12
—No es una cita, Amanda Gehry —se recordó la arquitecta, mirándose al espejo tras haberse cambiado de atuendo por tercera vez.
Evaluó la camisa sin mangas, de cuadros marrones y negros que vestía, complementada con un blue jean , corto, a mitad de la pantorrilla.
Las Converse de color azul marino, le otorgaban el toque fresco que buscaba.
Satisfecha por fin con su imagen, se recogió el cabello en una cola y se pintó los labios; no usaría más maquillaje que eso.
Amanda decidió que no desayunaría en casa, sino que pasaría por una cafetería cercana a su edificio donde vendían los mejores omelette de la ciudad; su favorito era el omelette italiano.
Un plato a base de rúcula, cebolla, tomate y mozzarella, acompañado con papas fritas y pan tostado.
Una delicia. Compraría uno para Mirra y uno para ella.
Con una intensa emoción dirigiendo sus pasos, salió sonriendo del edificio.
Tal como lo planeó, pasó por la cafetería y salió con una bolsa que contenía los omelettes , té verde para Mirra porque había leído que, tras las quimioterapias, los pacientes no podían beber café, y un expreso para ella.
A continuación, se dirigió a la estación del tren.
Tras entrar en uno de los vagones y sentarse, pensó en escribirle a la ojinegra, pero luego desechó la idea.
Quería tomarla un poco por sorpresa, aunque ella sabía que iría.
El reloj iba a marcar las nueve cuando Amanda llegó a la estación a la que se dirigía. Estoy un poco más cerca de Mirra , pensó cuando subía las escaleras que conducían a la calle. Tuvo que consultar la dirección que su amiga le dio para orientarse; nunca había estado en esa zona de la ciudad.
El apartamento del padre de la ojinegra quedaba a tres manzanas de la estación; ella se encaminó en esa dirección.
Era sábado, así que la calle estaba abarrotada de gente.
Sin embargo, eso no le molestó; la ansiedad por llegar a su destino, la distrajeron lo suficiente para obviar el hecho de que tenía que ir esquivando a quienes avanzaban en sentido contrario.
Finalmente, avistó el que supuso era el edificio al que se dirigía; el corazón se le aceleró, pero no le prestó mayor atención.
Cuando se encontró frente a la entrada, corroboró la dirección, luego miró hacia arriba.
Era una estructura de unos diez pisos, calculó. Como arquitecta, lo evaluó en segundos.
—Bastante normalito —susurró.
En el panel del intercomunicador pulsó el número del apartamento que Mirra le indicó cuando le dio la dirección.
— Familia Ivanov , buenos días.
Amanda sonrió al escuchar su voz.
—Servicio de niñera, buenos días —bromeó.
— Já, já. Sube.
El interruptor sonó y ella empujó la gruesa puerta de cristal. Le gustó el lobby ; tenía una decoración bastante moderna, nada que ver con la fachada del edificio. Se encaminó hacia el ascensor y, unos instantes después, subía.
Cuando Amanda salió del ascensor, sintió que la emoción la desbordaba.
Quería ver a Mirra. Quería compartir el desayuno con ella.
Quería hablar de mil cosas con ella, aunque no sabía si tenían mucho en común.
Antes de moverse, oyó una puerta abrirse.
Siguió la dirección del sonido. Al asomarse un poco más, vio a la ojinegra sosteniendo la madera.
Ambas sonrieron al verse.
—Hola —saludó Mirra.
Amanda no pudo evitar darle un fugaz vistazo; ella continuaba un tanto pálida, pero no parecía tan débil como en el hospital.
—Hola. Traje el desayuno —anunció, alzando la bolsa que llevaba en la mano.
Mirra no pudo evitar su gesto de sorpresa, luego sonrió como si hubiese sido atrapada en una travesura.
—Por favor, adelante —la invitó, al percatarse de que continuaban en la puerta.
La rubia le sonrió como agradecimiento.
—Gracias.
—Si traes el desayuno, vayamos a la cocina —le señaló el camino a seguir.
—De acuerdo.
Un cortísimo pasillo conducía a la sala y más allá, detrás de una puerta, estaba la cocina.
—Gracias por hacer esto —dijo Mirra, yendo tras ella.
Después de entrar en la cocina, Amanda echó un vistazo al espacio para familiarizarse un poco. Buscó con la vista dónde dejar la bolsa que llevaba; se decidió por la isla.
—Es un gusto. ¿Cómo te sientes? Te ves bastante bien —declaró, repasando una vez más su figura—. Me encanta tu pañoleta.
La ojinegra sonrió y se tocó la tela en cuestión.
—Es mi favorita.
—Es linda —reconoció la arquitecta—. Dime cómo te sientes —le pidió.
—Me siento bastante bien —dijo, invitándola con un gesto con la mano a que se sentara en uno de los dos bancos que rodeaba la isla—, aunque la debilidad no desaparece del todo.
—Pues pareces lista para un día de playa —declaró Amanda, apoyando los codos sobre la isla.
Mirra rio.
—A veces ni siquiera puedo levantarme de la cama —confesó con una pizca de diversión.
La arquitecta frunció los labios.
—Eso cambiará pronto —aseguró.
—Lo sé.
—Oye, traje té, café y los mejores omelette de la ciudad —anunció, sacando los envases y los vasos—. Estoy segura de que te gustarán.
La ojinegra no tuvo corazón para decirle que ya había desayunado, así que se sentó frente a ella.
—Te advierto que todavía ingiero poca comida —asomó como excusa.
—Al menos pruébalos —le pidió la rubia, poniendo un vaso desechable frente a ella—. Té para ti. El café es para mí.
La anfitriona estaba disfrutando todo aquello. Ver a Amanda ahí, siendo tan espontánea y amable, le encantaba, así que se quedó mirándola mientras disponía todo sobre la isla. Ella le echó un vistazo al omelette ; se veía delicioso.
—Gracias —dijo, buscando su mirada.
La arquitecta sonrió con evidente emoción.
—Por nada. Vamos a necesitar cubiertos —señaló—. No te levantes —pidió, al ver su intención de ir por los cubiertos—. Dime dónde están.
Mirra señaló una de las alacenas. La rubia se levantó y buscó los cubiertos; casi de inmediato, estaba de regreso frente a ella y le tendió un tenedor.
—¿El servicio de niñera siempre incluye el desayuno? —le preguntó la ojinegra, mirándola con diversión.
Amanda rio.
—Solo cuando tengo que cuidar a niñas adultas.
Mirra también rio.
—Niñas adultas. Eso sí que suena extraño —afirmó, negando con la cabeza.
La arquitecta sonrió, luego pinchó un trozo de omelette con el tenedor, pero se quedó contemplando a su amiga cuando se llevó un bocado a la boca. Sonrió, complacida, al ver su gesto de placer.
—Mmmm…
—Delicioso, ¿verdad?
—Oh, vaya que sí.
Amanda rio.
—Sabía que te gustaría —dijo, pero, sin querer, su mirada descendió a los labios de Mirra.