, en ese momento, solo anheló una cosa. Estar con ella cuando pidiera su deseo.

—Le pedí a papá que me llevara a Brooklyn el sábado.

Amanda contuvo el aliento porque le asustaba que la ojinegra le negara lo que estaba a punto de pedirle.

—¿Puedo...? ¿Puedo acompañarte?

Los ojos de Mirra reflejaron sorpresa, luego su boca se fue curvando con una lenta sonrisa.

—Eso me gustaría mucho —respondió.